Lise Davidsen construye una Isolda para la leyenda en el Liceu con una propuesta a su medida y mayor gloria
La diva noruega, actualmente la soprano dramatica más relevante de la escena a nivel mundial, canta por primera vez en su carrera la integral del personaje femenino de ‘Tristan e Isolda’, la genial y excesiva ópera que Wagner estrenó en 1865
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Hablar de Lise Davidsen hoy en día es sin duda hablar de una de las sopranos más importantes del momento, y en los registros dramáticos y de la ópera wagneriana seguramente la más importante. El Liceu ya tuvo el pasado año de soprano, casi residente, a Nadine Sierra –que por cierto regresa el 18 de febrero con un recital junto a Ludovic Tézier– la gran lírica de la temporada. Este año suma otro logro al conseguir de Davidsen se atreva en Barcelona, y por primera vez en su carrera, a asumir la totalidad del papel de Isolda en la wagneriana Tristán e Isolda, una ópera tan genial, y revolucionaria en su momento, como excesiva en su duración y por su exigencia para los cantantes.
A sus 38 años, y con poco más de una década en los escenarios, Davidsen se ha visto en el momento adecuado para combinar la energía de su juventud con la madurez técnica y vocal que exige el rol de Isolda para dejar una huella en la historia. Y sin duda ayer dejó un recuerdo para la historia en Barcelona. No solo aguantó perfectamente las tres horas y media que dura la obra, sino que lo hizo sin el menor problema para imponer su poderosa voz por encima de la orquesta, algo nada fácil con Wagner.
Esta fuerza sobrada, casi sobrenatural –que bien se refleja en la gran estatura y porte físico de la noruega–le permitió en todo momento manejar con anticipación el fraseo y la gestualización dramática, apropiándose desde el primer momento de todo el protagonismo de la ópera y relegando con su presencia al resto de roles a un segundo plano. Cierto es que en dos de los tres actos, Isolda asume la mayor carga, salvo en los duetos de final del primer acto y mediados del segundo, relegando al tenor responsable de Tristán a lucirse solo en el tercero, reservado para él salvo en el aria final Liebestod. Pero incluso en este postrer acto la soprano lograba brillar por su ausencia, se la echaba de menos.
Una demostración de poder de Davidsen
Así pues, Davidsen ha conseguido el debut de Isolda deseado y en una plaza exigente, pero de relevancia mediática bajo control, una experiencia que le servirá para después viajar al Metropolitan Opera House de Nueva York y exponer su Isolda con mayor seguridad. De todas formas, cabe destacar que esta propuesta de 2026 se intuye desde el minuto cero orientada a acompañar la demostración de poder de Davidsen, a su mayor gloria.
El tenor Clay Hilley y la soprano Lise Davidsen en un dueto del segundo acto de la ópera ‘Tristan e Isolda’
Esto no es ni bueno ni malo, pero conviene señalar el riesgo de que los montajes con un protagonista tan claro abandonen el sentido colectivo y multidisciplinar de la ópera y se conviertan en un recital. No sucedió así ayer, aunque se acercó a ese abismo y fruto de ello se resintiera el conjunto en una obra que como se ha dicho se extiende, sumando los descansos, durante casi cinco horas. Afortunadamente, el placer de ver actuar y oír cantar a Lise Davidsen tapó las incomodidades de una escenografía muy irregular por parte de Urs Schonebaum, austera en exceso en el primer acto, que recupera todo en el segundo, con una plataforma giratoria bajo un fondo estrellado donde Tristán e Isolda celebran su amor dando vueltas, simbolizando su estado amoroso por encima de la realidad.
En el tercer acto, un escenario al estilo Juego de Tronos desconcierta un tanto, aunque resulta acertada la gran luna colgante que logra el ambiente crepuscular que acompaña a la agonía de Tristán. Si fue más mucho más acertado el vestuario y la iluminación, aunque de nuevo irregular en el sentido de que el montaje de Bárbara Lluch premia en todo momento a la Isolda de Davidsen con espectaculares vestidos y luces cenitales que logran genialmente convertirla casi en un ser sobrenatural, mientras deja en la penumbra al resto de personajes. Dicen las malas lenguas que la propia Davidsen desechó el montaje que Àlex Ollé realizó en 2017, entonces para la Isolda que perfiló Irene Theorin, que por cierto inicialmente tenía que hacer el papel de Brangäne, la criada de Isolda, pero se cayó por enfermedad.
Secundarios excelentes, personajes errantes
Así, con el montaje actual, secundarios tan relevantes como la mezzo Ekaterina Gubanova en el papel de Brangäne, o el barítono polaco Tomasz Konieczny, en todo momento excelentes en su ejecución vocal, se ven relegados a vagar de un modo un tanto errante por los distintos actos. También el bajo Brindley Sherratt, que interpreta al rey Marke, está excelente, marcando los tiempos dramáticos con su grave y contundente fraseo, y en cierto modo se salva de ser una presencia errática debido a lo concreto de sus intervenciones.
Una escena del primer acto de ‘Tristán e Isolda’
Respecto al tenor en el papel de Tristán, el escogido para la ocasión es el estadounidense Clay Hilley. A pesar de que en los duetos con Davidsen se muestra capaz de llegar a las notas más altas a la par que la noruega, no que no es baladí, su potencia vocal de base se antoja en algunos momentos insuficiente. Hillley está técnicamente a la altura, dando a sus entonaciones la adecuada morbidez y dramatismo, sobresaliente en los citados duetos. Y convincente especialmente en el tercer acto. Pero esta limitación en la potencia vocal hace que su lucimiento en él sea menor, sobre todo si se compara com el de su partenaire. También en algunos momentos, la orquesta logra tapar su canto, aumentando la sensación de impotencia.
En cuanto a la conducción y la ejecución orquestal, la directora finlandesa Susanna Mälkki demuestra una gran solvencia frente a la Sinfónica del Liceu, llevando una pieza tan difícil en todo momento en perfecta sincronía con el desarrollo la parte escénica y lírica, sin perder por ello la exuberancia que exige la ejecución wagneriana. Parecía que Mälkki y Davidsen se entendían con la mirada, una en el escenario y la otra en el foso, a tenor de la alta complicidad entre ambos espacios. Acaso destacar que el resto de cantantes se vieron un poco víctimas de la misma, arrollados por el huracán Davidsen y el entusiasmo orquestal de Mälkki.
Aunque al final, tras escuchar con piel de gallina a Lise Davidsen elevar a los cielos su Liebestod de cierre, la sensación es que todo es para bien, para un resultado memorable. A mayor gloria de la noruega, estos días reina de las Ramblas de Barcelona.