Adamuz y la anatomía de la conspiración

Adamuz y la anatomía de la conspiración

El ministro de Transportes está haciendo el mejor trabajo posible de transparencia, pero no puedo dejar de pensar que es insuficiente, pues el PP y Vox se benefician de las sensaciones de caos explotando una debilidad de la democracia que debemos corregir

Óscar Puente afirma que el accidente de Adamuz no ha sido “por falta de mantenimiento o de controles”: “Es mucho más complejo”

¿Cuándo fue la última vez que te encontraste con un desconocido en un pasillo tan estrecho que ninguno podía pasar por el centro? Si, en lugar de chocar, te pegaste instintivamente a la derecha mientras la otra persona se escoraba a la izquierda, sin saberlo estabais llegando a un equilibrio de Nash.

John Nash fue un gigante de las matemáticas. Su trabajo es fundamental desde la geometría hasta la topología pasando por las ecuaciones diferenciales. Pero su mayor contribución es en teoría de juegos. La noción que lleva su nombre es esa que explica que cuando dos actores se enfrentan a un problema de coordinación, puede haber una solución que sea óptima para ambos: como cuando en un pasillo uno se echa a un lado y el otro, al contrario.

Otra de las tesis de Nash tenía que ver con la geopolítica. Durante las décadas de 1950 y 1960, el matemático se vio involucrado en misiones secretas del gobierno americano y fue objetivo de la vigilancia de unos agentes soviéticos que le enviaban mensajes codificados impresos en periódicos que podía leer todo el mundo, pero que iban dirigidos específicamente a él.

Solo que nada de esto era verdad. Nash, durante gran parte de su vida, creyó ser el centro de una conspiración que nunca existió. Su estatura matemática le permitió disfrazar esos delirios de manera que recordaban a la criptografía o al razonamiento de la teoría de juegos, pese a que no tenían nada que ver: eran manifestaciones de algo que después se diagnosticó como una esquizofrenia paranoide.

Pero que la etiqueta no nos permita ponernos a salvo: lo que Nash nos enseña es que todos –incluso las personas más inteligentes, incluso los genios– somos susceptibles de creer cosas que no están pasando.

¿Cómo puede ser?

Durante mucho tiempo, los humanos habíamos creído que éramos máquinas de comprender. Que íbamos por el mundo percibiendo la realidad y procesándola con nuestro cerebro racional, como si fuéramos un ordenador. En la misma línea, la ciencia había dado por hecho que el sistema nervioso funcionaba principalmente de abajo hacia arriba; que los sentidos detectaban el mundo y enviaban la información hacia el cerebro para que fuera interpretada.

Pero cuando los neurofisiólogos empezaron a medir el tráfico neuronal real descubrieron algo sorprendente: la gran mayoría de las señales —algo así como el 80% de los impulsos eléctricos que conforman la actividad cognitiva— no viajan desde los sentidos hacia el cerebro, sino desde el cerebro hacia los sistemas sensoriales y motores.

En otras palabras, el cerebro no pasa la mayor parte del tiempo escuchando. Pasa la mayor parte del tiempo hablando. Somos, como dice Andy Clark, “máquinas de predecir”, productores de experiencias, contadores de historias. El cerebro envía constantemente expectativas sobre lo que cree que está pasando para que los sentidos validen su predicción. Si la realidad le lleva la contraria, en ocasiones –solo en ocasiones– corregirá algún error en esas predicciones.

Las implicaciones de esta idea son tremendas, porque lo que quiere decir es que no existe una única realidad de la que nos informamos, sino que cada uno de nosotros tiene dentro una realidad distinta, independiente del mundo exterior. Podría ocurrir –cada vez ocurre más–, que caminemos por la vida con una película completamente distinta a la de los demás en la cabeza.

Pero el problema es que para convivir necesitamos que las realidades de unos y otros estén más o menos coordinadas. Nash difícilmente podía compartir su mundo conspiranoico con otras personas que no vivieran en él. Para que puedan existir sociedades complejas, necesitamos una “realidad” compartida.

Por eso, como explica Javier Argüello, todas las sociedades desde hace 2000 años han dedicado tiempo y esfuerzo a ese empeño. La Historia fue un primer intento. La religión era otra. El método científico es, quizás, el mejor método que hemos encontrado para ponernos de acuerdo sobre el mundo exterior. Y cuando los estados modernos necesitaron hacer compatibles distintas versiones de la verdad en una misma sociedad, matematizaron el problema. Crearon sistemas democráticos donde se contabiliza cuántas personas ven la realidad de una forma y cuántas de otra.

Cuando, en el siglo XX, los cambios sociales comenzaron a acelerarse, en paralelo también se fueron creando instituciones para explicarlos. Los medios, los partidos y los sindicatos de masas eran en esencia máquinas de producir una realidad compartida, una cosmovisión única a la que uno podía adscribirse. Sobre todas ellas, la escuela era el mecanismo por el que todos los ciudadanos se daban una serie de verdades comunes.

Hoy, pocas horas después del accidente en el que dos trenes dejaron de cumplir el equilibrio de Nash con terribles consecuencias, la realidad parece estar saltando también por los aires. Se nos ha llenado el país de bulos y hay un montón de gente viviendo en universos paralelos. Hay quien ha acusado a una presentadora de TVE de “reírse” del accidente, hay quien piensa que el Gobierno ha “regalado centenares de millones” a Marruecos para sostener su red ferroviaria mientras desatendía la española. Se ha afirmado que las vías estaban hechas con “materiales low cost” o que todas las vías de tren de España están en malas condiciones.

Y eso que el Ministerio de Transportes está haciendo el mejor trabajo posible en este sentido. Óscar Puente lleva días dando una entrevista detrás de otra, afanado en cortocircuitar todas las mentiras. Ayer hubo una rueda de prensa que se prolongó durante casi tres horas en la que el ministro, el director de ADIF y el director técnico de RENFE atendieron hasta la última pregunta y dieron hasta el más mínimo detalle técnico en una sala abarrotada de periodistas. Total transparencia, es difícil pedirle más a la autoridad que gestiona una emergencia. Y sin embargo no puedo dejar de pensar que no es suficiente.

Porque, fíjense: llevamos 75 años sin actualizar los mecanismos por los que comprendemos colectivamente la realidad. Hoy no tenemos ninguna institución a la que acudir para entender un apagón, una pandemia, un descarrilamiento o las transformaciones de la inteligencia artificial. Casi todas las matemáticas que se enseñan en la escuela se formularon antes de 1950. Vamos con 75 años de retraso en explicar la realidad.

Pero si cerramos el siglo XX con la sensación de que la realidad era una cosa compartida y estable, un suelo firme, fue porque habíamos creado instituciones para comprenderla. Tan confiados estábamos en esa solidez que desde entonces, aunque el tiempo no deja de acelerarse, no hemos creado ni una nueva para el siglo XXI.

Claro que hay actores interesados. Claro que la extrema derecha está detrás de todo esto y que al PP le ha faltado tiempo para subirse al carro y poner en cuestión las “infraestructuras ferroviarias”. Es evidente que se benefician de la sensación de caos y de hacer crecer la idea de que el gobierno nos traiciona. El trumpismo es el mejor exponente de que la desinformación es un tema universal de una cierta derecha.

Pero lo que están explotando es una debilidad de la democracia que deberíamos corregir. ¿Podría existir, igual que hay un CSIC, un instituto técnico encargado de hacer educación social? ¿O deberían ser varias instituciones independientes las encargadas de dar tantas versiones de la realidad como tengan sentido en democracia? ¿Podría haber dotaciones para que los medios de comunicación incorporen equipos de técnicos a sus plantillas? ¿Tiene sentido que igual que hay un “bono cultural” haya un “bono educativo” para que los ciudadanos puedan seguir formándose en las materias que cambian cada vez más rápido? ¿Necesitamos revisar profundamente el contenido de la educación general?

No tengo las respuestas. Pero tengo una última pregunta: ¿De verdad podemos seguir siendo un único país si cada persona vive en un mundo distinto?