«Algo» contra el vacío: Rufián pone a la izquierda ante su espejo
Lo que pide Rufián no se mide en siglas, sino en coraje, y en la capacidad de abandonar el balcón de la pureza y volver a bajar al barro del debate político real
A veces, el lenguaje del hartazgo dice más que un mitin entero. Cuando Gabriel Rufián pide “inventar algo” frente al ascenso de la extrema derecha, no está siquiera proponiendo un nuevo programa político, sino verbalizando el cansancio acumulado por varias generaciones de personas progresistas que sienten que la izquierda se ha convertido en un rompecabezas sin imagen final. En ese “algo” se condensa el eco de una intuición: que, si nada cambia, nos vamos -como él mismo advierte- “al carajo”. Ya nos hemos ido, de hecho, y quizá la única opción a la que podamos aspirar es a encontrar el camino de regreso del maldito carajo.
La puesta en escena es conocida: una convocatoria ambigua, un discurso que apela a los pueblos antes que a las siglas, un reconocimiento de que el miedo al fascismo se extiende mientras la izquierda sigue obsesionada con sus lindes identitarias. Pero lo que realmente hace temblar no es la convocatoria de Rufián ni su juego con la retórica del desborde; lo que asusta es el reconocimiento implícito de que la izquierda confederada o de coalición, esa galaxia de proyectos que nació para romper el bipartidismo y democratizar la representación del Estado, se ha convertido en un mosaico que ya no encaja.
Sumar, Podemos, IU, los Comuns, EH Bildu, ERC, BNG, Más Madrid son nombres de un mismo espectro –repito: espectro– que hoy parecen más distantes entre sí que de sus adversarios. Cada uno defiende su narrativa: el “realismo” de Sumar, la “coherencia” de IU, la “obediencia” nacional de Bildu o el “protagonismo” republicano de Esquerra. Y mientras cada uno define los márgenes de su soberanía interna, la extrema derecha avanza con paso decidido, sin complejos, sin matices, sin apologías de la pluralidad. Avanza porque sabe lo que quiere: poder.
La pregunta de Rufián —¿de qué sirve tener cuatro diputados más si el ministro del Interior será Abascal?— no es retórica. Es esencial, existencial. Se refiere a un proyecto político que, en lugar de preguntarse cómo aunar fuerzas, se consolida en su fragmentación. La izquierda, confederada o de coalición, parece haber olvidado que el poder institucional no se defiende con falsa o paralizante pureza, sino con una estrategia cuyos pilares son las ideas, pero cuyos avances no se fortalecen de verdad con discursos en redes, sino con alianzas estables, incluso incómodas.
En el trasfondo de las declaraciones de Rufián -siempre certeras, necesarias, bienvenidas- queda algo mucho más profundo: la crisis de sentido. Desde el ciclo del 15M han pasado más de diez años, y aquella energía transformadora que prometía un país nuevo se ha convertido en una melancolía de siglas y escisiones. Sumar, que aspiraba a ser el punto de reencuentro, se transformó en una estructura difusa, tan coral que suena desafinada. La vieja izquierda, por su parte, se refugia en su memoria industrial, como si la nostalgia fuera un programa político. Y los partidos soberanistas, que habían brindado una mirada federal y plurinacional, se repliegan sobre sus propias causas, temerosos de diluir su identidad.
Gabriel Rufián -político que ha logrado un respeto casi unánime sin perder un ápide de fuerza, frescura y veracidad- ha entendido algo que muchos dirigentes aún no asumen: que la batalla cultural frente al autoritarismo no se gana solo con gestión, ni con pactos de despacho. Se gana en la calle, en la emoción, en la capacidad de construir relación, de ofrecer horizonte. Mientras las ultraderechas convierten la política en espectáculo, la izquierda responde con procedimentalismo, con debates interminables sobre competencias y estructuras internas. Pero las urnas no entienden de reglamentos.
La propuesta de Rufián de un frente plurinacional no es aún una hoja de ruta, pero ya es un reto. Una forma de gritar al ecosistema progresista que este barco hace aguas y que nadie parece dispuesto a achicar. Porque si algo une a todos los actores del espacio de la izquierda, conferederado o coaligado, es el miedo a perder su trocito de autoridad. Lo de siempre. Cada partido defiende su parcela como un territorio sagrado, sin comprender que esa actitud, más que garantizar su supervivencia, acelera su irrelevancia. Acabarán por saberlo.
La reacción inmediata a la estimulante (ya no nos atreveríamos a calificarla de ilusionante) provocación de Rufián ha sido fría, casi indiferente. ERC le ha recordado que su firma no es negociable. Bildu anuncia que no participará en ningún proyecto fuera de Euskal Herria. El BNG reafirma su autonomía gallega. Sumar insiste en su fórmula de coaliciones “serias y discretas”. Todos tienen razón en algo, pero todos se equivocan en lo esencial: que el fascismo no respeta fronteras ni estatutos, solo debilidades.
Mientras tanto, fuera del Congreso de los Diputados, la gente está agotada. Los sueldos son insuficientes, los alquileres se disparan, los servicios públicos se resienten. La precariedad ha dejado de ser una excepción para convertirse en el suelo vital de millones de personas. En ese caldo de frustración, la extrema derecha siembra su discurso de falso orden y de resentimiento, y al parecer lo hace con eficacia. Frente a eso, la izquierda ofrece principios y una moral inalienables, pero le falta un motor: el “algo” que pide Rufián.
El “algo” que pide Rufián no se mide en siglas, sino en coraje, y en la capacidad de abandonar el balcón de la pureza y volver a bajar al barro del debate político real, en volver a nombrar el país desde la calle, desde los cuerpos que la habitan, desde las heridas abiertas. Puede que su apuesta acabe solo en una intuición dispersa (una certeza, más bien, tratándose de un político tan lúcido como Rufán). Pero al menos señala el agujero.
“Más cabeza y menos pureza”, ha escrito. Tal vez habría que añadir: más piel y menos cálculo. Porque la izquierda, cuando olvida el temblor que la funda, se vuelve contable. Y los contables pueden gestionar presupuestos, pero no levantar la esperanza. Si el porvenir se decide entre el cinismo y la lucidez, la pregunta es quién será capaz de inventar ese “algo” antes de que el vacío lo ocupe todo. Gabriel Rufián siempre ha demostrado ser capaz, muy capaz. Siempre ha tenido ese “algo” que unos y otras frente al espejo.