Nuestra democracia no es como la República de Weimar

Nuestra democracia no es como la República de Weimar

Hay una coincidencia entre las pretensiones de Adolf Hitler y de Donald Trump de poner fin a una democracia constitucional haciendo uso de los instrumentos que la propia democracia constitucional proporciona a quienes pretenden destruirla

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El 15 de enero de 2026, en la sección de Opinión, con el subtítulo The Conversation, The New York Times publicó la transcripción de la conversación mantenida entre dos de sus habituales columnistas, Frank Bruni y Bret Stephens, con el título: The Gaudy, Nasty Fictions of Donald Trump (Las llamativas y asquerosas ficciones de Donald Trump). La conversación giraba en torno a la trayectoria de Donald Trump en este su segundo mandato como presidente de los Estados Unidos y el riesgo para la supervivencia de la democracia en el país.

Aunque no parecía que la conversación fuera a tomar como punto de referencia la experiencia de la República de Weimar, Bret Stephens la sacó a relucir casi al comienzo de su intervención, para negar enfáticamente cualquier semejanza entre los Estados Unidos de Trump y la Alemania de Hitler y manifestar más que su confianza, su convicción, en que el segundo mandato de Trump no acabaría con un “cambio de régimen” en los Estados Unidos, que sobreviviría como una democracia reconocible como tal a la segunda trayectoria presidencial de Trump. “Nuestra democracia no es como la República de Weimar”, dijo de manera tajante. Frank Bruni no manifestó la misma seguridad, aunque tampoco sostuvo la opinión contraria.

El hecho de que Weimar se introdujera en la conversación ya es un dato digno de ser tomado en consideración. Hace unos años la comparación hubiera sido inimaginable. Ahora ya no lo es. 

Y no lo es, porque hay una coincidencia entre las pretensiones de Adolf Hitler y de Donald Trump de poner fin a una democracia constitucional haciendo uso de los instrumentos que la propia democracia constitucional proporciona a quienes pretenden destruirla. En el caso de Adolf Hitler la pretensión era inequívoca desde el primer momento. En el caso de Donald Trump no estuvo tan claro en su primer mandato, pero se puso de manifiesto de manera inequívoca en 2020, cuando se negó a aceptar el resultado electoral y alentó el asalto al Capitolio, con la finalidad de que se pudiera revertir de manera espuria dicho resultado y ser proclamado presidente.

A partir de ese momento quedaba claro que Donald Trump aceptaba el resultado electoral a beneficio de inventario. Y también está quedando claro en este 2026 que pretende proyectar ese tipo de aceptación al Partido Republicano para futuras elecciones. ¿Las elecciones de mitad de mandato de noviembre de 2026? Donald Trump ya ha dejado caer que con lo bien que lo está haciendo él, casi no tendría sentido que se hicieran las elecciones de mitad de mandato. Ha habido un desmentido posterior, pero no del propio Trump, sino de su portavoz, es decir, con la boca pequeña.

La coincidencia en la pretensión no puede ocultar, sin embargo, las enormes diferencias entre la Alemania de Weimar y los Estados Unidos desde su fundación en 1787 hasta hoy.  

Voy a centrarme solamente en una, que, en mi opinión, es la más relevante: el tiempo en que tardó Adolf Hitler en destruir la Constitución de Weimar y el que está consumiendo Donald Trump en su ejecutoria política, que empezó en 2016 con las primarias para ser candidato por el Partido Republicano.

Timothy W. Ryback, How Hitler dismantled a Democracy in 53 days, (The Atlantic, 8 de enero de 2025), reprodujo el proceso a través del cual en un mes, tres semanas, dos días, ocho horas y 40 minutos Adolf Hitler consiguió destruir la República de Weimar desde el momento en que fue proclamado canciller. En el momento en que fue aprobada por el Reichstag la ley de habilitación que transfirió al Gobierno la posibilidad de aprobar normas con fuerza de ley, se puso fin a la democracia parlamentaria de manera definitiva. El canciller Adolf Hitler prescindiría por completo del Parlamento, concentrando el poder de manera irreversible. El profesor Ryback subraya que no fue una inevitabilidad histórica que ese fuera el resultado, pero que una vez producido, ya no hubo marcha atrás posible. 

La celeridad con que Adolf Hitler desmanteló el sistema constitucional de la República de Weimar era el modelo que Donald Trump tenía en mente en el inicio de su segundo mandato. Es lo que intentó hacer desde el primer día posterior a la toma de posesión. La creación del derecho mediante órdenes ejecutivas, de las que dictó 225 antes de que acabara 2025, más que todas las que dictó en los cuatro años de su primer mandato y tres veces más que las dictadas por cualquier otro presidente en su primer año de mandato. El chantaje a los bufetes de abogados, a las grandes universidades, a los museos. La imposición de aranceles de una manera caótica y contradictoria, pero efectiva. La tarifa media ha pasado del 2, 4% el día de la inauguración al 16,8% a finales de año. La arbitrariedad en el trato a los inmigrantes. La vulneración de la enmienda decimocuarta, poniendo fin a la adquisición de la nacionalidad por nacimiento en el territorio de los Estados Unidos. El despido de más de trescientos mil funcionarios federales. La persecución del anterior director del FBI, de la Fiscal de New York que había llevado la acusación contra él ante un Gran Jurado. El intento de conseguir que una gobernadora de la Reserva Federal dejara de serlo por haber contratado dos hipotecas sin dejar claro ccuálde cada una de ellas afectaba a su residencia habitual. Y, por último, el intento de destituir al presidente de la Reserva Federal, como consecuencia de una investigación por sobrecoste en la rehabilitación de la sede de la institución. La enumeración es puramente ejemplificativa.

Con la misma determinación y celeridad ha intentado poner en marcha una política exterior expansiva, con una redefinición de la doctrina Monroe, con la finalidad de controlar el hemisferio Occidental, territorio que ha considerado decisivo para la seguridad nacional y en el que considera que puede intervenir sin necesidad de tener autorización del Congreso y con desprecio absoluto a las normas de Derecho Internacional. Ahí está el ejemplo de Venezuela. El de Groenlandia y ya veremos.

A diferencia de lo que ocurrió en Alemania, en donde a partir del quincuagésimo tercer día desde que Hitler accedió a la Cancillería no hubo resistencia alguna frente a sus órdenes, en Estados Unidos no está siendo así. Hasta la fecha se han interpuesto 538 recursos contra las decisiones de Donald Trump, 149 de los cuales han conseguido bloquear sus iniciativas. En otros 100 la administración Trump se ha visto apoyada por el poder judicial. Y otros cien están pendientes de resolución, entre ellos algunos tan importantes como el relativo a la nacionalidad por haber nacido en el territorio de los Estados Unidos o el relativo a la constitucionalidad de los aranceles, puesta en cuestión por un Tribunal Federal de New York, que el presidente ordenó recurrir de manera urgente ante la Corte Suprema, que no se está dando prisa en resolver y que, según parece, es probable que confirme la decisión del tribunal de New York respecto de la anticonstitucionalidad de dichos aranceles. 

Por último, el intento de destituir al presidente de la Reserva Federal se ha saldado con un fracaso no solo respecto de la permanencia del presidente actual al frente de la Reserva hasta el final de su mandato, sino también pro futuro, ya que ha dejado en posición de fuera de juego al candidato que Donald Trump tenía previsto para sustituir al actual presidente, cuyo mandato como presidente, no como miembro de la Reserva Federal, finaliza en junio. 

El sistema de pesos y contrapesos no ha impedido que Donald Trump haya actuado de la forma en que lo ha hecho hasta ahora, pero sí está manifestando una resistencia tan notable, que no está nada claro cuál puede ser el resultado final de la ejecutoria de Donald Trump en el sistema político de los Estados Unidos. 

No cabe duda de que la democracia americana va a salir con desperfectos significativos. Pero no está nada claro que el propósito anticonstitucional de Donald Trump se acabe imponiendo. La suerte no está echada.