
La escritora con la que Coetzee descubrió la literatura sudafricana y cuya obra inconclusa se atrevió a terminar
Olive Schreiner es la autora de ‘De hombre en hombre’, novela en la que trabajó hasta su muerte, con la vista puesta en los derechos de las mujeres y contra el colonialismo
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El escritor sudafricano J. M. Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940), ganador del Premio Nobel de Literatura 2003, descubrió la literatura de su país con las novelas de una mujer: Olive Schreiner (Ciudad del Cabo, 1855-1920), una narradora comprometida con los derechos humanos y la igualdad de género que puso estos temas en el centro de su obra. Tanto lo marcó su lectura, que el año pasado Coetzee decidió escribir el capítulo final de un libro que Schreiner dejó inconcluso, De hombre en hombre, en el que trabajó hasta su muerte y que vio la luz, en su versión inacabada, en 1926. Él la considera su obra maestra, y el hecho de “terminarla” puede leerse, ante todo, como una restitución de su legado.
Hija de un matrimonio de misioneros, Schreiner tuvo una infancia de estrecheces por la inestabilidad laboral de su padre, mientras recibía una educación estricta por parte de su progenitora. Ella no tardó en rechazar los preceptos del cristianismo –una de las causas de su difícil relación con la familia a lo largo de su vida–, trabajó como institutriz en diversas granjas y comenzó a interesarse por la filosofía. Era una lectora ávida e hizo sus pinitos en la escritura, pero su sueño era dedicarse a la medicina. Como no podía costearse la carrera, para empezar se formó como enfermera, y más tarde, en cuanto hubo ahorrado lo suficiente, se marchó a Inglaterra para proseguir sus estudios.
Sin embargo, sus planes no prosperaron. Schreiner padecía problemas de salud que la lastraron desde su juventud (y que en parte explican esta novela inacabada), de modo que, aún en Europa, optó por centrarse en la escritura. Debutó en 1883 con la que se considera la primera novela sudafricana moderna, Historia de una granja africana (Milrazones, 2012, traducida por Margarita Martín Díaz), a la que siguió una decena de libros más. La buena acogida le abrió las puertas del círculo cultural, que la llevó a participar en encuentros a favor de los derechos de las mujeres, además de trabajar en un prólogo para Vindicación de los derechos de la mujer (1792), el clásico de Mary Wollstonecraft.
Después de viajar por varios países europeos, en 1889 regresó a su tierra, donde siguió con las tiranteces familiares, se involucró en la esfera local y conoció al que sería su marido, Samuel Cronwright, un político en activo con el que compartía ideología. Ambos recelaban del imperialismo británico y defendían la integridad de los pueblos nativos, unas ideas revolucionarias entre los colonos blancos. Durante la guerra de los bóeres, Schreiner trató sin éxito de promover la paz.
Tantas inquietudes, unidas a su salud frágil, la dispersaron un poco, de ahí que, según Coetzee, su carrera literaria fuera un tanto irregular. Esta novela póstuma inconclusa, De hombre en hombre (Random, 2024, con traducción de Luis Murillo Fort), la ocupó, con idas y venidas, durante muchos años; no se puede decir que su obra quedara sin terminar por morir de forma prematura, como Irène Némirovsky o Brigitte Reimann, a las que sí les faltó tiempo para culminar Suite francesa y Franziska Linkerhand, respectivamente. En cualquier caso, los diecisiete capítulos que escribió Schreiner (casi trescientas páginas) desarrollan lo bastante su universo como para que merezca la pena sumergirse en él.
Historia de dos hermanas
De hombre en hombre narra las andanzas de dos hermanas de origen inglés criadas en una granja en la Sudáfrica colonial del siglo XIX. Rebekah, la mayor, es la más sensata: de naturaleza estudiosa, es una gran amante de la lectura que se convierte en una mujer independiente que no idealiza el amor, sino que lucha por la igualdad de la pareja incluso después de casarse. Bertie, la pequeña, nace marcada desde su nacimiento –en una escena que enlaza con las supersticiones ancestrales– y se muestra más idealista y romántica. Era de esperar que Bertie se enamorara enseguida y no dudara en contraer matrimonio, pero una experiencia traumática a los quince años trunca sus proyectos.
La novela, de corte clásico, sigue el patrón decimonónico de la novela de la vida (de dos personajes, en este caso) desde que las muchachas salen del hogar paterno. Juega con la idea, imperecedera y universal, del contraste entre las expectativas que uno se forja en la juventud y la realidad de lo que luego es la vida. Todo apuntaba a que Rebekah no sería el tipo de mujer que se amolda al matrimonio; no obstante, ahí está, y su reto es no dejar de ser ella misma pese a todo, continuar creciendo con el estudio, con la mejora de sí, tal como ella la entiende. Su camino es el del tercer cerdito, que edifica sobre cimientos sólidos y sirve de apoyo para su hermana cuando la necesita.
Si Rebekah puede interpretarse como el tipo de mujer con el que se identifica la autora, una mujer culta, perseverante y emancipada por sus propios medios, Bertie encarna, en un principio, a las demás, las que estaban dispuestas a tomar la senda tradicional de la esposa-madre-ama de casa. Pero algo se tuerce, y, como la Cecília Ce de Rodoreda, el traspiés la lleva a merodear por estratos indignos para una “mujer de bien”. Un error le cuesta el ostracismo; de niña primorosa pasa a paria social. La paradoja de la novela es que, aunque el acento feminista parece residir de entrada en la hermana mayor, es Bertie la que, a través de su descenso al infierno, se expande más como personaje.
De hombre en hombre es el relato de una búsqueda de identidad que, en aquel contexto, dependía de la relación con ellos: el padre, el marido, los eventuales amantes, los hijos. El periplo no es fácil para ninguna: Rebekah lidia con el conflicto, tan propio de quienes han abrazado el feminismo, entre la vida afectiva y la realización personal; mientras que Bertie, esta antiheroína dickensiana, es una sufridora de buen corazón que aprende a hacerse fuerte porque no le queda más remedio. “Ese amor y esa camaradería con la que soñamos desde niñas se reduce a una hora de luz, y luego mucha oscuridad”. Dos trayectorias contrapuestas que revelan injusticias y abusos aún no superados del todo.
Un desenlace controvertido
Al llegar al final de las páginas de Schreiner –escritas con gran dominio de la narración, el diálogo y los picos emocionales; una lectura amena de ritmo vigoroso que se lee con fruición–, parece que todavía quedan varios capítulos por delante. Coetzee lo reduce a un epílogo de apenas quince páginas, lo que es un reto en sí mismo. Su propuesta supone, además, un giro en el tono y en las aventuras del personaje que lo protagoniza: en lugar del realismo usual, adopta un registro más simbólico y espiritual, a la manera de un viaje de redención. De hecho, incorpora a un personaje que refuerza esa deriva. Aun así, es coherente con el original y cierra el conflicto con elegancia.
Se podría decir que, más que seguir alimentando al comensal, Coetzee pone la guinda y despide al lector-invitado, dándole margen para hacer la digestión. Convenza o no, es de agradecer que haya vuelto a poner en circulación esta excelente novela, que acerca al lector occidental a la todavía demasiado desconocida literatura sudafricana y reivindica a una escritora a la que dan ganas de seguir leyendo. Rebekah y Bertie son personajes memorables; y su voluntad de vivir de manera coherente consigo mismas en un entorno contaminado por el machismo, el racismo y la hipocresía social, tan ardua como ahora.