
Lo que nos dice del cambio climático el chotacabras de Doñana: es cada vez más nocturno para huir del calor y la gente
La pequeña ave «tiene los secretos de la supervivencia al ritmo de la noche», adaptándose para activarse en los periodos de Luna llena y aumentando durante el crepúsculo su actividad depredadora de insectos
Chotacabras: una especie de leyenda
“Cuando hablas del chotacabras lo primero que tienes que decir es que existe, que no es coña, para después demostrar que merece la pena estudiarlo”. El investigador Carlos Camacho está acostumbrado a tener que hacer este prólogo para a continuación explicar que el chotacabras cuellirrojo de Doñana está sirviendo de guía para comprobar cómo las aves se adaptan al cambio climático, lo que está modificando sus comportamientos. El chotacabras lo ha tenido clarísimo: se ha vuelto más nocturno de lo que era para así huir del calor y de la cada vez mayor presencia de los humanos en sus entornos.
Vaya por delante que estamos ante un pájaro singular hasta en su nombre, porque alude nada menos que a la creencia popular de que pueden mamar de las cabras, lo que no deja de ser una leyenda en toda regla. Pero ahora se ha convertido en un “marcador de tendencia”, ya que “ha encontrado soluciones evolutivas” para optimizar su adaptación a ser cada vez más nocturna.
“Tiene los secretos de la supervivencia al ritmo de la noche”, explica Carlos Camacho, de la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC), y es que está trazando la senda para “sobrevivir de noche pese a que no ve”. Hay otras especies que también están alterando sus hábitos para lo mismo, pero aunque este “cambio de ritmo” está siendo muy rápido, “todavía es pronto para ver cuáles van por buen camino y cuáles no”.
“Modelo para comprender los problemas”
Pero lo del chotacabras está claro: sabe lo que se hace. “Nos da pistas, porque al principio no sabes ni qué mirar”: que si la anatomía del ojo, que si el sistema digestivo, que si alteraciones de comportamiento… Lo curioso es que hasta hace nada era muy poco conocida, pese a que hay un centenar de especies distintas en todos los lugares del planeta, menos en la Antártida. ¿Y por qué? Pues porque es crepuscular y nocturna y, como le pasa a tantas otras que no están activas durante el día, “está infraestudiada”, así que hasta hace nada “sabíamos muy poco de ella”.
Un chotacabras adulto en pleno vuelo durante el crepúsculo.
La situación ha cambiado, y ahora el chotacabras es “modelo para comprender mejor los problemas” provocados por un cambio climático que está “alterando el comportamiento” de aves y mamíferos. “Animales diurnos están pasando a ser nocturnos, y los nocturnos lo son cada vez más”, apunta Camacho, que a ello añade la presión de la presencia humana, “ya no hay sitios tranquilos y buscan la noche”.
En el caso concreto de Doñana, se asientan en una zona de unas 2.000 hectáreas a la que siempre vuelven porque “son muy fieles al lugar”. Hablamos de entre 250 y 300 parejas, que son el objeto de estudio de Camacho y su equipo, tan implicados con esta ave que para conseguir fondos hasta han desarrollado un merchandising personalizado, han diseñado camisetas y hasta escrito un cuento, El viaje del chotacabras.
“Ajustando su vida al ciclo lunar”
Como en este enclave natural se viene siguiendo a estos animales desde hace años, esto permite analizar su evolución. Y lo primero que se ha constatado es que nuestro protagonista concentra cada vez su actividad en las noches de Luna llena, siguiendo un patrón visto hasta en los humanos: “muletillas y cazadores y mariscadores furtivos siempre han aprovechado ese momento”. El caso es que el chotacabras “está ajustando su vida al ciclo lunar”, y esas noches se las pasa cazando insectos.
Investigadores aprovechando la noche para la toma de datos de un ejemplar.
¿Y qué pasa cuando la Luna no está plena? Pues se mueve menos y ahí entra en juego otra característica como es que ha desarrollado uno de los estómagos más grandes que tienen las aves, aprovechando el crepúsculo para –literalmente– ponerse las botas y llenarlo en cuestión de 15 minutos.
Su dieta la componen básicamente insectos voladores, fundamentalmente polillas, y pueden llegar a tragar el equivalente al 15% de su peso, que suele rondar los 90 gramos. “Esto al final son muchas polillas, algunas de las cuales tienen la consideración de plaga”.
Esta “ecología del atracón” no es la única señal, ya que están adaptando hasta el comportamiento reproductor y migratorio a cuando hay más luz lunar. En general, reservan para esas jornadas toda actividad que requiera un despliegue extra de energía, lo que se vuelve una urgencia cuando emigran a zonas tropicales de África en las que el crepúsculo es aún más corto.
“Desenchufar la calefacción” para ahorrar energía
“Todas las adaptaciones de las aves están orientadas a quitar peso”, subraya el investigador, y en esa línea se han aligerado el pico, los testículos, los ovarios… El chotacabras ha añadido a esta evolución un elemento adicional: baja su temperatura corporal para ahorrar energía. “El 80% del gasto energético es para mantener la temperatura”, sentido en el que estas aves han aprendido a “desenchufar la calefacción” y reducir a entre 34 y 35 grados un calor corporal que en circunstancias normales oscila entre 38 y 39.
Pesando a un pollo, que en edad adulta rondará los 90 gramos.
“Se están especializando en la noche de manera brutal”, y en Doñana tenemos otro ejemplo en cómo caza. Su técnica habitual pasa por quedarse en el suelo hasta que pasa una posible presa, lanzándose entonces a por ella de un modo un tanto aparatoso. Aquí se ha comprobado que tiene tendencia a acechar en las carreteras de asfalto, por la sencilla razón de que están más calientes y así reduce también su gasto energético. Pero como nada es perfecto, el efecto colateral es que son habituales los atropellos.
Por estos lares los primeros suelen llegar a principios de abril, adelantándose al grueso, que aterriza en mayo. Emigran entre mediados de septiembre y octubre, lo que les da para hacer hasta dos puestas porque tienen un periodo reproductor largo. Y otro detalle: poco antes de su marcha suele haber en Doñana una “explosión” de polillas procesionarias, lo que les garantiza “un pico de alimento antes del viaje”, una muestra más de que estamos ante “un superviviente nato que ha sabido flexibilizar su vida para adaptarse”.