El «desprecio» de Julio Iglesias por República Dominicana: «Él se cree más poderoso que las leyes»
Varias extrabajadoras del cantante aseguran que eran constantes los comentarios despectivos sobre el país, su comida “de mierda” y sus habitantes, a los que consideraba “sucios”
Tres trabajadores demandan a Julio Iglesias por despido improcedente
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En el vídeo se lo ve sonriente, con el bronceado perenne que convirtió en su marca personal y el look de camiseta entallada y jersey sobre los hombros que es ya una estampa histórica de su momento de mayor éxito internacional. Julio Iglesias acude a una oficina gubernamental para recoger su identificación como residente de la República Dominicana, y aquello es un revuelo mayúsculo. Las imágenes lo muestran dejándose querer mientras un hombre corpulento intenta separarlo de las personas que se le acercan. Es 2003. Entre la algarabía y las muestras de cariño, el cantante se desmarca ante los micrófonos con un comentario sorprendentemente económico: “Es un país idóneo para inversión, un país de servicio, un país de turismo grande. Este es el futuro Mediterráneo del mundo occidental”.
No hablaba por hablar. Para entonces Iglesias ya había hecho su apuesta inversora en el conglomerado de empresas Grupo Punta Cana, que incluye un desarrollo inmobiliario y un aeropuerto que ahora es clave para el turismo de la zona. Mucho después vendría su apuesta definitiva y personal: en los últimos años, Corales 5 se convirtió en la residencia preferente del cantante, en la que pasa gran parte del año. En 2007, el Senado dominicano le otorgó un reconocimiento oficial por su aportación al turismo, por “preferir” al país y “construir su vivienda en Punta Cana”, así como por haber participado artísticamente “en actividades sociales benéficas a favor de los más necesitados” del país. Según el escrito firmado por el presidente del Senado, la República Dominicana es su “segunda patria” y Punta Cana, “su propio hogar”.
Pero esas casi tres décadas de historia compartida no parecen haber mejorado la despectiva mirada que el artista tiene, no ya del país, sino de sus habitantes, según el relato de varias de sus exempleadas. Tres de ellas coinciden en la mirada prejuiciosa de Iglesias respecto de los dominicanos, a los que llama “guarros”, “sucios” y “abusivos”, según le escucharon decir. “Si les das el dedo te cogen la mano, entonces no puedes darles confianza”, recuerda Laura que le dijo el cantante mientras trabajaba allí, en 2021.
Laura y Rebeca –nombres ficticios para proteger su identidad– coincidieron en esa época en la mansión como empleadas, y ambas han denunciado al artista ante la Fiscalía de la Audiencia Nacional por seis delitos. Julio Iglesias no ha respondido a las preguntas que le han hecho llegar elDiario.es y Univision Noticias. En un comunicado público posterior, el cantante ha negado “haber abusado, coaccionado o faltado el respeto a ninguna mujer” y ha asegurado que las acusaciones son “absolutamente falsas”.
“Los dominicanos son unos guarros”
“Me pregunta mi nombre y me dice ‘a ver tus uñas’, para ver si yo era limpia”, cuenta Rebeca sobre la primera vez que vio a Iglesias tras ser contratada. La de la falta de limpieza de la población local era una idea que se repetía en conversaciones sobre los nuevos ‘fichajes’ para la casa: “A él no le importaba el currículum o la educación. Él simplemente miraba una foto y decía ‘Ah, esta me gusta’. ¿Por qué te gusta? ‘Porque se ve limpia. Los dominicanos son unos guarros’. Guarros es sucios”, explica Laura, venezolana, sobre otra conversación con el artista.
A esta fisioterapeuta, que entonces tenía 28 años, le llevó tiempo entender y elaborar las lógicas que sostenían el funcionamiento de lo que la otra denunciante, Rebeca, llama “casita del terror”. Pero ahora ve claro el trasfondo racista de esos comentarios y del orden que establecía Iglesias.
“El primer rango era Julio. Era indiscutible. Luego las ‘señoritas’, que eran de diferentes países de Latinoamérica, obviamente Colombia, Venezuela y Panamá. Pero el rango más bajo éramos nosotras, las dominicanas, que siempre éramos las chicas de servicio”, señala Rebeca. El factor común era el color de piel: “Todas sus empleadas eran morenas. Siempre buscaba mujeres morenas, afrodescendientes”, explica la fisioterapeuta.
El resabio colonial en los uniformes con falda hasta los tobillos –“pasados de moda” y “demasiado calurosos” para un lugar de playa– recordaba a Laura a las esclavas del siglo XIX. Pero no era solo la ropa. En la mansión, el hombre europeo blanco imponía su voluntad sobre su séquito de chicas. Ellas relatan presión, gritos, insultos, tocamientos. El patrón seguía haciéndolo incluso al acabar la jornada laboral, por la noche, cuando según la denuncia de Rebeca, Iglesias la llamaba a su habitación para tener encuentros sexuales.
“Yo me sentía como un objeto […], era como una esclavización moderna, que porque me pagaba esos chelitos [monedas] yo tenía que hacer todo lo que a él le plazca. Y yo sabía que algo estaba mal, pero yo no sabía qué tanto era. Yo sabía que me estaban usando, que estaba cansada, que no dormía, que no quería”, repite Rebeca.
Cinco años después de aquello, el desconcierto ha dado paso a la indignación no solo por lo que le pasó, sino por el desprecio que sintió hacia los suyos y hacia la República Dominicana. “Él maldice mi patria, él va a mi patria a hacer lo que quiera con las chicas, a ofender, a decir que es una comida de mierda y que los doctores son de mierda. Él está ofendiendo a mi gente”, se queja Rebeca. Se rebela contra quienes “lo ven como una gloria”. “Él solamente está [en el país] porque se cree más poderoso que las leyes dominicanas”, sentencia.
Comida “de mierda” y contrabando de frutas
Varias trabajadoras de las mansiones de Iglesias confirman su manifiesto desprecio por la comida local y, en general, por el país. “Él traía sus productos de España, porque lo de aquí él decía que no era bueno, que lo de aquí era una porquería”, confirma Gladys, que trabajó como cocinera en la mansión en 1999.
“Él siempre traía fruta y comida desde otros países. De Miami y España, y si no había ido a Miami, la traía también desde las Bahamas”, confirma Rebeca. “Muchas naranjas porque las ‘señoritas’ beben jugo puro de naranja. Y carne. Él solamente comía un tipo de beef. El aceite de oliva de España, y unas aceitunas con una anchoa dentro. Le gustaban mucho las nécoras, las gambas bien bonitas, rosadas…”, enumera.
La idea de que los alimentos disponibles en la República Dominicana no eran lo suficientemente buenos para las exigencias gastronómicas del cantante queda en evidencia en un episodio ocurrido en 2024, cuando las autoridades del país decomisaron a Julio Iglesias 42 kilos de fruta y verdura que pretendía introducir irregularmente, en un vuelo procedente de Bahamas, donde Iglesias tiene otra de sus mansiones.
Acta de decomiso del Ministerio de Agricultura dominicano
De acuerdo con los relatos de sus exempleadas, no era la primera vez que se introducían alimentos de fuera en la terminal VIP del Aeropuerto Internacional de Punta Cana, del que Iglesias posee una parte de las acciones y que está a escasos cinco minutos en coche de su villa. Por el contrario, era parte del funcionamiento habitual de la casa. Pero esa vez coincidió con un operativo de control contra una plaga, la mosca mediterránea, y el cargamento se confiscó. Las imágenes de paquetes de carne, verdura y fruta sobre una cinta del aeropuerto se multiplicó en la prensa y las redes sociales. El suceso, por el que Iglesias fue retenido brevemente, fue la comidilla del momento en una isla poco acostumbrada a ver a los millonarios escrutados por las autoridades.
Pero Rebeca cuenta que el trasiego de comida era constante, y que muchas veces ellas mismas eran obligadas a ocultar en su equipaje de mano los productos que se introducían en la República Dominicana para pasar los controles: “Me decían a mí que escondiera en mi mochila, porque no lo declaraban”.
“Una de las veces que yo viajé con él, que venía a Punta Cana, él tenía carnes, y eso es ilegal. Y yo creo que también tenía vino”, cuenta Rebeca. Recuerda que en determinado momento la encargada de la casa la dejó sola y, señalando su mochila, en la que ocultaban alimentos, le dijo que bajo ningún concepto reconociera a los agentes que llevaba carne. “Gracias a Dios no llegaron a preguntarme nada”, dice Rebeca.
El pueblo de Verón es la cara B de Punta Cana: un pueblo desaliñado y pobre donde viven los trabajadores de las villas de lujo. En uno de sus suburbios, Bávaro, destaca un gran mural de arte urbano que representa a los prohombres, los grandes tesoros de la República Dominicana, como Juan Luis Guerra o… Julio Iglesias.
Los Manantiales, pueblo a las afueras de Verón
En el pueblo explican que la gente lo considera un dominicano más porque consideran que ha creado riqueza con la creación de Punta Cana, ese rincón de la isla que era selva inexpugnable y ahora es una urbanización igual de impenetrable para ellos, salvo como personal de servicio de ricos y famosos.
“Él en la República Dominicana tiene mucho poder. Tiene mucha influencia”, reconoce Gladys en una entrevista realizada antes de la publicación de las denuncias. “Pero los dominicanos tienen buena imagen de él porque nunca ha salido a la luz lo de su casa. Todo eso de su casa no ha salido”, decía Gladys desde su casa en Verón.
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