Por qué no denunciaron

Por qué no denunciaron

Si denunciar es un acto complicado para cualquiera, aterricemos en el caso Iglesias: un hombre con la capacidad de movilizar una legión de abogados frente a mujeres de orígenes humildes, en un contexto vulnerable, que apenas han cobrado por su trabajo unos cientos de euros al mes

Dos mujeres denuncian a Julio Iglesias ante la Fiscalía de la Audiencia Nacional por agresión sexual y trata

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Denunciar es un verbo que se menciona con facilidad. En el caso de la violencia sexual, denunciar es la coletilla permanente. El discurso general anima a las mujeres a hablar sobre lo que sufren y les sucede, pero eso no es del todo cierto: cuando una mujer decide hablar, entonces la exigencia es que denuncie. Tampoco ahí se agota la exigencia, siempre hay más preguntas: ¿por qué ahora?, ¿por qué no antes?, ¿por qué aquí y no allá?, ¿con qué interés?

Hemos asistido a esa fase de exigencias en muchos casos, también ahora, cuando hablamos de las dos mujeres que han denunciado a Julio Iglesias. Hablaron. Rompieron el silencio. Denunciaron ante la justicia. Y llegaron las consabidas preguntas. Es lícito hacerse preguntas, las periodistas también nos las hacemos y las hacemos, es nuestro trabajo. El problema es cuando detrás de esos interrogantes no hay tanto afán por saber y entender como por sospechar y poner en entredicho siempre a las mismas personas: las mujeres que rompen el silencio sobre la violencia machista.

Sabemos que las víctimas de violencia de género y de violencia sexual tardan una media de entre ocho y diez años en contar lo que vivieron o en denunciar. La violencia física es la que más tarde se verbaliza. Sabemos también cuáles son los motivos de que esto suceda: la culpa, la vergüenza, la falta de apoyo, el miedo al agresor o la falta de recursos para afrontar el proceso. Porque denunciar es un verbo que se pronuncia rápido, pero un proceso judicial es largo y costoso. Hay que poder sostenerlo en el tiempo y, si quieres una buena acusación, hay que pagarlo.

Si denunciar es, por tanto, un acto complicado de llevar a cabo para cualquiera, ahora aterricemos en el caso Iglesias. Un hombre poderoso, influyente, rico, un icono de la música, que ha sido tu jefe y al que has visto en acción, un hombre con la capacidad de movilizar una legión de abogados. En el otro lado de la balanza, las mujeres: jóvenes, de orígenes humildes, en un contexto vulnerable, trabajadoras que apenas han cobrado unos cientos de euros al mes y que, además, describen un ambiente de control e intimidación.

Quizá así entendamos mejor lo extraordinario que es que estas dos mujeres hayan decidido hablar y, todavía más, denunciar ante la justicia. No debería ser así, pero lo es: el acceso a la justicia tiene sesgos y si eres una mujer pobre, precaria, si eres migrante, si eres una empleada de hogar, lo tienes mucho más complicado. Si delante hay un hombre como Julio Iglesias, todavía más. El desequilibrio es descomunal. Solo desde ese contexto es posible responder a esas preguntas que estos días se lanzan con demasiada facilidad.

Denunciar a tu jefe es un acto de valentía. Denunciar a quien te agrede es un acto de valentía. Denunciar a un hombre tremendamente rico y poderoso que ha sido tu jefe cuando eres una mujer que vive en un contexto vulnerable y con pocos recursos económicos es prácticamente una heroicidad.