El error
La maquinaria mediática oculta la realidad y la sustituye por el ruido del espectáculo; lo que Gilles Deleuze, de cuyo nacimiento se cumplen cien años, llamó en términos comunicativos una ‘inflación de proposiciones sin interés’
La verdad de Anna
Conseguir que la humanidad “luche por su esclavitud como si se tratara de su salvación” no es tan difícil, como bien sabía el autor de la cita, Spinoza. Desde luego, la época del filósofo neerlandés no era esta, y donde entonces hablaba de la religión como principal excusa para inculcar miedo, sospecho que hoy hablaría de otras cosas. Pero esa es la única diferencia de facto: el tipo de cadenas que se usan. Que hoy no nos sometan con cruces, estrellas de David y medias lunas —al menos aquí, y al menos de momento— no significa que el poder no nos doblegue con otras herramientas de similar contundencia, que funcionan incuestionablemente bien en sociedades donde “hasta la discusión es tenida por sacrilegio” y “los prejuicios” imbuidos en las mentes “no dejan a la sana razón lugar alguno, ni para la simple duda” (Tratado teológico–político, 1670).
Echen un vistazo al instrumento habitual de la Edad Contemporánea para alcanzar dicho objetivo; me refiero a los medios de comunicación, por supuesto. En principio, son el no va más de la discusión, justo lo contrario a lo que Spinoza achacaba a los turcos en su tratado. Ahora bien, ¿de qué se discute en ellos? Con contadísimas excepciones, de nada relacionado con los problemas de millones y millones de personas, que se ningunean tanto como los debates económicos y políticos necesarios para encontrar una solución. De hecho, parte de lo que algunos llaman desafección no es sino el resultado final de no tener casa, no llegar a fin de mes o no poder encender un radiador en invierno y observar que, entre tanto, día tras día, año tras año, la maquinaria mediática va mucho más allá de vender “intereses particulares como si fueran de todos” (Herbert Marcuse): además, oculta la realidad misma y la sustituye por un ceremonial de espectáculo y ruido, una “inflación de proposiciones sin interés” (Gilles Deleuze, Conversaciones). Grosso modo, como la religión en otros tiempos.
Este domingo se cumplen precisamente cien años del nacimiento de Deleuze, uno de los pensadores más originales del siglo XX. Pues bien, en una entrevista publicada en el n.º 1 de la revista francesa Futur Antérieur, afirmaba que hemos entrado en un sistema que no funciona como antes, a base de “disciplina y su técnica principal, el encierro”, sino “por control continuo y comunicación instantánea”. Lo decía en respuesta a una pregunta del entrevistador, un tal Antonio Negri (Marx más allá de Marx, El tren de Finlandia, Imperio, etcétera), quien quería saber si, desde su punto de vista, la sociedad de la información podía facilitar la “utopía marxista de los Grundisse, una organización transversal de individuos libres”. Ahora, varias décadas después y visto lo visto, sabemos que lo que facilita no es ni mucho menos la emancipación de nadie; pero ya entonces (1990), Deleuze insinuó que había más posibilidades de que ese control continuo provocara que hasta los peores encierros de antaño nos llegaran a parecer “pertenecientes a un pasado delicioso y benévolo” en comparación.
Es obvio que la Historia no permite volver atrás. Vivimos en el mundo en el que vivimos, y el propio Marcuse afirmaba en El hombre unidimensional que “el precondicionamiento” de la gente no empieza con “los mass-media” y sus formas de manipular la realidad; es anterior, con independencia de lo que puedan empeorar por sí mismos y, a decir verdad, ni siquiera sería relevante si la acción política activa y el pensamiento crítico fueran la norma y no la excepción: en ese caso, la propia fortaleza de una sociedad que crea, lucha, se organiza y se niega a que se escondan los conflictos generaría los anticuerpos culturales suficientes para equilibrar la balanza. Incluso es posible —ocurre con frecuencia— que arrastrara el sistema mediático hacia sus posiciones, porque ser productor de información no es lo mismo que ser simple consumidor de esta. El “liderazgo intelectual y moral” (Gramsci, Cuadernos de la cárcel) tiene algo que ver con el concepto de hegemonía.
Empezaba este texto con la ironía de Spinoza, tan querido para Gilles Deleuze, y lo termino con la de Mark Horkheimer y Theodor W. Adorno en Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos. En su conocida obra, se lee que hubo un tiempo en que los artistas firmaban sus cartas “designándose siervos humildísimos mientras minaban las bases del trono y el altar”, y que “hoy se tutean con los jefes de Estado y están sometidos, en cualquiera de sus impulsos artísticos, al juicio de sus iletrados patrones”. Esperemos que nuestras sociedades no sigan cometiendo el mismo error con la política, porque lo que se juegan, lo que nos jugamos, es el futuro.