Fairplayer, la alternativa a Spotify para luchar contra el capitalismo de las plataformas de streaming

Fairplayer, la alternativa a Spotify para luchar contra el capitalismo de las plataformas de streaming

Tras la ínfima remuneración que reciben los artistas por parte de Spotify y la marcha de muchos de ellos, programadores y cantantes apuestan por una herramienta que busca ser ética y cooperativa

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La ínfima remuneración que reciben los artistas por parte de Spotify y la opacidad de su funcionamiento interno lleva años crispando los ánimos del gremio de creadores, pero la noticia de que su fundador, Daniel Ek, había invertido 600 millones de euros en Helsing, empresa alemana especializada en fabricación de drones de combate, provocó las primeras reacciones serias. Grupos independientes como Deerhoof, King Gizzard & the Lizard Wizard y Xiu Xiu retiraron sus catálogos en verano. Otras más conocidas, como Massive Attack, anunciaron su intención de hacer lo mismo, aunque todavía no lo han logrado. El pasado noviembre, 160 artistas vascos planificaron una fuga coordinada de Spotify y hace una semana 80 artistas catalanes capitanearon una estrategia similar.

Más allá de la protesta simbólica, porque la retirada de varios cientos de repertorios afecta la imagen de Spotify pero no sus finanzas, también empiezan a cobrar forma iniciativas cuyo objetivo es imaginar un consumo de música en streaming más ético y responsable que no dependa del capricho de grandes empresarios; llámense Spotify, Amazon, Apple, Tidal, YouTube o Deezer. La semana pasada se presentó en sociedad en Barcelona el colectivo La Instrumental, integrado por activistas, programadores, artistas y personas vinculadas al ámbito cooperativista y de la economía social y solidaria. Llevan medio año reflexionando sobre cómo debería ser una plataforma ética, cooperativa y alternativa a Spotify y en apenas tres meses han ideado un prototipo llamado Fairplayer.

A diferencia de otras alternativas más éticas que Spotify, como Subvert, Mirlo o Qobuz, Fairplayer es una herramienta diseñada con herramientas de código abierto y con la intención de ser replicable más allá del ámbito catalán al que, por ahora, se circunscribe. De hecho, Fairplayer nace a partir del software también libre Faircamp que permite generar catálogos musicales al margen de distribuidoras y otros intermediarios de la industria musical digital. Fairplayer será la plataforma a través de la cual se podrá escuchar en streaming la música almacenada en esos catálogos. Por ahora funciona en fase beta con 900 canciones aportadas por una veintena de artistas catalanes que editan su música desde cooperativas discográficas como Radi Solar y Discos Pinya. Ya se pueden escuchar desde el portal fairplayer.band, aunque por ahora el proceso para que artistas o sellos incorporen su catálogo es algo más complicado y necesita asesoría.


Captura de pantalla de la plataforma Fairplayer

Tras analizar los ejemplos existentes, La Instrumental asume que no tiene sentido crear una alternativa a Spotify con la misma estructura y modelo de gobernanza que Spotify. Ni siquiera Bandcamp, considerada por muchos melómanos y artistas la plataforma más justa, puede existir al margen de procesos de compra-venta que puedan alterar sus objetivos empresariales, sus políticas de servicio y, finalmente, mierdificar sus planteamientos iniciales. La Instrumental está diseñando un ecosistema de escucha digital en el que nadie sea dueño de nada. Fairplayer solo es una plataforma de escucha a la que los artistas y sellos conectarán sus repertorios, pero no habrá un almacén que centralice todos los archivos. Y, en tanto que modelo replicable desde cualquier rincón del planeta, el Fairplayer barcelonés (aun sin nombre) tendrá forma de app, pero solo sería una de muchas plataformas de escucha de una red descentralizada e interconectada.

Para ello, y tras meses de reflexión, La Instrumental ha decidido separar sus dos estructuras clave: el reproductor de música y el gestor de catálogos. Fairplayer solo es el reproductor y a él se enlazarán los catálogos que se sumen a la plataforma. Lo único que tendrá que hacer un sello o artista es vincularse a ese gestor de catálogo. Por ahora, la única forma de hacerlo es a través de la herramienta Faircamp, pero la intención es crear protocolos que permitan a cualquier creador vincular su obra al reproductor desde su servidor. Este sistema implica que el artista no entrega copias a otra plataforma, sino que activa un acceso a las copias que él ya tiene almacenadas. Y ese proceso ni siquiera implica tener que darse de baja de Spotify, Amazon o cualquier otra plataforma. Es solo un primer paso de cara al gran objetivo: reducir la dependencia de las grandes plataformas y atraer al público a un ecosistema digital más democrático y justo.

El objetivo de La Instrumental es articular una alternativa real y antimonopolística a esta forma de acceder a la música que aparentemente solo puede existir según las normas que dicte el oligarca del streaming de turno. Aquí se trabaja en vistas a una plataforma sin ánimo de lucro, de código libre y replicable, con un sistema transparente de algoritmos y una remuneración por escucha muy superior a la que se estila en este sector. Y todo ello, gracias a un planteamiento de base que no entiende este servicio solo como una herramienta para mejorar las condiciones de los artistas en este entorno digital, sino, ante todo, como un proyecto planteado por y para la gente que escucha música en la red.

Una cooperativa de oyentes

Aunque en una primera lectura pudiera parecer un micro lobby de sellos independientes o el enésimo colectivo de artistas insatisfechos con la deriva excluyente del negocio, en la jornada de presentación de La Instrumental, y a la que asistieron unas 70 personas, se utilizó una y otra vez el término cooperativa de oyentes. “Muchos de los que estamos aquí hacemos canciones, pero todo escuchamos mucha más música de la que creamos”, resaltó un cantante para subrayar la vocación primera y última de este proyecto: crear una herramienta para que los oyentes se relacionen con la música de forma más proactiva, ética y horizontal. En el ambiente flotaba la intuición de que, pensando más como oyentes que como artistas, sería más fácil dar forma a una plataforma más sana, realmente democrática y ajustada a las necesidades de los usuarios. Al fin y al cabo, son estos los que la utilizarán la herramienta y la financiarán mediante sus cuotas.

Los más viejos del lugar recordaron el proyecto Círculo de Lectores, un club de lectores que llegó a tener un millón y medio de socios y cuya cuota les permitía recibir un catálogo de novedades y escoger qué libro quería recibir cada mes. Fue un modelo de negocio que funcionó durante décadas en paralelo a las librerías y que situaba en el centro a los consumidores de literatura, no a los autores. Durante la jornada, a modo de contextualización, hubo tiempo para conocer cooperativas de consumo como La Murga, Rocaguinarda, La Ciutat Invisible y Food Coop; proyectos que parten de la base del empoderamiento del público, ya sea como consumidor de cultura, alimentos o energía.


Captura de pantalla de la plataforma Fairplayer

A lo largo de la jornada se planteó la posibilidad de crear un espacio de reflexión sobre la propia escucha musical, una actividad que las plataformas de streaming han convertido en algo pasivo. Y aun comprendiendo el miedo que puedan sentir algunos artistas ante la idea de abandonar Spotify, se incidió en lo tóxico que es asumir esa opinión según la cual si no estás en Spotify no existes. También se denunció lo pernicioso que es caer en esa numerocracia que estructura las carreras de los artistas en función de sus cifras en Spotify. De hecho, uno de los primeros puntos a replantear en la nueva plataforma es si el número de escuchas debería ser visible. Aquí nada viene impuesto. Todo es debatible.

Con la herramienta ya diseñada, el próximo paso será muscular el grupo motor, definir órganos de gobierno y fortalecer la cooperativa con el mayor número de socios-oyentes. De este último aspecto depende la viabilidad económica de una iniciativa que quiere remunerar justamente a los artistas. A partir de aquí, todo está por decidir. ¿Qué calidad de audio tendría la música? La que decidiese cada artista o sello, puesto que la música estaría en sus servidores. ¿Cuántas veces podrá escuchar una canción un usuario que no pague cuota? Tres, cinco, diez o mil: las que cada artista determine. ¿Y el reparto de ingresos corresponderá estrictamente al número de escuchas de cada artista? Por supuesto.

Miles de dudas y posibilidades

Una plataforma de streaming que no centralice la música ni las decisiones abre un horizonte infinito de posibilidades. La intención, a grandes rasgos, es humanizarla al máximo y que el algoritmo tenga la mínima incidencia. “El arte es comunidad y presencialidad”, teorizó alguien, “e internet es solo una herramienta”. La Instrumental, por tanto, trabaja en pos de una herramienta que genere y fortalezca comunidades de oyentes. Un ejemplo: si se organizasen encuestas para que la comunidad votase qué artistas desearía poder escuchar en la nueva plataforma cooperativa, la gestora podría invitarlos a incorporar sus catálogos sabiendo que existe una demanda. Aun así, las decisiones consensuadas en el Fairplayer barcelonés no tendrían por qué ser aceptadas automáticamente por los fairplayers que se articulen en otras ciudades en base a esta tecnología.

Meses atrás nacía en Euskadi el portal musikariak.es con más de 150 artistas y varios miles de canciones ya incorporadas al catálogo. Y decenas de bibliotecas públicas de EEUU ofrecen desde hace años colecciones de discos de artistas locales para que sus usuarios los puedan escuchar e incluso descargar; una estrategia que apunta, de nuevo, a la creación y fortalecimiento de comunidades de oyentes y artistas. El gran sueño sería que todas las comunidades y apps que surjan a través de la plataforma Fairplayer se acaben interconectando, de modo que desde cualquier cooperativa de oyentes se puedan escuchar los catálogos de canciones de cualquier otra cooperativa de la federación.

“El capitalismo ha logrado que vivamos las luchas como una especie de extraescolar”, soltó alguien durante la jornada. Acto seguido, otra voz resaltó que “la lucha contra las big techs es parte de todas las demás luchas”. Tras ocho horas de presentaciones, incertidumbres, asombros, quimeras y enriquecedores turnos de palabra, una última sentencia puso un improvisado broche al acto: “La acción es un antídoto contra la miseria”. Podrían imprimir camisetas con ella.