Redefinir la Alianza Atlántica

Redefinir la Alianza Atlántica

Cuando la administración Trump plantea sin sonrojo la posibilidad de adquirir Groenlandia, por la fuerza o por la pasta, está verbalizando una lógica abiertamente transaccional que no solo desnaturaliza la alianza atlántica: además convierte a sus miembros en piezas negociables dentro de una partida que ha dejado de jugarse en términos políticos para jugarse en términos mercantiles

En realidad, el problema nunca fue la OTAN. Siempre se ha defendido, muy legítimamente, desde diferentes posiciones de la izquierda, incluso desde ciertas posiciones conservadoras no alineadas que nunca llegaron a desquiciarse con el anticomunismo de la época de la Guerra Fría, la no entrada o la no continuidad de España en la Alianza Atlántica porque esta servía únicamente a los intereses de los Estados Unidos, y en buena parte tenían razón. Quien escribe esta columna también ha defendido esta postura, entendiendo que tras la disolución del Pacto de Varsovia en 1991 no había razones para seguir manteniendo un bloque de poder militar.

Esta posición ha sido políticamente la correcta, en mi opinión, en tanto desde los años noventa su papel principal ha sido el de extender la operabilidad militar estadounidense mucho más allá de sus fronteras y límites naturales, otorgándoles así una capacidad de actuación -y de abuso- en regiones de interés que, de otra manera, les habría sido imposible. El problema es que el mundo que hacía razonable esta posición ha dejado de existir; no tanto porque la función de la OTAN haya variado demasiado, sino porque el contexto en el que opera ha cambiado radicalmente. El error fue pensar que la caída de la URSS y del Pacto de Varsovia traería consigo un mundo menos armado, cuando lo que vino con estos acontecimientos, lo que pasa es que nadie quiso verlo venir, es la llegada de un mundo menos arbitrado y con más jugadores armados hasta los dientes.

En este contexto, propuestas como el oxímoron de Ione Belarra de abandonar la OTAN y, al mismo tiempo, aislar internacionalmente a Trump, revelan hasta qué punto seguimos pensando el mundo en categorías obsoletas. Esta época que vivimos, por esquizofrénica y aterradora que parezca, nos ofrece a los países occidentales la oportunidad de redefinir la Alianza Atlántica. Esta oportunidad no pasa por convertir la OTAN en algo radicalmente distinto a lo que ya era, más bien es una buena ocasión para corregir su anomalía original. No puede seguir siendo una alianza multilateral cuya capacidad real de decisión descanse casi en exclusiva en una sola potencia; los países miembros tienen que empezar a pensar en cómo conservar la hegemonía sin depender de un hegemón. Esto no es incoherente con posicionarse en contra de un gasto militar desorbitado, como ese 5% del PIB que planteaba Donald Trump como condición sine qua non para mantenerse en el marco de seguridad estratégico tutelado por los Estados Unidos, pero es importante tener en cuenta que el contexto con respecto a hace tan solo un año ha cambiado radicalmente. 

Basta con observar lo que ocurre con Groenlandia para entender de qué estamos hablando. La isla, formalmente vinculada a Dinamarca, ocupa una posición clave en el control del Atlántico Norte y del llamado GIUK Gap, un corredor estratégico fundamental para la vigilancia submarina entre Europa y América del Norte. Durante la Primera Guerra Mundial, los Estados Unidos adquirieron a la nación nórdica lo que ahora son las Islas Vírgenes estadounidenses, un archipiélago de las islas de Barlovento de las Antillas Menores, por veinticinco millones de dólares. El objetivo de esta transacción fue disuadir al Imperio Alemán de tomarlas y asegurarse de esta manera el control de un punto estratégico del Caribe en un contexto de guerra abierta entre potencias. El acuerdo, además, incluía el respaldo estadounidense a las aspiraciones danesas de controlar Groenlandia, que por entonces estaba en disputa con Noruega. 

Cuando la administración Trump plantea sin sonrojo la posibilidad de adquirir Groenlandia, por la fuerza o por la pasta, está verbalizando una lógica abiertamente transaccional que no solo desnaturaliza la alianza atlántica: además convierte a sus miembros en piezas negociables dentro de una partida que ha dejado de jugarse en términos políticos para jugarse en términos mercantiles. Hablar hoy de independencia estratégica ha dejado de ser, como hemos caricaturizado durante años, un capricho gaullista o una ensoñación tecnocrática de Bruselas. Europa no puede aspirar a conservar ningún margen de soberanía política si sigue delegando su seguridad a una potencia cuya agenda exterior responde cada vez más a los caprichos enloquecidos de un millonario de la white trash estadounidense.