Peluqueros y otras especies
El libro de Víctor Coyote se abre con un recuerdo a su amigo Poch, el guitarrista ácido, líder de aquél movimiento que se vino a llamar “Las hornadas irritantes”. La sublimación química daría lugar a un sonido chirriante, de esos que te hacían apretar la dentadura. ¿Diseñas o trabajas? Esa era la cuestión de los tiempos. Y diseñadores y peluqueros de entonces se convirtieron en especies protegidas de la fauna urbana
Fuimos gente acorralada, jóvenes que compartíamos nuestra inocencia con lobos. Así nos engañaron en el 92, cuando las Olimpiadas, con la flecha de fuego que trazó una parábola y encendió el pebetero. Fue un truco de prestidigitador. Con los años, supimos que se trataba de un simulacro, un montaje donde el pebetero estaba encendido con el gas al mínimo, a la espera de la flecha. El engaño fue servido con euforia; una tarta de cumpleaños rellena con embuste y crema pastelera que nos tragamos sin rechistar.
Poco antes, un 14 de abril de 1992, los reyes de entonces -Juan Carlos y Sofía- practicaron el exorcismo con el almanaque subiéndose al primer tren de alta velocidad. Con ello, inauguraron la modernidad. El AVE iba a ser el símbolo de un país en vías de subdesarrollo. Ahora nos damos cuenta: perdimos el dinero, la vida y el tiempo, pero lo peor de todo es que además perdimos la inocencia. Y con estas cosas rondándome la cabeza viajo en un tren vacío, de madrugada, destino a Madrid, mientras me distraigo con el libro de Víctor Coyote; una recopilación de piezas que acaba de salir con el título Cruce de perras (Autsaider), donde el músico cuenta el tiempo aquél que nos comimos a puñaos, cuando los ochenta llegaron a las calles con sus pelos de colores y sus guitarras mal tocadas; el ruido y la bronca, las litronas y esa raya de jaco que atravesó el país de punta a punta, trazando la línea por donde luego circularía un tren destinado a hacer descarrilar al gobierno.
El libro de Víctor Coyote se abre con un recuerdo a su amigo Poch, el guitarrista ácido, líder de aquél movimiento que se vino a llamar “Las hornadas irritantes”. La sublimación química daría lugar a un sonido chirriante, de esos que te hacían apretar la dentadura. ¿Diseñas o trabajas? Esa era la cuestión de los tiempos. Y diseñadores y peluqueros de entonces se convirtieron en especies protegidas de la fauna urbana. Cosas. Leo a Víctor Coyote y viajo en un tren fantasma. Cargo el peso de la memoria en cada parada y vuelvo a recorrer los pasillos que llevan al último vagón; salen a mi encuentro presuntos difuntos que me miran como si yo también fuera uno de ellos.
A veces pienso que todo lo que está ocurriendo no es más que un mal sueño, y que pronto acudirá al rescate el silbido de la cafetera, igual a una vieja locomotora que parte la noche en dos mitades. Y me levantaré dispuesto a cargar mi walkman con la última casete de Los Enemigos, el grupo de Josele Santiago que se toma los vinos en el bareto que hay frente a La Vía Láctea, donde trabaja la camarera que a todos nos vuelve locos. A veces pienso que despertaré y que los tiempos volverán a pasar a una velocidad razonable, lo suficiente para poder asimilarlos mientras los lobos y los peluqueros esperan al acecho, mientras la flecha del tiempo pasa sin prisa por encima de mi cabeza, y la llave de la imaginación se abre a tope.