Nacidas el 20N
Frente a la creencia común que entiende la felicidad como sinónimo de juventud, mi generación tiene motivos para reivindicar el disfrute de una existencia plena a partir de la madurez. Especialmente, las mujeres podemos decir que el 20N nacimos de nuevo
Recuerdo que estaba muy dormida cuando escuché un timbrazo largo que sonaba en mi habitación del colegio mayor. Anuncio de visita. Me parecía extrañísimo un aviso así a aquellas horas. Las correrías y voces de mis compañeras por el pasillo me pusieron en alerta. Encendí la radio. Música sacra. ¡El hecho biológico! Me vestí a toda prisa y bajé a recepción. El hall era un hervidero de estudiantes. Se respiraba una agitación en el ambiente, mezcla de inquietud, miedo y alivio. Le vi sentado con otros chicos del colegio de al lado hojeando los periódicos llenos de lutos. “Franco ha muerto”. Me miró, pero yo desvié la mirada. Seguí de frente para conversar con un granadino muy guapo, compañero de Periodismo. Cuando la marabunta se disolvió y apenas quedamos un puñado de rezagadas haciendo cola para llamar a casa, él se acercó y me invitó a salir mientras preparaba el Seiscientos para viajar a Valladolid. 50 años, dos hijos y dos nietos después, lo celebramos el otro día con un centollo de la ría. Por pura casualidad del destino, esa fecha coincidió con el principio de mi identidad adulta.
Frente a la creencia común que entiende la felicidad como sinónimo de juventud, mi generación tiene motivos para reivindicar el disfrute de una existencia plena a partir de la madurez. Especialmente, las mujeres podemos decir que el 20N nacimos de nuevo porque nuestras circunstancias personales aparecerán para siempre teñidas por hechos históricos trascendentales. Ni el franquismo murió con Franco ni la Transición empezó esa madrugada, pero ya sabemos que se abrió el camino hacia un futuro transformador para todas.
Desaparecido el dictador, dimos el primer paso decisivo hacia esa renovada existencia, el 6 de julio de 1978, cuando el pleno del Congreso acabó con la discriminación por razón de sexo, gracias al artículo 14 del texto constitucional. “Con este artículo que hemos votado afirmativamente, la mujer española adquiere, por fin, la plenitud de derechos”, así empezó su discurso ante el pleno la discreta parlamentaria de UCD, María Teresa Revilla, única mujer en la Comisión Constitucional del Congreso.
En casa la llamaban “Tere la Justiciera” porque siempre salía en defensa de causas perdidas. Aquella niña que nació en Tetuán, el año de la guerra civil -hija de militar artillero del ejército nacional y nieta de un carabinero republicano fusilado por Queipo de Llano- se vivió obsesionada por una idea de la justicia insobornable y una firme convicción a favor de la autonomía de las mujeres. Perteneciente a una élite social e intelectual de los primeros años del franquismo, tuvo el privilegio de cursar la carrera de Derecho pero, como todas, padeció las limitaciones del régimen. No pudo ser notaria porque estaba prohibido para ellas.
Tras la muerte de Franco, empuñó la bandera de la palabra y llegó a ser una de las pioneras de la democracia en el Congreso de los Diputados. Sus artículos a favor del cambio político, publicados en la prensa bajo la firma del colectivo Tácito, supusieron el primer paso para ser tenida en cuenta por la jerarquía masculina de los partidos centristas, que le ofrecieron el tercer puesto en la lista de Valladolid en las primeras elecciones de 1977.
De las conversaciones en voz baja con sus allegados y el silencio impuestos del franquismo, pasó a proclamar públicamente unas ansias de libertad, inauditas para la época en una mujer de su alto nivel social. Había vivido en el extranjero y, además, pudo contar con potentes referentes familiares -un esposo liberal, un padre poderoso y una abuela republicana- que la prepararon para luchar por un país en diferente en el que las mujeres pudieran vivir en plenitud de derechos.
Cristina Almeida era la candidata número 9 de la lista del PCE a las primeras elecciones y su cartelería exhibía su sonriente rostro junto al de Santiago Carrillo. Procedía de la lucha antifranquista y no consiguió escaño ese año. A Manuel Almeida casi le da un ataque cuando vio la cara de su niña en los muros de las calles madrileñas en aquella primavera de 1977. Demasiado para un abogado adepto al régimen –“Mi padre era más franquista que Franco”, suele decir-, aunque no fue una sorpresa para quien había sido reportero de guerra entre las tropas nacionales durante la guerra civil. Su hija le había salido roja y las broncas familiares por cuestiones de política estaban a la orden del día en la casa de la familia pacense, que se había mudado a Madrid en 1956. El espíritu combativo y feminista lo heredó Cristina de su heterodoxa tía Esperanza, una rara avis en su entorno familiar y de la que también aprendió a amar las casas de muñecas. Cuando falleció su tía perdió aquel vínculo emocional que tanto la había marcado hasta que una amiga le regaló una casita de madera de cinco pisos, que ha ido amueblando con gran dedicación a lo largo de su vida y hoy conserva a la entrada de su hogar.
Almeida fue de las primeras mujeres en las aulas de Derecho en Madrid. El fusilamiento de Julián Grimau le causó tanta impresión que decidió afiliarse al PCE con apenas 20 años. Cuando ya era abogada laboralista, el 19 de noviembre de 1075, la joven disfrutaba de una velada de bailes con sus amistades en El Junco cuando, a la salida, se sintió atemorizada por dos jóvenes que la señalaron: “Es ella”. Los ignoró, pero comprobó que la seguían en otro coche de camino a casa y, consciente de la seria amenaza de la ultraderecha para los comunistas, regresó al bar donde estaba su pandilla. Un procurador amigo le ofreció pasar la noche en su domicilio. Mientras Franco abandonaba este mundo, Almeida dormía a pierna suelta en un piso de Aluche que, por supuesto, no tenía teléfono ni televisión. Adelantada la mañana, acudió a un bar cercano a tomarse un café. “Franco ha muerto”, decía Arias Navarro en la tele, mientras ella se cosía un botón del vestido. Llamó a casa y supo que la estaban buscando.
Aquel fue el principio de una nueva y decisiva etapa en la vida de la joven comunista. Su activismo subió de nivel hasta convertirse en candidata, primero y concejala y parlamentaria, después. Como abogada, política y feminista, la historia le tendría preparados momentos inolvidables -como la legalización del PCE- pero también muy dolorosos, como la matanza de Atocha, en la que cayeron ametrallados amigas y compañeros. Ha sido y sigue siendo una protagonista de nuestra historia y referente para todas.
Como Revilla y Almeida, la mayoría de las políticas que nos representaron tras la muerte de Franco, en la oposición o en cargos públicos, habían nacido tras la guerra civil, fueron educadas por la Iglesia y criadas por familias franquistas (algunas, con pasado republicano pero ocultado durante 40 años) que disfrutaban de cierto nivel social e intelectual como para permitirles acceder a la universidad. Muchas de aquellas pioneras debían reunir estas condiciones para constituir una élite política femenina que, como bien la describe María Antonia García de León, eran una “élite discriminada” porque el machismo seguía muy arraigado en la sociedad española y hemos tenido que avanzar entre luces y sombras. Pero esa es otra historia que apenas empezaba aquel 20N.