El auge de Elmyr de Hory, el famoso falsificador de arte perseguido por homosexual y hallado sin vida en Ibiza
El húngaro vivió 16 años de su vida en la isla, donde se codeaba con otros extranjeros que se dedicaban a la vida bohemia del momento en plena dictadura franquista, hasta que ingresó dos años en la prisión pitiusa. Ahora su obra, basada en copias, se ha revalorizado
La caótica generación perdida que creó el mito libertario de Ibiza mucho antes que los ‘hippies’
Llegó en 1961 a Eivissa un hombre curioso, acicalado, de aspecto noble y sonriente, rodeado de mitos y falsedades. Empezando por su nombre y terminando por su edad. En realidad se llamaba Elemér Albert Hoffman y había nacido en Budapest en 1906. Aunque él, el exitoso –y fraudulento– Elmyr de Hory, afirmaba haberlo hecho justo un lustro después. No dejó indiferentes a los habitantes de la isla, ya en pleno estallido del movimiento hippy, que se concentraba en los bares y cafés del puerto de Vila: antisistema europeos, novelistas holandeses y restos de beatniks que habían llegado a la pitiusa en los años cincuenta huyendo de la cultura estadounidense del momento. El húngaro, con una historia reservada, se convirtió en el epicentro de los cotilleos, que los nuevos isleños, casi todos extranjeros hijos de familias adineradas (también había muchos catalanes) y, por lo tanto, sin ocupaciones, practicaban a diario en el espacio público ibicenco en el que empezaban a predominar.
“Ibiza […] es una isla encantadora, cálida y frívola en verano, soportable en invierno, barata en cualquier estación. Pero también es una pequeña isla donde todo el mundo se ocupa de los asuntos de todo el mundo y donde pocas indiscreciones pasan desapercibidas. La comunidad de expatriados de Ibiza es una especie de Naciones Unidas en miniatura y de aspecto psicodélico”, relata el escritor estadounidense Clifford Irving en la biografía del que se convirtió en su cercano amigo Elmyr.
El falsificador, que tenía indudables habilidades para la pintura, recaló en el recóndito lugar del Mediterráneo antes de que la policía lo atrapara y después de engañar a un coleccionista americano que terminó percatándose de que le había vendido un falso Picasso y lo citó en la Unión Americana. El malagueño no fue el único pintor famoso –y todavía vivo– a quien el húngaro, no falto de talento, pero sí de inventiva, copió con destreza. En su lista se fueron acumulando los nombres de fauvistas e impresionistas franceses como Claude Monet, Henri Matisse, André Derain, Pierre-Auguste Renoir y, sobre todo, del expresionista italiano Amedeo Modigliani.
Falsificó a Pablo Picasso, Claude Monet, Henri Matisse, André Derain, Pierre-Auguste Renoir y, sobre todo, al expresionista italiano Amedeo Modigliani
Del halo de misterio que desprendía Elmyr en Ibiza tan solo se sacaba la conclusión de que había heredado su fortuna y que no había trabajado en su vida. Entonces, el nuevo habitante ya había pasado por varios pseudónimos: Elmyr de Hory o Dory-Boutin, Herzog, L. E. Raynal, Louis Nassau, Elmyr von Houry. Al parecer, los catalizadores de innumerables identidades falsas fueron su homosexualidad así como la persecución que había sufrido por parte del fascismo al haber nacido en el seno de una familia judía. Tenía tendencia a crear un alter ego que provenía de una familia aristocrática que había pasado por episodios de desfortuna y se veía obligado a vender sus posesiones, una amplia colección de arte, para financiar su elevado nivel de vida.
Los catalizadores de innumerables identidades falsas fueron su homosexualidad así como la persecución que había sufrido por parte del fascismo al haber nacido en el seno de una familia judía
Elmyr de Hory durante una fiesta en una casa ibicenca.
El falsificador brinda con un joven de su círculo de amistades de Eivissa
Dos marchantes problemáticos
La cruda realidad era que, después de años estudiando en distintas academias de Bellas Artes y de intentar triunfar como artista sin éxito, empezó a copiar a grandes nombres de las corrientes artísticas del momento. “Es un gran pintor de técnica, pero un mal creador, no llega al público”, explica Marta Cuadros, directora del departamento de Pintura Contemporánea de la casa de subastas Segre. La experta explica, además, que ahora ya no, pero antes detectar falsificaciones dependía de un ojo experto y colocarlas era “facilísimo”.
La primera victoria de Elmyr como falsificador fue la venta, en París, de un boceto que imitaba el estilo de Picasso a una amiga suya británica. Poco después se trasladó a Nueva York, donde coincidió con un marchante que, junto a otro socio, se convertiría en distribuidor de su [falso] arte. El tándem formado por Fernand Legros y Réal Lessard, que venían frecuentemente a Eivissa, llamaba la atención de los locales. Fueron ellos quienes tuvieron la idea de contratar peritos que confirmaran falsamente la veracidad de los cuadros.
La primera victoria de Elmyr como falsificador fue la venta, en París, de un boceto que imitaba el estilo de Picasso a una amiga suya británica
Le habían regalado al ya conocido De Hory un llamativo Mustang rojo oscuro descapotable y, cuando empezó la investigación de la Interpol, con las primeras noticias del fraude de los marchantes en la prensa europea y estadounidense fue imposible no sospechar de él. Aún así, quedó varios años fuera del punto de mira. Pero, a pesar de que era un “alquimista” que conocía los pigmentos, barnices, telas y los bastidores a la perfección –al principio, los conseguía en el mercado de las pulgas de París–, los avances tecnológicos destaparon finalmente su mentira.
Pronto, la que era su rutina en Eivissa, ligera, como la de todo su círculo de amigos, tocó fin. Por la isla aún corre el rumor de que en el mercado de Las Dalias el pintor vendía sus falsificaciones a cambio de una cuenta abierta para embriagarse. “Había muchos artistas con una cuenta en el bar donde iban acumulando gastos y, cuando no podían pagar, lo hacían con sus obras, pero Elmyr no era uno de ellos”, especifica Juanito, dueño del mercadillo, ahora una ineludible atracción turística. Frecuentaba, eso sí, Las Dalias: “Venía y estaba por aquí, se sentaba al lado de la chimenea a hacer sus cosas”, cuenta el propietario.
Había muchos artistas con una cuenta en el bar donde iban acumulando gastos y. cuando no podían pagar, lo hacían con sus obras, pero Elmyr no era uno de ellos. Venía y estaba por aquí, se sentaba al lado de la chimenea a hacer sus cosas
Un día de la primavera de 1967, Elmyr, lleno de “ansiedad”, buscó al que se había convertido en uno de sus amigos más íntimos en la isla, el polémico Irving, autor de ‘Fake! The Story of Elmyr de Hory the Greatest Art Forger of Our Time’. El estadounidense, entre los artistas e intelectuales trasladados a Eivissa en los sesenta, tampoco escapó del fraude: se inventó la biografía del productor de cine Howard Hughes. Sí era, sin embargo, una de las personas más cercanas al falsificador, quien en un arrebato frustrado de sincerarse con la pintora Edith Sommer, con quien había entablado amistad, le dijo: “No soy un asesino, de ninguna manera ese es mi mundo, pero [si alguna vez le contara mi secreto] se asustaría tanto como si lo fuera”. La alemana, fruto de su época y condición social, también se había afincado en la isla.
Un evento familiar en una vivienda de Ibiza, en los años 70
De Hory residía en la villa La Falaise, construida por el arquitecto Erwin Broner
Preso en la cárcel
Al destaparse buena parte de falsificaciones, el antiguo Tribunal de Vagos y Maleantes, que se encargó durante el franquismo de perseguir y castigar a personas consideradas más que peligrosas, antisociales, empezó a investigar a De Hory. Por un lado, por convivir con delincuentes. En aquel momento, uno de sus promotores, Legros, ya había empezado a copar las portadas de los periódicos por múltiples estafas en el mundo del arte después de que un importante cargo de la Compañía General Americana del Petróleo, Algur Hurtle Meadows, se percatara de que él y su socio, Lessard, le habían vendido un falso Modigliani por 45.000 dólares. Legros y el húngaro convivían juntos en la villa de La Falaise (‘El acantilado’, en francés’), junto al mar, en el barrio de Los Molinos de Vila, donde tenían un estudio oculto que servía de taller a Elmyr.
Por otro lado, a pesar de que en la isla corrían rumores de que el pintor provenía de una familia de terratenientes, apenas poseía medios para vivir. El tribunal de Eivissa lo terminó juzgando por un delito de homosexualidad, convivencia con criminales y no contar con medios de subsistencia, por los que ingresó en el centro de detención de la isla –en el actual Refectori–, conocido entonces como el hotel Naranjo por el árbol frutal que había en su centro y porque las normas para los reclusos eran muy laxas. Pasó dos años enteros allí, donde charlaba con sus amigos como si estuvieran de “tertulia en un bar”. “Él abajo, en el patio, y ellos en la balconada de la planta alta”, describe un artículo de Diario de Ibiza de la época. En 1968 fue liberado, pero su periplo judicial aún no había llegado a su fin, ya en el ojo de mira de las autoridades por sus miles de falsificaciones de arte (en total, se le atribuyen más de mil), el caso se elevó a la Audiencia Provincial de Palma, que barajaba su extradición a Francia.
Un tribunal franquista lo terminó juzgando por un delito de homosexualidad, convivencia con criminales y no contar con medios de subsistencia, por los que ingresó en el centro de detención de la isla
El pintor posa junto a una de sus obras, sujeta en un caballete de madera.
La Falaise y un suicidio con barbitúricos
Cuando salió de prisión, le habían concedido sólo dos semanas para solventar todos sus asuntos y cerrar la villa que tenía en Dalt Vila, construida por el arquitecto de origen alemán Erwin Broner –quien conocía bien al pintor–. Después, tendría que abandonar la isla un año, durante el que vivió en Torremolinos (Málaga).
Pasado este periodo, volvió a Eivissa cuando ya lo habían vinculado con varias falsificaciones en Estados Unidos y Francia, pero como en España estaba a salvo –entonces, en los últimos compases de dictadura, aún no había acuerdos de extradición con el país galo–, no le quedó más que acogerse a su nueva personalidad: la del falsificador de arte que había conseguido engañar al mundo. Intentó vivir de su obra original, sin conseguir que esto diera sus frutos. Irving y De Hory aprovecharon su halo de fama derivada de los fraudes cometidos para protagonizar el documental de Orson Welles ‘F for Fake (1973)’, con escenas grabadas en la isla y que cuestionó hasta qué punto las copias eran inferiores a las obras originales.
De hecho, la mayoría de los cuadros que hizo en esa etapa -y muchas falsificaciones- forman parte de colecciones privadas de Eivissa, señala el conseller isleño de Cultura, Miquel Costa. En concreto, el que fuera fundador de la discoteca Space (1986), Pepe Roselló, cuenta con una treintena de obras del pintor que ha mostrado en exposiciones organizadas con ayuntamientos. El propio Consell d’Eivissa cuenta también con ocho trabajos del autor –se calcula que hay un centenar en la isla–, cuya obra se ha ido revalorizando estos últimos años a causa “del mito y del morbo”, señala Cuadros.
Durante los años que pasó en la isla pintó muchas de sus obras.
Su historia ha hecho que se convierta en un guiño importante en la historia del arte y, desde los años 2000, llegan a la casa de apuestas de Madrid cuadros con su firma que se venden cada vez por más dinero. Un bodegón suyo –según el pintor cubista madrileño Juan Gris–se llegó a vender en la casa de subastas por 7.500 euros. Esta tendencia ha llevado a que el falsificador sea ahora, a su vez, falsificado.
Un bodegón suyo –según el pintor cubista madrileño Juan Gris–se llegó a vender en la casa de subastas por 7.500 euros. Esta tendencia ha llevado a que el falsificador sea ahora, a su vez, falsificado
Aunque desde su salida de prisión la posibilidad de poder ser extraditado lo tenía en un constante estado de nerviosismo, no fue hasta 1976 cuando la pesadilla de Elmyr se convirtió en realidad: Mark Forgy, su asistente-aprendiz personal durante más de una década en la isla, le avisó de que el gobierno español y el francés habían llegado a un acuerdo para juzgarle por fraude. No pasó mucho hasta que el joven encontrara su cuerpo en la mansión y lo trasladara a la Policlínica Nuestra Señora del Rosario, en Vila, para ver si podían salvarle. De Hory dejó una incógnita entre sus amistades: ¿Era, su muerte, su última falsa? El aprendiz confirmó que había fallecido entre sus brazos de camino a la clínica ibicenca.