Un IRPF europeo para que la Unión Europea sea realmente una unión
La única vía para iniciar la federalización europea y crear servicios comunes eficientes, como un sistema defensivo lo bastante disuasorio frente a los imperios agresivos, es la creación de un tramo del IRPF europeo: dinero que “Bruselas” sacaría de nuestro bolsillo sin intermediarios
Construir una federación cuesta lo suyo. La Unión Europea lo demuestra: sigue siendo una confederación laxa en la que el centro burocrático, eso que llamamos “Bruselas” para abreviar, percibe de forma directa poco más del 1% del total de los ingresos fiscales. Y esa es una de las claves de la dificultad con que la Unión Europea afronta el nuevo mundo.
El proceso de construcción comienza siempre con la deuda. En 1790, poco después de la guerra de independencia contra el imperio británico (1775-1783), Alexander Hamilton, secretario del Tesoro cuando aún no existía ningún tesoro propiamente dicho, decidió que la única manera de unificar una colección de estados dispares consistía en unir las deudas causadas por el conflicto.
Los estados del sur, encabezados por Virginia, debían muy poco. Los del norte debían hasta la camisa. Para convencer a los sureños de que aportaran su solvencia a la insolvencia norteña, se les ofreció albergar la capital federal. Y empezó a construirse Washington junto a Virginia.
(La Unión Europea ya ha dado algunos pasos en esa dirección. Tiene una capital entre Francia y Alemania y, con los eurobonos de la crisis de 2008 y la emisión de deuda europea emitida durante la crisis pandémica, ha conseguido crear una pequeña suma, en términos relativos, de deuda común. También existe un Banco Central Europeo que, a día de hoy, es la única institución federalizada).
Pero, tras la gesta de Hamilton, el país denominado Estados Unidos permanecía aún poco unido. Lo demostró la guerra civil (1861-1865), causada por la secesión de los estados sureños, agrícolas y esclavistas. La elección como presidente de Abraham Lincoln, norteño, antiesclavista y favorable a la industria, causó la ruptura.
El norte unionista ganó la guerra, pero la unidad sólo pudo consolidarse porque Lincoln, en 1861, había creado (con grandes dificultades legales) el primer impuesto federal sobre la renta, “a pagar por cada persona residente en Estados Unidos”. Hasta entonces, el gobierno central se financiaba con los aranceles portuarios y algunas tasas sobre el consumo.
(La burocracia central de la Unión Europea se financia fundamentalmente, como los Estados Unidos previos a la secesión y la guerra, a través del IVA, un impuesto sobre el consumo que recaudan los países miembros).
De una forma instintiva, los ciudadanos sabemos quién nos manda y a quién debemos exigir responsabilidades: es quien nos cobra el impuesto sobre la renta. Eso ha quedado muy claro tras los recientes accidentes ferroviarios. Incluso las quejas más chuscas, las de “se lo gastan en putas en lugar de mantener las vías” (he hecho un cálculo somero y la frase no puede ser completamente cierta: harían falta 350.000 prostitutas, a razón de un millón de euros anuales, para fundir la recaudación fiscal española), suponen un reconocimiento de poder.
La única vía para iniciar la federalización europea y crear servicios comunes eficientes, como un sistema defensivo lo bastante disuasorio frente a los imperios agresivos, es la creación de un tramo del IRPF europeo: dinero que “Bruselas” sacaría de nuestro bolsillo sin intermediarios.
Los mecanismos fiscales directos funcionan de maravilla. Quien paga, manda, aunque no siempre lo parezca, y la ciudadanía de la Unión empezaría a reclamar a “Bruselas”, incluyendo su apéndice parlamentario, eficacia, transparencia y, sobre todo, democracia.
En cuanto alguien, en Mondoñedo o en Ámsterdam, se queje de que “en Bruselas se gastan nuestro dinero en putas”, estaremos al cabo de la calle.
O la Unión Europea se federaliza, y rápido, o nos vamos a hacer puñetas.