La maleta de Koldo

La maleta de Koldo

Cuentan los cronistas que José Luis Ábalos se echó a llorar cuando supo que iba a entrar en la cárcel y desde luego ha vivido la semana a lomos del drama, con el desorden y la hipérbole que ha caracterizado su vida en los últimos años

Con ocasión del día de Acción de Gracias, Sean Duffy, secretario de Transportes de EEUU, protagonizó esta semana una campaña cuyo objetivo es reinstaurar “la época dorada de los viajes”. Los años en los que los viajeros, ahora devenidos en turistas horteras, sucios y gritones, subían a los aviones con vestidos, trajes de tres piezas, sombreros y maletines. Viajeros a los que nunca se les hubiera ocurrido descalzarse en público, dormirse en el hombro de un desconocido o pelearse por un café en un vaso de plástico. Viajeros que preparaban la maleta perfecta para el destino y jamás perdían la compostura. A ritmo de la canción ‘Come Fly With Me’, de Frank Sinatra, Duffy instaba a recuperar la educación y los buenos modales, a pesar de que pertenece a la administración menos educada y elegante de la historia de EEUU. Duffy clamaba contra los pijamas y las pantuflas en los aviones y aludía al poder civilizatorio de vestirse adecuadamente en cualquier circunstancia. 

Recordé esta campaña mientras veía a Koldo García preparar la maleta de ingreso en la cárcel de Soto del Real, el equipaje perfecto para una estancia en prisión. Hay que saber vestirse hasta para ir al infierno y Koldo García lo sabe, quizá de manera instintiva. Cuentan los cronistas que José Luis Ábalos se echó a llorar cuando supo que iba a entrar en la cárcel y desde luego ha vivido la semana a lomos del drama, con el desorden y la hipérbole que ha caracterizado su vida en los últimos años. Una de sus exnovias, Andrea de la Torre, tuvo que llevar hasta la cárcel los enseres que el poco previsor exministro y aún diputado necesitará en su vida entre rejas: definitivamente y por fin, Ábalos terminó de perder la compostura.

No así Koldo, el viajero perfecto a ninguna parte. Vigilante de seguridad de club de alterne, escolta de amenazados por ETA, condenado e indultado por apalizar, aizkolari, condecorado por la Guardia Civil, chófer y asesor de ministro, Koldo García preparaba el equipaje ante las cámaras con la calma y precisión de los viajeros de la época dorada a los que aludía el secretario de Transportes estadounidense. Le imagino repartiendo “gracias” y “por favor” entre los funcionarios y reclusos, con el saber estar del que ha vivido muy arriba y muy abajo. Mientras alguien colgaba el poema No te rindas en la cuenta de X de Ábalos, es de suponer que Koldo ordenaba sus útiles de limpieza, sus medicinas y sus zapatillas con velcro en un módulo de prisión con la misma pulcritud con la que ordenaba audios autoinculpatorios que harían temblar al Gobierno de España. Fue el único del triángulo tóxico que vio venir el futuro, quizá porque nunca dejó de mirar al pasado. Decía Francisco Umbral que un hortera no es el hombre que viste inadecuadamente sino el que ha perdido su conciencia de clase. Hemos vivido esta semana la culminación de una de las historias más horteras de la izquierda española. Hagamos caso a Sean Duffy e intentemos recuperar la elegancia perdida.