El último vals de Joaquín Sabina: sus músicos y amigos cuentan qué supone el adiós del artista a los escenarios

El último vals de Joaquín Sabina: sus músicos y amigos cuentan qué supone el adiós del artista a los escenarios

El cantante se despide este domingo de las giras con un ‘sold out’ en el Movistar Arena de Madrid. Sus músicos, seguidores y amigos cercanos cuentan qué significa el adiós a la actuación de uno de los grandes referentes de la canción en español

Joaquín Sabina consigue su redención en Madrid en una gira marcada por las ausencias

Joaquín Sabina (Úbeda, Jaén, 1949) deja los grandes escenarios tras más de 40 años girando por España y parte del extranjero. Este domingo, el Movistar Arena de Madrid acoge su último concierto, el número 71 de la gira Hola y Adiós, con la que ha recorrido la geografía española, se ha despedido de América Latina y ha actuado en ciudades como Londres, París, Los Ángeles o Nueva York. “Joaquín dijo que era el último viaje y es el último viaje”, afirma al otro lado del teléfono José Emilio Navarro, Berry, su mánager desde junio de 1999.

Berry, que nació un año antes que el cantante jienense, ya ha vivido el último concierto de Joan Manuel Serrat y de José Luis Perales, artistas de los que también ha sido mánager y que en 2022 se bajaron para siempre de los escenarios. “Con la despedida de Serrat pensaba que era mi jubilación total, pero fue cuando Joaquín me dijo que iba a hacer otra gira [en 2023]. Y esta ya sí es la definitiva”, comenta.

Por su lado, Antonio García de Diego (Toledo, 1949), el músico más veterano de la banda, señala que a Sabina “se le ve muy emocionado en el escenario porque sabe lo que está ocurriendo, el cariño que le ofrece el público, y la gente se entrega y viene sabiendo que es la última vez que lo va a ver”. “Debí empezar con Joaquín en 1987 o 1988, con el El hombre del traje gris (1988). Yo llevaba mucho tiempo tocando con Víctor Manuel y Ana Belén y tuve que elegir. Fue muy traumático”, recuerda.

“Ahora las giras son mucho más formales y hay un cierto rigor obligado. Primero porque estamos en unas edades de setenta y tantos años, las circunstancias no son las mismas y físicamente no estamos en el mismo lugar. Cuando éramos todos más jóvenes había mucho más vértigo y la actitud en el escenario era mucho más desinhibida, más festiva”, reconoce el compositor. Cuando García de Diego empezó a tocar con Sabina, el de Úbeda ya había publicado cinco discos en solitario —Inventario (1978), Malas compañías (1980), Ruleta rusa (1984), Juez y parte (1985) y Hotel, dulce hotel (1987)— y se empezaban a embarcar en grandes giras por América.

Sobre el futuro profesional a partir del 30 de noviembre, García de Diego confiesa que “siempre se ha querido retirar con Joaquín Sabina” y que se muestra “muy emocionado” por conseguirlo. Y subraya que no está “asustado, como lo pueden estar otros miembros del grupo”, porque es “perro viejo” y sabe lo que viene, que es “más relajo y tranquilidad”. Asegura que seguirá con La Banda Sabinera, formación con la que recorren diferentes ciudades tocando los éxitos más destacados del cantante andaluz y en la que también participan otros miembros del grupo, como Mara Barros (Huelva, 1980), cantante y corista.

La artista onubense es una de las integrantes de la banda que acompaña a Sabina en su gira de despedida junto a Antonio García de Diego (guitarra, teclado y armónica); Jaime Asúa y Borja Montenegro (guitarras); Josemi Sagaste (saxo, clarinete, flauta travesera, percusión y teclados); Pedro Barceló (batería); y Laura Gómez Palma (bajo). “En el concierto de Bilbao terminamos todos llorando”, cuenta Mara Barros, que lleva 16 años trabajando con Sabina, desde la gira de promoción del álbum Vinagre y rosas (2009). “Él siempre amenaza con retirase y no lo cumple. Entonces, te queda la esperanza de que se aburra y haga algo. Pero sí es cierto que nunca lo ha verbalizado como en esta ocasión”. 


Rafael Bravo, Juan y Marite Gama, tres seguidores de Sabina

Según Berry, más de 800.000 personas han asistido a los conciertos de la gira Hola y Adiós que arrancaron el pasado 27 de enero en Ciudad de México. El pasado martes 25 de noviembre, el antiguo Palacio de los Deportes (ahora Movistar Arena) acogía la penúltima actuación de Joaquín Sabina. Eran las 18.00 horas y todavía no había muchos seguidores de Sabina en los alrededores del recinto. En el bar Las delicias de Goya, situado en la calle Fuente del Berro, Rafael Bravo, de 76 años y nacido en México DF, toma una copa con su amigo Juan —a quien conoce desde hace más de 50 años— antes del concierto. “Me identifico con Sabina desde que era joven”, dice Bravo. “Lo que más me gusta de él son sus letras: cada palabra te dice mil cosas”.

Este mexicano, que lleva siete años residiendo en España, recuerda Y nos dieron las diez como la canción que escuchó primero y “con la que fue conocido en todo México”. Apoyada en la barra de la cristalera del establecimiento, Marite Gama, de 55 años, escucha la conversación. “Yo también soy mexicana y también vengo a ver a Sabina”, desvela mientras saluda a su paisano. Marite había aterrizado en Madrid el lunes para asistir a los concierto del 25 y del 30 de noviembre. “Compré las entradas en enero de 2024”, dice. Viajaba sola y no es la primera vez que iba a otro país a ver a Sabina: “También he ido a verle a Argentina, al Grand Rex”.

La despedida de los escenarios, según sus amigos 

El director del Instituto Cervantes y amigo personal de Joaquín Sabina, Luis García Montero, atiende a elDiario.es desde México, país en el que se encuentra para asistir a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL). El poeta granadino cuenta que estuvo el 17 de noviembre viendo a Sabina en Madrid, aunque siente “mucha rabia” por no poder acudir a la cita de este domingo: “Era el tercero o cuarto de los conciertos de despedida de Joaquín al que iba. Fui con mi hija Elisa [hija en común con su esposa, la escritora Almudena Grandes, fallecida en 2021]. Me emocionó mucho al ver el cariño de la gente, cómo se llena un espacio tan grande que canta y hace suyas las canciones. Joaquín se ha convertido en una referencia sentimental y cultural importantísima porque sus canciones forman parte de la vida cotidiana de mucha gente”.

García Montero conoció a Sabina en Granada tras el particular “exilio londinense” del jienense. El cantante residió en la capital inglesa entre 1970 y 1977 después de huir de España al participar en el lanzamiento de un cóctel molotov contra una sucursal del Banco de Bilbao en Granada —estudiaba Filología Románica en la Universidad de Granada— en protesta por el proceso de Burgos, tal y como ha contado el propio Joaquín Sabina en diferentes entrevistas y en biografías autorizadas como Joaquín Sabina. Perdonen la tristeza (Plaza & Janés, 2000), escrita por el periodista y escritor Javier Menéndez Flores.

“Lo conocí a finales de los 70, principios de los 80, en un bar de Granada, La Tertulia. Allí nos reuníamos jóvenes que nos dedicábamos a la poesía, gente de la facultad de letras, algunos también involucrados en la política de la Transición y de la democracia. Joaquín ya era alguien que empezaba a ser reconocido por sus discos y tuvo la generosidad en fijarse en lo que estaba escribiendo”, rememora García Montero. “Recuerdo, por ejemplo, cuando publiqué El jardín extranjero (1982), con el que había recibido el premio Adonais de Poesía y, de pronto, la alegría que me produjo cómo Joaquín y Javier Krahe se tomaron muy en serio mi poesía y la poesía en general”.


Sabina, en un concierto en Zaragoza

Desde entonces y hasta hoy, han mantenido una estrecha relación de amistad fraguada en su amor por las letras lo que les ha hecho pasar muchos momentos en Madrid y en Rota, localidad gaditana donde los dos tienen una casa y pasan veranos juntos. “En los viajes en coche que hacía con Almudena entre Madrid y Granada escuchábamos sus canciones. Y Almudena, cuando estaba escribiendo y tenía dudas, se ponía a bailar, y muchas veces eran canciones de Joaquín”, recuerda García Montero con nostalgia.

Otro amigo común, Benjamín Prado, también ha pasado (y disfruta) veranos en Rota. En su caso, el poeta, novelista y ensayista madrileño sí tiene la oportunidad de acudir al último concierto de Sabina. “Yo creo que él no se retira de la música, ni siquiera de las actuaciones en vivo. Se despide de las grandes giras”, opina el escritor. “Es normal que si eres un señor de 76 años, salvo que seas Bob Dylan, te lo tomes con calma. Joaquín va a seguir escribiendo canciones, va a seguir pintando y va a seguir escribiendo sonetos. Y si un día le apetece dar un concierto en el teatro de al lado de su casa, pues lo hará”.

Se trata de una persona que conoce a Joaquín Sabina desde hace “42 o 43 años”. Tal y como explica por teléfono a este periódico, fue en un local situado debajo del viaducto de la calle Segovia de Madrid. Se llamaba ‘El rincón del arte nuevo’ y Sabina iba a cantar cuando todavía no era muy conocido. “Yo estaba tomando cervezas sin hacer mucho caso a la música cuando escuché algo que me interesó mucho y dije: ‘Qué onda más Dylan, qué buena letra y tal”, cuenta Prado. La canción que escuchó fue Calle Melancolía, incluida en su segundo trabajo, Malas Compañías (1980). “Yo tenía 20 años; él, 33. Hablamos de mi amistad con Rafael Alberti y, si no recuerdo mal, también de Gil de Biedma. Desde entonces, nos hemos hecho amigos, casi como hermanos, y dejamos demostrado que las amistades bonitas son las que empiezan en los bares”, añade.

Su compromiso con el texto, la rima interna, la dosis exacta de cursilería que necesitan las canciones… Mi manera de escribir mutó bastante al convivir con Sabina y entendí rápido que la canción está por delante de todo

Leiva
Cantante

El ganador del prestigioso Premio Hiperión de poesía en 1995 por Cobijo contra la tormenta es creador, a cuatro manos, de un buen puñado de canciones de Sabina. Entre otras, ha participado como coautor de las letras en los álbumes Vinagre y rosas (2009) y Lo niego todo (2017). Sobre esta experiencia afirma que ha aprendido “muchísimo” y que “espera seguir aprendiendo”: “Ver desde el taller cómo construye un genio, cómo le funciona la cabeza, cómo va aplicando cambios a las canciones que las hacen sorprendentes cada tres versos… Es jodido intentar estar a la altura porque es una batalla perdida y un trabajo duro no quedarte muy atrás [ríe]”.


Leiva y Joaquín Sabina, actuando en los Premios Goya de 2022

En este proceso de co-creación de las canciones de Joaquín Sabina lleva un tiempo participando Leiva. El ex de Pereza produjo el disco Lo niego todo y ha participado en la composición (musical o letra) de las últimas canciones del artista. El artista madrileño cuenta a elDiario.es que su primer encuentro tuvo lugar en 2001, cuando, una noche, acabaron él y Rubén Pozo (ex de Pereza) en casa de Sabina gracias al futbolista Guti, que era amigo común. “Fue una noche larga jugando al billar en el salón de su casa y escuchando a Los Rodríguez. Joaquín fue divino con Rubén y conmigo. Hubo mucha conexión a pesar de la diferencia de edad”.

“Es la persona con las que más canciones he escrito y más he trabajado delante de un papel en blanco”, sostiene Leiva. “Su compromiso con el texto, la rima interna, la dosis exacta de cursilería que necesitan las canciones… Mi manera de escribir mutó bastante al convivir con él y entendí rápido que la canción está por delante de todo”, indica. El compositor madrileño destaca que vive la retirada de Sabina de los escenarios “con cierto alivio por él”, que ya les ha “dado demasiado”.

“Pienso en su felicidad por delante de lo demás y todo lo que le gusta en la vida. Compromete su voz en la gira y el ejercicio monacal al que se tiene que someter para que todo suceda se lleva por delante una gran parte de la diversión”. Sobre un nuevo trabajo musical del genio de Úbeda, Leiva confirma que siguen con su “plan de hacer un disco”. “Si continúa ejercitando la creación sin presión, creo que va a estar mejor que nunca”.