Cristina Farré, la estudiante que tiró por la ventana un busto de Franco en 1969: “Lo tenemos peor hoy que entonces”

Cristina Farré, la estudiante que tiró por la ventana un busto de Franco en 1969: “Lo tenemos peor hoy que entonces”

La militante antifranquista, que estuvo exiliada durante casi 15 años en Algeria, Colombia y Cuba, rememora toda su actividad política y las represiones vividas en su autobiografía

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Siete años. Ese es el tiempo que ha tardado Cristina Farré (Barcelona, 1948) en poder hacer memoria y recopilar toda una vida en una extensa biografía que ha titulado Ho vam donar tot [Lo dimos todo], publicada por Manifest Llibres. No es de extrañar que le costara tanto: el manuscrito empieza antes de su nacimiento, explicando la vida de su familia y cómo su militancia política la acabó convirtiendo en una histórica militante antifranquista.

Farré se convirtió en una de las mujeres más relevantes de la resistencia contra la dictadura en Barcelona, lo que también la hizo un blanco fácil para la policía. Vivió buena parte de su juventud en la clandestinidad, después de haber participado en diversas acciones políticas y protestas. Una de ellas la llevó a defenestrar el busto de Franco que presidía el despacho del rector de la Universitat de Barcelona, en 1969.

Entonces empezó la persecución y la vida en la sombra, que la llevó a la cárcel de Alcalá de Henares (Madrid) y, posteriormente, al exilio en Algeria, Colombia y Cuba. Consiguió volver en plena Transición, aunque no sin problemas. Ahora, años después, rememora toda esa etapa y el precio que tuvo que pagar por escoger una vida de lucha. Aunque asegura, contundente, que “valió la pena”.

Cuenta en el libro que, con el paso de los años y tras estar exiliada en tres países distintos, ha tenido diversos nombres: Cris, María Cristina, Ana o doña. ¿Cómo prefiere que la llame?

[Risas] Ya me da igual. Cada quién me llama como quiere y no me preocupa. También hay quien me llama María, que es como se referían a mí en Argelia, y hay antiguos camaradas que todavía usan ese nombre. Han sido tantos años y tantos nombres que ya ni me doy cuenta.

Todos esos años los cuenta en esta autobiografía, pero asegura que hay cosas que no podía explicar. ¿Por no herir a nadie o por cuestiones políticas?

Ambas. Hay cosas que todavía no se pueden explicar, lamentablemente. Pero también he querido evitar herir sensibilidades. En parte por eso he estado siete años escribiendo el libro. Siete años, ¿eh?. No me arrepiento para nada de haberlo hecho, pero es un ejercicio de profundidad muy grande que te hace revivir muchas cosas.

En el libro se remonta hasta antes de nacer usted y nos explica cómo era su familia, su padre, que se libró de ser fusilado, y su madre, una maestra republicana depurada por la dictadura. ¿Cómo le determina nacer en este ambiente militante?

Sobre todo era mi padre el que estaba politizado; mi madre le acompañó en su militancia. Me marcó profundamente. Vengo de una familia en la que se defendía el catalán y no se permitía que obligaran a sus hijos a cantar el Cara al Sol. Mi padre me hablaba de su exilio y de su condena a muerte. Mi primera manifestación fue un 30 de abril, de la mano de mi padre, con 15 años y junto a mis hermanos. Ahora bien, de los cuatro hermanos que éramos, solo me politicé yo. Es algo para lo que no tengo respuesta.

Cinco años después de su primera manifestación acabó participando en la defenestración del busto de Franco de la Universitat de Barcelona. ¿Cómo fue aquél episodio?

Aquel día [17 de enero de 1969] fue diferente. Hasta entonces la Universidad había sido un lugar sagrado, como los lugares de culto, y la policía no entraba. Pero aquel día entraron y fue porque lo había autorizado el rector. Hicimos una asamblea muy tensa y decidimos ir al rectorado para echarle. Empezamos siendo más de 150 y, cuando llegamos a la puerta ya sólo quedábamos 10. Todos se habían acojonado. Hasta el rector se acojonó y se fue.

Nos colamos dentro del despacho y nos quedamos boquiabiertos con esas alfombras, las cortinas rojas y los marcos dorados. De repente, en un pedestal, vimos el busto de Franco. No me preguntes de quién fue la idea, pero la cuestión es que abrimos las ventanas y salió volando. Cuando oímos el “catacrac” y miramos hacia abajo entendimos que la habíamos liado. Salimos huyendo, pero yo era de las pocas chicas en el movimiento y la única dentro del rectorado.

A la policía no le costó encontrarla.

Correcto. Me encuentran en Madrid, más de un año y medio más tarde. Yo había dejado la Universidad y había pasado a la clandestinidad, pero me encontraron y me enviaron a la cárcel de Alcalá de Henares.

Es doloroso de recordar, pero a la vez me hace sentir orgullosa: torturándome querían doblegarme, pero conseguí mantener mi dignidad

Pero antes, sufrió torturas.

Sí. La memoria es algo bastante curioso. Pensaba que era un episodio que tenía bastante superado, pero cuando me puse a escribir el libro, me vinieron a la cabeza los olores, las miradas, los abrazos… Y tantas otras sensaciones no tan agradables. Empecé a revivir esos recuerdos como si los estuviera viviendo en ese momento. A ratos escribía en presente en lugar de en pasado.

Cuando acabé ese capítulo, respiré profundamente para calmarme e igual hasta me cayó alguna lágrima. Es doloroso de recordar, pero a la vez me hace sentir orgullosa de mí misma. Torturándome querían doblegarme, pero conseguí mantener mi dignidad.

No se doblegó durante las torturas ni una vez dentro de la cárcel, donde empezó a organizar a algunas reclusas y se convirtió en militante.¿Cuáles eran sus luchas allí dentro?

Cuando decides que este mundo no te gusta y que lo quieres cambiar, la militancia y la vida se convierten en la misma cosa. Yo soy madre y milito. Estudio y milito. Pues estoy en la cárcel y milito. Me enfoqué en las presas sociales, que considero que son víctimas del capitalismo, y en las víctimas de violencia de género. Intenté mejorar sus condiciones de vida en todo lo posible. Las luchas que se pueden plantear en la cárcel son limitadas, pero en ese año y medio hice lo que pude.

Hice todo lo que pude para no traumatizar a mis hijos, plantear el exilio y la clandestinidad como un juego

Cuando sale, vuelve a la clandestinidad durante casi 10 años porque se niega a ir a firmar semanalmente a comisaría. En esa década, escondida, tuvo a sus hijos. ¿Cómo es criar en esas circunstancias?

Fue muy difícil. Habíamos vuelto a Barcelona porque queríamos estar en casa y criamos a nuestros hijos en un barrio obrero. El primero fue de carambola y la segunda ya fue buscada, porque yo no quería tener a un niño todo el día enganchado, con la vida que teníamos. Así que se entretuvieron entre ellos.

Hice todo lo que pude para no traumatizarlos, plantear la situación como un juego. Quizás no lo conseguí tanto como habría querido, pero el tiempo que les dediqué era de calidad. Me encantaba estar con ellos, jugar, cantar y todas las animaladas que hiciera falta. Lo que fue difícil no fue la crianza, sino la angustia de pensar qué les pasaría si me cogían. De ahí mi obsesión para que fueran autónomos.

Para evitar que la cogieran, recorrió medio mundo huyendo. Argelia, Cuba, Colombia… ¿Ha hablado de esa época con sus hijos ahora que ya son adultos?

Eso sí fue muy traumático. Lo más difícil para ellos fue tener que irse y dejar a sus amigos. Y no por una decisión propia, sino porque seguían a sus padres. La primera vez fuimos a Argelia y allí se arabizaron completamente. Llegaron a considerarse argelinos y aquella separación fue muy muy traumática.


La militante antifranquista Cristina Farré, durante la entrevista en Barcelona

Además se fueron debido a la guerra civil que empieza en Argelia, con lo que dejaron a sus seres queridos atrás en un momento de peligro.

Exacto. Cuesta hablarlo, todavía hoy. Para nosotros era consecuencia de nuestra militancia, que nos podía llevar a la cárcel o al exilio. Pero lo teníamos asumido porque sabíamos que podía pasar. Pero ellos… Hace unos años me dijeron que pagaron las consecuencias de mi militancia y yo les respondí que sí, pero hay quien nace en una chabola, en un barrio obrero. Eso también son consecuencias de ser hijos de quienes somos y tenemos que aceptarlo porque no lo podemos cambiar.

Es evidente que ha habido momentos traumáticos, pero también quiero que vean que han sido unos privilegiados por haber podido vivir culturas y experiencias diferentes que les han enriquecido como personas. Pero para que eso pase todavía faltan años. Si yo hasta los 76 no he podido hacer balance de mi vida, pues imagínate ellos. Quizás yo no estaré viva cuando eso pase, pero no importa, porque sé que no serían quienes son hoy si no hubieran vivido todo lo que han vivido.

Volviendo al exilio: ¿Por qué Algeria?

Bueno, cualquier país del Europa estaba vetado por la extradición. Y mi compañero había estado en el Sáhara y había participado en la Guerra de Liberación de Argelia y para él volver era increíble. Además, que a ese país se le conocía como la Meca de los revolucionarios del mundo. Y los niños también estaban encantados porque nos íbamos, por primera vez, de viaje. Aquí la única que estaba jodida era yo.

¿Por qué?

Para una feminista convencida como yo, estar allí 12 años supuso una lucha diaria para no perder la identidad, para no desfallecer, no pasarme y no quedarme corta. En un momento aprendí a surfear ciertas situaciones y a saber cuándo tragarme ciertas cosas y cuándo dar un golpe sobre la mesa.

Para una feminista convencida como yo, estar en Argelia 12 años supuso una lucha diaria para no perder la identidad

Y luego llega la guerra civil.

Sí. Nos fuimos muy al límite. No sé cómo no nos mataron. Había una facción más radical de los islamistas que decía que la culpa de todo era de los extranjeros, que no podía ser que sus propios hermanos les hubieran traicionado. Y empezaron a matar a religiosos, a franceses, periodistas… Por muy integrados que estuvieran, no distinguían.

Nos teníamos que ir sí o sí, pero no podíamos volver [a España] porque, aunque quedaba poco para que prescribieran, todavía tenía causas pendientes. Empezamos a preguntar dónde podíamos ir y un amigo en la embajada colombiana nos dijo que allí respetaban el estatus de los refugiados, así que para allá que fuimos. Pero fue ir de Guatemala a Guatepeor.

Llegan el año en que matan a Pablo Escobar…

Fue terrible. La gente es maravillosa, pero viven en un país con una violencia endémica espantosa. Cada día, es que cada día pasaba algo. Sólo duramos dos años y fuimos a pasar el tiempo que nos quedaba de exilio a Cuba.

Llegaron en pleno Periodo Especial. ¿Cómo fue para una militante comunista como usted llegar a Cuba en ese momento de desencanto con el socialismo?

Al principio estaba súper emocionada. Conocía toda la historia, no había estado nunca pero era como si hubiera vivido allí. Pero claro, en ese momento con el derrumbe de la Unión Soviética y el embargo bestial de los Estados Unidos, la situación era durísima. No decían que tenían apagones sino que, de vez en cuando, tenían ‘alumbrones’.

Fue duro y decepcionante, pero claro, ¿cómo iban a mantener el socialismo? Ellos solos, en un país embargado que, además, es una isla y está en medio de una zona subdesarrollada. Tampoco podíamos esperar que pasara otra cosa que la que acabó pasando.

A Cuba fueron a pasar los últimos meses antes de que prescribieran sus delitos. Pero no fue tan fácil volver. ¿Qué pasó?

Pues que cuando estuvimos en Argelia conseguimos que ACNUR nos diera documentación de refugiados. Somos un caso extrañísimo porque aunque sí hubo refugiados de la Guerra Civil, nosotros fuimos de los poquísimos de la Transición. Y eso nos puso en problemas, porque claro, España no nos reconocía porque la España democrática no generaba refugiados.

Finalmente, después de meses, conseguimos que las autoridades españolas en Cuba nos dieran un pasaporte, pero cuando volvimos y fuimos a buscar el DNI que nos habían prometido que tendríamos, nos dijeron que no nos lo daban. Se ve que les saltaron sapos rojos en la pantalla del ordenador. De hecho, ni siquiera llegaron a reconocer el pasaporte que teníamos, porque dijeron que lo habíamos comprado en el mercado negro cubano.

Pero…

Sí, es totalmente absurdo, lo sé. La cuestión es que quisimos volver a irnos, pero nuestro abogado nos advirtió de que nos habíamos convertido en apátridas. Nos podían echar del país e incluso hacernos desaparecer porque no existíamos. Era muy peligroso, así que inundamos de cartas los periódicos. Y conseguimos, con presión, que nos dieran la documentación.

La represión no acabó con el fin de la dictadura. Aquí no hay democracia y no la habrá mientras siga habiendo torturas y se siga encarcelando a presos políticos

Eso fue en 1996.

Sí, ni Transición ni hostias. La represión no acabó con el fin de la dictadura. La disidencia sigue sin aceptarse a día de hoy. Aquí no hay democracia ni nada que se le parezca y no lo habrá mientras siga habiendo torturas y se siga encarcelando a presos políticos. Es una línea continua desde la Guerra Civil.

Pero seguiremos trabajando y luchando, organizándonos, hasta que salte la chispa y volvamos a las barricadas. Porque eso pasará, inevitablemente. ¿Cuándo? Pues cuando nos hartemos de aguantar esta situación de injusticia. Nos costará mucho, muchísimo, pero es que no hay otro camino, porque lo que estamos viviendo ahora es sumamente bestial. Hasta cierto punto, puede que lo tengamos más difícil ahora que antes.

Es una afirmación contundente viniendo de una mujer que fue torturada y obligada a vivir en el exilio.

Bueno, seamos realistas. Cuando yo era joven ¿sabes cuánta gente éramos dándolo todo? Muchos y de muchos partidos que podían tener diferencias, pero estábamos todos allí. Pero tras tantos años vendiéndonos el cuento de la Transición, la lucha antifranquista ha desaparecido. Y ¿qué nos queda? Hemos dejado que eliminaran a la resistencia.

Dice que escribir este libro la ha enfrentado a sus errores. ¿Qué cree que podrían haber hecho mejor?

Es muy difícil hablar ahora de errores políticos, porque hacíamos lo que se decidía orgánicamente y lo que nos parecía correcto entonces. Pero es cierto que, a veces, he sido demasiado visceral, y eso me ha hecho cometer errores.

¿Valió la pena?

Sin ningún tipo de duda. Es de lo que más claro tengo en la vida, que valió la pena y sigue valiendo la pena. Lo tenemos que intentar y dejarnos la piel. Creo que dejamos un legado, una escuela de lucha, y la garantía de que las próximas generaciones podrán mirar atrás sin tener que avergonzarse de que no lucháramos. Dimos la cara por muchas causas justas y las defendimos hasta el final. Y esa semilla crecerá. Seguro.