Delcy Rodríguez: la vicepresidenta de Maduro e interlocutora con los empresarios que ha recibido el aval de Trump
La presidenta provisional del Gobierno de Venezuela es hermana del todopoderoso presidente de la Asamblea Nacional y pieza incondicional de la revolución bolivariana
Delcy Rodríguez toma posesión como primera presidenta de Venezuela: “Juro con dolor y con honor”
Delcy Eloína Rodríguez, la política designada para asumir el mando provisional de Venezuela desde este lunes 5 de enero, es una abogada y diplomática que ha escalado en el poder de la mano del recién capturado Nicolás Maduro. Tiene 56 años. Y su andadura política despegó en serio a partir de 2006. En aquel entonces aumió el cargo de ministra del Despacho de la Presidencia del comandante socialista Hugo Chávez (1954-2013). Luego ocupó altos cargos al frente de carteras clave para, al fin, aterrizar en 2018 en la Vicepresidencia de la República Bolivariana. Durante ocho años fue la segunda figura en la línea de mando del proyecto revolucionario. La encargada, según la Constitución, de suplir al jefe de Estado en caso de ausencia temporal o absoluta.
“Vengo con dolor por el secuestro de dos héroes que tenemos de rehenes en los Estados Unidos de Norteamérica: el presidente, Nicolás Maduro, y la primera combatiente, la primera dama de este país, Cilia Flores. Vengo con dolor, pero debo decir que también vengo con honor (…)”, dijo Rodríguez este lunes durante el acto de juramento ante la Corte Suprema como presidenta encargada durante, según la legislación, los próximos 90 días. Por eso, buena parte de la atención internacional se ha centrado sobre el futuro de su gestión del que podría ser el ocaso de más de un cuarto de siglo de régimen chavista.
Su misión, de acuerdo con fuentes locales venezolanas, sería doble: acatar las directrices del presidente de Estados Unidos y evitar, en lo posible, el colapso del desgastado proyecto nacionalista. Ronal Rodríguez, investigador del Observatorio de Venezuela de la Universidad del Rosario en Bogotá, trabajó con ella en la mesa de negociación cuando, durante el Gobierno de Juan Manuel Santos, se debió solucionar la deportación masiva de colombianos ordenada por Nicolás Maduro en 2015: “Cuando alcanzamos acuerdos, tras discusiones muy tensas, Delcy Rodríguez salía a los medios y comunicaba algo distinto. Casi deshacía lo que habíamos pactado”.
La anécdota puede dar pistas para entender los cortocircuitos de los últimos tres días entre Trump y Rodríguez. La secuencia es la siguiente. El presidente estadounidense aseguró en principio desde Mar‑a‑Lago que la funcionaria venezolana mantuvo una larga conversación con el secretario de Estado, Marco Rubio, en la que aceptó hacer todo lo que Estados Unidos pidiera. Más de un observador se mostró extrañado ante la inusitada docilidad de una funcionaria que había cultivado una imagen de total obediencia a la revolución. Acto seguido, sin embargo, la presidenta provisional envió un mensaje en un discurso televisado en el que ratificó su apoyo incondicional a Maduro.
En cuestión de horas, con un tono más duro, Trump declaró a la revista The Atlantic que la venezolana pagaría “caro, probablemente más que Maduro, si no hace lo que debe hacer”. Y Rodríguez, a su vez, veló armas y publicó con celeridad un comunicado con un mensaje esta vez más suave: “Extendemos la invitación al Gobierno de los Estados Unidos a trabajar conjuntamente en una agenda de cooperación, orientada al desarrollo compartido, en el marco de la legalidad internacional”.
¿Revolución y venganza?
“Feliz de estar en la Revolución Bolivariana, porque esa es nuestra venganza personal de esa época oscura”. Esto dijo Delcy Rodríguez (Caracas, 1969) en un programa televisivo de entrevistas, emitido en 2018, al referirse a su pasado familiar. En concreto, a la muerte de su padre, Jorge Antonio Rodríguez, en julio de 1976 en Caracas, como consecuencia de las torturas aplicadas por las fuerzas de seguridad estatales que lo habían detenido por su presunta participación en el secuestro de un empresario estadounidense.
Quienes conocen la biografía de los Rodríguez saben que aquellos hechos dejaron una huella profunda. Dicen que ni Delcy ni su influyente hermano Jorge (Barquisimeto, 1965), psiquiatra de formación y hoy presidente de la Asamblea Nacional, han matizado nunca su postura revanchista frente al sistema político de los años 70: una época ya lejana en la que el petroestado venezolano funcionaba a toda máquina y el bipartidismo de Acción Democrática (AD) y COPEI, las dos formaciones tradicionales, se repartían las cartas políticas del poder con el beneplácito de Washington.
Delcy Rodriguez, durante la jura del cargo de presidenta encargada
Por eso, algunos estudiosos de la historia política venezolana coinciden en que la trayectoria de su hermano es vital para rastrear el ascenso de la actual presidenta. “Cuando murió Chávez, Jorge ya presidía el Consejo Nacional Electoral y, sin ser chavista de raíz, empezó a acumular un gran poder. Ella, en ese momento, era una empleada pública sin relevancia. Luego, con Maduro, hubo un reacomodo en las alianzas y ambos —personas bien formadas, con buen dominio de idiomas y especializaciones— asumieron roles cada vez más importantes”, precisa una fuente que pidió mantener su nombre en reserva por razones de seguridad.
Jorge y Delcy Rodríguez ahora forman parte de la élite en un Gobierno autocrático que lleva en el poder más de dos décadas. “Ella ha sido más discreta y ha tratado de mimetizarse dentro de la imagen de lo popular o, al menos, de posar con una actitud más cercana al pueblo. Él, en cambio, viste trajes costosísimos y conduce un automóvil Audi. Ambos pertenecen a una ‘izquierda caviar’ que, quizás, es ajena a las posturas marxistas de la Liga Socialista fundada por su padre”, añade. De hecho, el progenitor llegó a militar en dos frentes guerrilleros: en la FALN primero y luego en la organización Bandera Roja.
Un buen alfil
Con su tacto y discreción, que algunos venezolanos asocian a una supuesta falta de carisma, Delcy Rodríguez fue un alfil funcional al Gobierno de Maduro en varios frentes. El más visible, quizás, en su papel como interlocutora con el gran empresariado tradicional, contra el que el chavismo impulsó expropiaciones masivas y al que a principios de siglo calificó de “burguesía parasitaria”. Su gestión con gremios e industriales, sin lograr ni mucho menos su adhesión ideológica, sí consiguió en los últimos años recuperar algo de estabilidad para el maltrecho aparato productivo.
Ese es el otro pilar que explica su poder dentro del madurismo, cuyo aparato funciona por parcelas al estilo feudal. Mientras su hermano Jorge controla toda la esfera electoral, Delcy ha aprovechado su cercanía con los poderes económicos y, en especial, su influencia sobre el tema petrolero. “Es muy importante recordar que entre 2018 y 2020, cuando la hiperinflación se desbordó, el Gobierno cedió ante la ruina del bolívar y empezó a abrirse a la dolarización como válvula de escape; allí Delcy jugó un rol principal”, añade.
Por todo lo anterior, quizás, Estados Unidos ha apostado por pilotar el teórico proceso de transición hacia la democracia con la mediación de Delcy Rodríguez como pieza clave. Por encima, incluso, de María Corina Machado, premio Nobel de la Paz. U otras figuras de la oposición. “Yo no sé si Estados Unidos entiende en realidad con quién está negociando. O si en realidad le importa poco o nada la democracia, con tal de mantener el flujo de petróleo y mejorar sus garantías. Para lograrlo, sin embargo, haría falta una fuerte estructura de inversión norteamericana. Y eso rompería el discurso y la narrativa de la Revolución Bolivariana, en la que Delcy Rodríguez cree a fondo”.