Rebeca, extrabajadora de Julio Iglesias: «Me sentía empujada a hacerlo sin opción a decir que no»

Rebeca, extrabajadora de Julio Iglesias: «Me sentía empujada a hacerlo sin opción a decir que no»

Una exempleada del servicio doméstico de la villa del artista en Punta Cana acusa a Iglesias de agresiones sexuales, en un entorno laboral dominado por el «control» y el «terror». Una investigación exclusiva de elDiario.es en colaboración con Univision Noticias

Extrabajadoras de las mansiones de Julio Iglesias acusan al cantante de agresiones sexuales

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Rebeca (nombre ficticio) es una de las dos extrabajadoras de las mansiones de Julio Iglesias que han prestado su testimonio a elDiario.es y Univision Noticias. De origen dominicano, trabajó como limpiadora y cocinera en las casas de Iglesias en Punta Cana (República Dominicana) y Lyford Cay (Bahamas) en el año 2021, cuando ella tenía 22 años. 

“Vas a trabajar con una de las personas más importantes de República Dominicana, más que el presidente”, le dijo la encargada de seleccionar el personal en la casa. “No me imaginaba quién era”, dice Rebeca. elDiario.es y Univision Noticias realizaron varias entrevistas entre 2024 y 2025, en las que Rebeca y otras tres mujeres ofrecieron su testimonio bajo la condición de no ser identificadas. Por ese motivo, se han cambiado sus nombres, y en los vídeos que acompañan los artículos, su rostro aparece oculto y sus voces han sido dobladas por especialistas. Dos de estas mujeres decidieron retirar sus testimonios antes de la publicación de estos reportajes.

Cuando a Rebeca le dijeron quién sería su nuevo empleador, tuvo que buscar su cara en Google. Sabía quién era, pero nunca había escuchado sus canciones, si acaso las de su hijo Enrique. Rebeca había encontrado el anuncio de empleo en un post de Instagram.

“Decía el anuncio que buscaban una persona de 25 a 35 años. En ese momento yo tenía 22 y dije que no cumplía con los requisitos de edad, pero que soy muy responsable y puedo adaptarme rápido y aprender”. Antes de aceptarla, le pidieron una serie de informaciones y documentos, además de cinco fotografías. “Entonces ella [la encargada] me llama, me explica las cosas y me dice que me va a mandar un taxi”. “Nunca me había ido de la casa de mi papá y tenía miedo porque no sabía para dónde iba, no sabía si era real”. Tan solo un día después, Rebeca ya estaba trabajando en la villa de Julio Iglesias en Punta Cana.

En ese año, todavía se mantenían algunas precauciones para evitar el contagio del coronavirus, por lo que Rebeca se mantuvo a una distancia prudencial y con mascarilla puesta para saludar por primera vez a Iglesias, que apareció montado en el carrito de golf que utiliza para moverse por la enorme villa. “Te quiere conocer el señor”, le dijo la encargada tras llamarle a la puerta. “Él me ve y me dice que yo parecía una profesora porque usaba lentes. Entonces me pregunta mi nombre y me dice ‘a ver tus uñas’ para ver si yo era limpia”, recuerda. Esa primera conversación se prolongó un poco más: “Me preguntó si me gustaría viajar por el mundo y si sabía inglés. Le dije que muy poquito. Me comentó en ese momento que yo era muy bonita”. Cuando él siguió su curso con el vehículo, Rebeca volvió a la habitación donde debía estar confinada durante cuatro días.

elDiario.es y Univision se pusieron en contacto en repetidas ocasiones y por diferentes vías con Julio Iglesias y con su abogado, sin obtener respuesta a las preguntas que estos medios le hicieron llegar por email, mensajes telefónicos y cartas entregadas en sus residencias.

Cuando pasó la cuarentena, la encargada le dijo que su trabajo consistía en limpiar la cocina y el gazebo, un cenador situado en la orilla del mar. En los primeros días, solo limpiaba, pero después empezó a cocinar también, siempre según las instrucciones que le dieron, para que los platos quedaran al gusto de su nuevo jefe. Cuando la cocinera que la formó regresó a la casa de Miami, su destino habitual, Rebeca se quedó sola y entró “en pánico” porque, realmente, no tenía mucha idea de cocina. “Le cocinaba todo sin sal. Si le hacía una carne, se lo tenía que hacer solo con ajo, aceite y un poquito de pimienta. Si me pasaba de pimienta, me insultaba. Tenía que estar todo controlado. Él no le podía sentir nada de sal”. También cocinaba para él arroz, vegetales o ensaladas verdes. “Hubo un tiempo que comía lentejas todas las noches y me alababa que eran las mejores que comió en su vida. Pero cuando se cansaba, me decía que ya no lo estaba haciendo igual, que era una mierda”. “Me decía que la comida le sabía a jabón, que yo no lavaba la sartén bien o que la carne le sabía a pescado. Era un control que tenía que tener para que él no saltara o me insultara. Lavaba la sartén muchas veces, la enjuagaba muy bien y la ponía a hervir con agua para luego cocinar para él”.


Rebeca, durante su entrevista con elDiario.es y Univision Noticias

Pronto, su jefa le sumó otras tareas: “Que bajara a la playa y me pusiera un bikini”, le dijo. “Dije que no tenía porque fui a trabajar, no a pasear”. La encargada le regaló uno. Rebeca, inquieta, buscó consejo en la cocinera y le preguntó si eso era normal. Le dijo que sí, que se trataba de “ayudarlo porque él no puede caminar solo”. Encima del bikini se puso un pantalón corto y una toalla. Ya en el gazebo, la esperaban la encargada y Julio Iglesias. “Ay, quítate la toalla”, recuerda que le dijeron. Ella se la quitó “con mucha vergüenza”. Después le pidieron que se retirara también el pantalón, que “no pasaba nada”. Al hacerlo, él le dijo que diera una vuelta. “E hizo el comentario de que yo tenía muy buenos glúteos”, recuerda. “Yo me quedo callada, como que no es algo para decir gracias”. “Cuando me dice que tengo buenos glúteos me siento aún más rara porque para mí no es lo común que un jefe te diga [eso], yo a un jefe lo veo con mucho respeto”, añade.

elDiario.es y Univision se han puesto en contacto en repetidas ocasiones y por diferentes vías con la encargada de la gestión de la casa y la selección de personal, sin obtener respuesta a las preguntas que estos medios le hicieron llegar.

A la semana siguiente, en una de esas bajadas a la playa privada de la casa de Punta Cana, la encargada y él estaban “hablando de los senos”, y le preguntaron a Rebeca si le gustaría operárselos. Ella les dijo que sí, ya que los sentía “tumbados”. “Y él me dice que me quite el brasier y yo [pensé] qué mierda, qué raro. Entonces me dicen […] es como para verte qué se te puede hacer, algo de estética”. Rebeca se quitó el sujetador y la encargada le tocó los pechos y le dió indicaciones sobre dónde habría que “subir” o qué “hacer” en una cirugía, según cuenta Rebeca. De nuevo, ella se sintió “rara”. “Para mí, sentirse rara es como que yo estuviera obligada a hacerlo”, aclara. “No tenía opción de decir que no. Ni siquiera en ese momento pensaba en que podría perder mi trabajo, me sentía como empujada a hacerlo sin decir que no. Es lo que ellos intentaban hacer, como una sumisión de que yo tengo que hacer eso. Él siempre era así”.

Las peticiones que no tenían que ver con su trabajo de limpieza y cocina, siguieron en aumento. Él pidió que fuera a su habitación a darle un masaje en las piernas. “Me dijo si yo sabía dar masajes en los pies y le dije que no”. Aun así, él le dijo que lo hiciera. “Y él como que se cansó y dijo ‘ay, no, esta no sabe’ […] y me dio 50 dólares por el masaje”.

Según afirma Rebeca, Julio Iglesias siguió haciendo comentarios sobre su físico. “Me preguntaba si yo era gimnasta porque tenía un buen cuerpo y yo le decía que no, entonces aprovechaba ese momento para preguntarme sobre mi vida, de dónde son mis padres, cuál es mi sueño, qué me gustaría hacer a futuro”. “Yo entiendo que él hacía estas preguntas para saber cómo manipularte”, dice Rebeca, que añade que, las “tres o cuatro veces” que intentó renunciar al trabajo, Iglesias y su encargada “usaban eso” en su “contra”. “Ella mediaba conmigo y decía: ‘No te puedes ir, piensa en tu futuro, en la casa que tú le quieres hacer a tu papá’. Él sacaba esa información para conocerte y saber cuáles eran tus debilidades”.

Una mañana en la playa, Rebeca recuerda que él le preguntó: “¿Eres libre?”. “Yo inocentemente le dije que sí, porque estaba soltera”, explica. Rebeca llevaba un mes trabajando en la casa y estaba a punto de realizar su primer viaje a Bahamas. Era la primera vez en su vida que salía del país, y además lo haría en un avión privado. “Luego me dice ‘¿vienes a mi habitación en la noche? Le digo que sí, pero yo no estoy pensando que es para tener sexo”. Después de comer, una de sus jefas, diferente a la que la había contratado, y que escuchó su conversación en la playa, se acercó a hablarle: “Ella me dice: ‘Mira, es que él quiere que nos acostemos juntas hoy’. Yo le digo a ella que no lo voy a hacer, que estoy muy nerviosa y que no quiero hacer eso”. La jefa le insistió: “Lo tienes que hacer, dijiste que sí”.

elDiario.es y Univision Noticias contactaron con esta encargada y le preguntaron sobre este y otros incidentes relatados por Rebeca. Esta extrabajadora de Julio Iglesias, que afirma haber sido su bailarina, calificó estos hechos de “patrañas”. Además, añadió que solo tenía “agradecimiento, admiración y respeto por el gran artista y el gran ser humano que es”, calificándole también como “humilde, generoso, un gran caballero y muy respetuoso con todas las mujeres”.

Aquel día, al llegar la noche y después de dejar fregada la cocina, su jefa la llamó por teléfono para que se preparara. Le dieron vino y tequila para que no estuviera “nerviosa”. “Ella [la jefa] me dice que, si yo quiero, me ponga la mano en la vulva para que ella no me toque”, recuerda Rebeca. Julio Iglesias estaba “en cueros, sin pantalones”. “Me ponen en el medio”, dice. “Dentro de la cama, [la jefa] me besa”. “Él sabe que estoy incómoda porque hago las instrucciones que me hace [ella], me tapo, estoy avergonzada, y él me jala la mano para que la quite [de delante de la vulva]”. “Hicieron lo que hicieron y yo me quedé dormida y no recuerdo más”.

Después de ese episodio, Rebeca acompañó a su jefe en el viaje a Bahamas, donde tiene otra residencia. “A la segunda noche, me llaman a su habitación”. Allí encontró que junto a Julio Iglesias no estaba la misma jefa que la llevó a su dormitorio en Punta Cana, sino la que la había contratado. “Estaba desnuda, solo con una tanga y los senos afuera. Él, postrado en la cama y desnudo de cintura para abajo”. A partir de ese día, según recuerda, la llamaban casi todas las noches al acabar su jornada laboral alrededor de las once de la noche, para permanecer allí hasta las doce o la una. “Fue constante, solamente me dejaban descansar cuando estaba su esposa en Punta Cana o cuando estaba otra señorita con él”, dice. “Él hacía lo que quisiera conmigo”, añade.

elDiario.es y Univision Noticias han contactado con Miranda Rijnsburger, esposa de Julio Iglesias, pero no han recibido respuesta.

“Él penetra [la vagina] con la mano. Nunca me penetró con su pene”. “Lo hacía muy duro. Nunca me habían hecho eso […] y me generaba mucho dolor”. Rebeca dice que a veces tenía que fingir porque le decía “que no, y él no escuchaba”. Rebeca le decía: “Me molesta, no quiero”, pero “él igual seguía”. “Cuando él creía que tenía que soltarme, me soltaba. Y entonces, se limpiaba la mano, yo me quitaba y ya”.

Una noche en Bahamas, él forzó una penetración anal, cuenta Rebeca. “Él me quería hacer sexo anal y le digo que no, que no lo haga. Cuando él me mete los dedos muy dentro, sentí mucho dolor y le dije que no. Él siguió haciéndolo y le dije que no más de cinco veces. Le dije que no porque me dolía, obviamente, y él lo hizo”. Rebeca cuenta que en algún momento él pareció notar sus gestos de dolor y se detuvo: “Me soltó rápidamente y buscó algo para limpiarse las manos”. 

Ella intentaba excusas: “Para decirle que no, yo le decía que me dolía la cabeza. Y él decía ‘dadle una pastilla a la niña’ y me daban la pastilla”. “Ese mismo día, yo tenía un dolor de cabeza tan grande. Él me jaló por el pelo muy duro, porque cuando él estaba teniendo sexo, te hacía lo que quería. El dolor de cabeza se intensificó, caí al otro lado de la cama y le dije que no podía más, que me reventaba la cabeza. Otro día le decía que tenía la menstruación. Él decía ‘ponle un tampón’ y ese día no me metía los dedos, pero sí me ponía a tener relaciones con la encargada”.

“No tenía descanso. Yo deseaba que él se fuera a Miami para poder descansar de él, porque mientras estaba allí [en Punta Cana], siempre era conmigo. Aunque algunas noches me dejaba tranquila. Más tarde supuse que esas noches llamaba a otras chicas. Él siempre me decía que yo era su favorita […], veía que yo no era la única que estaba pasando por eso, porque comencé a observar el comportamiento de otras chicas”.

Rebeca recuerda que, en verano, él tuvo un ataque de ciática: “Tenía un dolor tan fuerte que le temblaba la pierna”. Durante cinco noches, ella trabajaba de día y además tenía que permanecer despierta en la noche para cuidarle. “[Una noche] me tuvo durante horas pasándole la lengua por el ano y chupándole el pito para calmarlo porque él sentía mucho dolor y eso lo calmaba. Pasé casi toda la madrugada chupándole sus partes. Cuando yo paraba o me quedaba dormida, él me jalaba la cabeza como para que siga”.

Rebeca relata otro episodio que sucedió estando a solas con Julio Iglesias, una noche en la que no había ninguna encargada. “Tengo que dormir con él, obviamente”. “Esa noche él no duerme casi tocándome el cuerpo. Me tocaba la cara y me metía la mano por dentro de la boca, por dentro de la nariz […], hacia la oreja”. “Como que él no tenía control de eso y era algo desagradable”. “Me metía la mano por mis partes y las tetas, me agarraba mi cuerpo, horrible”. 

La empleada intentó renunciar en varias ocasiones, pero recibía presiones por parte de la encargada y del propio Julio Iglesias para que no lo hiciera, según dice. Finalmente, abandonó la casa ese mismo año.

Un tiempo después, Rebeca buscaba cómo lidiar con la depresión, la ansiedad y las ganas constantes de llorar que sentía, a pesar de haber abandonado el trabajo. Antes de hacer terapia psicológica, abrió el móvil y buscó en ChatGPT la respuesta a por qué se sentía obligada a hacer algo, por qué se paralizaba, por qué hacía cosas que no quería hacer. “¿Cómo se llama eso?”, escribió en su pantalla. “Sumisión forzada”, le contestó la máquina. “Cuando sientes que debes complacer, cumplir con algo aunque no quieras, por temor a las consecuencias; eso me respondió”, resume Rebeca. El psicólogo con el que se trató posteriormente le diagnosticó ansiedad y una depresión agravada por las consecuencias de su paso por la casa.

Comprobación de datos y edición: María Ramírez y Natalia Chientaroli

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