El ‘remake’ de ‘La guerra de los Rose’ intenta actualizar la historia original a base de reducir su veneno

El ‘remake’ de ‘La guerra de los Rose’ intenta actualizar la historia original a base de reducir su veneno

Olivia Colman y Benedict Cumberbatch protagonizan ‘Los Rose’ como un matrimonio en pleno colapso, previamente interpretado por Kathleen Turner y Michael Douglas

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El estreno original de La guerra de los Rose parecía burlarse de cualquier espectador que durante la década de los 80 hubiera podido creer en el romanticismo. Pues lo protagonizaban Michael Douglas, Kathleen Turner y Danny DeVito, el mismo trío de aquel encantador díptico de aventuras Tras el corazón verde/La joya del Nilo, donde los dos primeros se habían enamorado intensamente. Ahora —con DeVito ejerciendo de director además de actor secundario—, Douglas y Turner pasaban a ser Oliver y Barbara Rose, un matrimonio que se odiaba y se autodestruía. La novela original de Warren Adler hacía con su título un guiño a la Guerra de las Rosas —un conflicto medieval entre las casas de York y Lancaster— y tal era su propuesta: violencia cruel con grosor sociopolítico.

La película se estrenó en diciembre de 1989 impulsada por James L. Brooks: el mismo productor que, con una mirada un poco más conciliadora hacia la institución familiar, le había dado alas simultáneamente a una serie animada titulada Los Simpson (estrenada en EEUU apenas 10 días después de La guerra de los Rose). Con lo que el filme parecía querer despedir la década con un mazazo que desafiara la ingenuidad del cine comercial desarrollado durante ella. Incluso podía responder, con la presencia de Michael Douglas, a cualquier intento previo de moralismo, por muy áspero que fuera. Dos años antes, el mismo Douglas había protagonizado Atracción fatal, una intriga que giraba en torno a la infidelidad y que, a través del atormentado personaje de Glenn Close, exhortaba a los hombres a conformarse con su pareja. De paso, ahogaba las incipientes tentativas de emancipación femenina, erigiendo el espacio doméstico como el único lugar seguro.

¿Qué hacía La guerra de los Rose frente a esto, sin embargo? Reírse de todo. No dar asideros, porque al final el hombre no tenía casa a la que volver y la mujer de todos modos estaba cansada de guardarla. Todo sin cargar las tintas con referencias contemporáneas; sin preocuparse por la realización personal del ama de casa que interpretaba Turner, ni criticar la absorción de Douglas por el trabajo. Simplemente había una grieta entre los dos que se iba ensanchando, con una suerte de energía diabólica. Quizá por ello sea un clásico, y quizá la película anterior a la que más pueda parecerse —contribuyendo a ello la excesiva puesta en escena de DeVito, de tonalidades góticas— sea a una de terror de inicios de los 80 y ajena a Hollywood, La posesión de Andrzej Zulawski.

En retrospectiva podemos leer La guerra de los Rose como una suerte de error industrial, un glitch irrepetible dentro de la cultura popular a costa de su negrura y su nihilismo. Pero, por muy irrepetible que sea, ha tenido un remake (o reimaginación) este año, titulado Los Rose. No podía ser de otra forma, porque lo más extraño de La guerra de los Rose es que fue un exitazo de taquilla en las Navidades del 89. El glitch, de alguna forma, estaba en sintonía con la sociedad del momento.

Las mutaciones del cinismo

Peter Rainer reflexionó con acierto sobre esto al poco de que se estrenara La guerra de los Rose en las páginas de Los Angeles Times. “La guerra de los Rose vende cinismo con la misma alegría con la que otras películas venden amor”, escribía en 1989. “Su éxito indica que el público está preparado para una comedia que confirme su propio cinismo”, añadía. Rainer apuntaba que la clave de esta entusiasta acogida estaba en que no se enfatizaran demasiado los perfiles psicológicos, ni las causas que pudieran haber acelerado el fracaso del matrimonio. El desencadenante de las hostilidades se había limitado a Barbara Rose dándose cuenta de que odiaba a aquel con quien compartía cama.

“El rencor de la pareja tiene una irrealidad descabellada y flotante. La película se aprovecha de nuestro miedo a que unos amantes puedan separarse sin motivo”, alegaba Rainer. Porque eso es lo que más tememos una vez nos involucramos en una relación: el vacío. Que, creyendo conocer a la otra persona, esta se comporte de un modo que no entendemos y articule una otredad impenetrable, más fácil de vincular a un caos arbitrario que a un relato identitario consistente. La sociedad de los años 80 debía estar especialmente concienciada con temores de este calibre, hasta el punto de que La guerra de los Rose le ofreciera una especie de sesgo de confirmación —no, nunca conoceremos del todo a las personas que amamos—, sin necesidad, por tanto, de ofrecer consuelo.

Quizás el sentido común actual sea muy distinto, mucho menos receptivo a ese glitch. Los últimos años nos han ofrecido alguna que otra remembranza de la suspensión de sentido de La guerra de los RosePerdida de David Fincher y Gillian Flynn bien podría ser el mejor discípulo—, pero, una vez que el vocabulario terapéutico se ha democratizado, es difícil que los individuos puedan quedarse encogidos de hombros cuando no entienden algo. Hay una gran cantidad de relatos y causalidades a los que aferrarse, múltiples respuestas para las preguntas de siempre, y sin que esto tenga por qué hacernos invulnerables al cinismo sí podemos, por decirlo así, recargarlo: que sea un cinismo informado. Es por todo ello muy interesante que Hollywood quiera hacer un remake de La guerra de los Rose justo ahora, cuando más incapaz parece el cine comercial de parapetarse en el misterio.


Sunita Mani, Olivia Colman y Ncuti Gatwa en ‘Los Rose’

Poco misterio va a haber, de entrada, si como director tenemos a Jay Roach, especialista todoterreno de la comedia más comercial, que tan pronto te hace un Austin Powers como Los padres de ella, o prueba a pasearse por el cine oscarizable con El escándalo (aquella mediocre película de 2019 que repasaba los abusos de Roger Ailes al frente de Fox News). Para Roach, es evidente, Los Rose no es más que un encargo de tantos. Por lo que quizá sea más fructífero acercarnos al guionista y toparnos con Tony McNamara, un respetado dramaturgo australiano que ha escrito dos guiones nominados al Oscar para Yorgos Lanthimos: el de La favorita y el de Pobres criaturas.

McNamara es otro cínico, así que es un perfil apropiado para reescribir La guerra de los Rose. El problema es que es uno de esos cínicos informados e hiperconscientes, cuya obra prospera en nuestra época a base de una elegante verborrea que incluso a veces pasa por humanismo —caso de la citada Pobres criaturas—, y que ha afrontado Los Rose como una oportunidad de “rellenar huecos”. La película protagonizada por Benedict Cumberbatch y Olivia Colman, así las cosas, está espoleada por un diálogo incesante, que busca pulir los perfiles psicológicos y dejar bien claro por qué la relación se echa a perder: una vez su carrera como arquitecto se hunde, el marido está celoso del éxito profesional de su mujer como empresaria de una gran cadena de restaurantes. Es la guerra de los egos, sin más. A eso se ha reducido todo siempre, sostiene McNamara.

Un remake sin misterio alguno

La tesis es difícilmente reprochable —sobre todo cuando la comparamos con la lacerante misoginia en la que, por mucho enigma que la envolviera, se hundía a Turner en la película original—, pero su exposición en Los Rose se acerca a lo pueril de tan machacada como está. Por muy listo que se crea McNamara —y muy inteligentes y chispeantes que haya querido escribir a Theo e Ivy Rose—, el guion de Los Rose quiere plantear una comunicación tan cómoda con el público como para que, entre medias de las avalanchas de diálogo, no pueda resistirse a colocar a los personajes diciendo cosas como “manejamos muy bien las palabras, pero nunca encontramos las que buscamos”.

Así de obvio es su planteamiento. Lo que no debería llevarnos a desechar el trabajo de McNamara, porque Los Rose está mejor escrita que la primera película, y sobre todo es mucho más graciosa. El libreto dispensa gags con generosidad considerable y capacidad de brillar gracias a una virtud categórica, como es el apartado interpretativo. Cumberbatch y Colman (que ya habló con las palabras de McNamara en La favorita) están excelentes. Y se lo pasan visiblemente bien, hablando a toda velocidad y haciendo muecas con la química suficiente como para que no sea del todo creíble la desintegración de su matrimonio. Acaso consciente de esto, la película no se alarga tanto en el tramo de guerra directa como en 1989, tomándose más tiempo en prepararla y siendo luego más sintética.

No se puede decir lo mismo de todos los actores, por otro lado. El apartado de secundarios es considerablemente más flojo —quitando la breve aparición de Alison Janney como abogada de Colman, los amigos y allegados de la pareja tienden a estorbar—, y ahí McNamara no está tan afinado ni sabe aprovechar bien una de las grandes novedades del remake, como es el contraste cultural entre el matrimonio Rose (cuyos cónyuges son orgullosamente británicos) y el entorno estadounidense donde se ubica. El guion es por todo ello irregular, y apenas sabe entregar estampas memorables que puedan rivalizar con la impronta del filme de 1989. Quizá con la excepción de cierta secuencia, bastante evocadora, que involucra a Cumberbatch y a una ballena.


Benedict Cumberbatch en ‘Los Rose’

Es un momento propio de una película de Lanthimos, casi, que tampoco llega a calar por culpa de la gran deficiencia de Los Rose y el motivo por el que finalmente no pueda aguantarle la mirada a la película de DeVito. Y esta es que la puesta en escena es torpísima. Sin carisma alguno, sin concepto aglutinador: contenido desechable de streaming que no molestaría tanto si no contrastara con el aura de sofisticación que reclaman el guion y los actores, y si en ocasiones no echara a perder el mismo texto de McNamara. Con tantas palabras como se dicen en Los Rose, Jay Roach debería haber cuidado su desfile por la pantalla, y sin embargo hay veces en que las escenas ni son legibles a nivel espacial, ni los planos están bien compuestos. Incluso a veces arruina chistes enteros, desdibujando el timing cómico de unos intérpretes que debieran ir sobrados de él.

El regusto que deja Los Rose es agridulce, finalmente. No por haber propuesto una demoledora mirada al matrimonio o porque haya sacudido las expectativas de felicidad que se nos ha enseñado a interiorizar socialmente, sino por el escaso músculo con el que intenta actualizar un momento clave de la cultura pop de hace más de 30 años. Comparándolo con un estreno reciente que intentaba algo similar —Agárralo como puedas, volviendo a una franquicia inaugurada en 1988—, la propuesta de Roach no sale bien parada, y a duras penas puede decir algo del terremoto desatado desde entonces.

No es que haya que mitificar demasiado La guerra de los Rose —¿por qué mitificar el cinismo?—, pero al menos era una película con capacidad de sugerir e imágenes cuyas ramificaciones podrían acechar la experiencia humana inagotablemente. Basta recordar su final, con ese brazo agónico de Douglas —empeñado en pensar que alguna vez su esposa le amó de verdad— siendo rechazado por el cuerpo exánime de Turner. Los Rose no tiene ni una sola imagen a la altura, ni siquiera la de la ballena. Y no se pueden actualizar cosas sin nuevas imágenes.