Santaolalla y por qué los trenes ya no cuelgan carteles de «prohibido escupir»

Santaolalla y por qué los trenes ya no cuelgan carteles de «prohibido escupir»

Cualquier figura pública está sometida a la crítica, pero cuando para rebatir a una mujer joven se recurre a comentarios sobre su físico, eso tiene un nombre: machismo. Igual que es racismo protestar contra Vinicius aludiendo al color de su piel. Habíamos asumido que era necesario avisar en los estadios, lo que es más raro es tener que hacerlo en platós de televisión

Ataque machista de Rosa Belmonte a Sarah Santaolalla desde ‘El Hormiguero’: “¿La mitad tonta y la mitad tetas?”

Pablo Motos: Pero he estado viendo la tele y he puesto Cuatro y he oído a una tertuliana después de estas declaraciones decir que Felipe Gónzález era un traidor.

Juan Del Val: Sí, lo dice bastante gente, Felipe Gónzález…

Rosa Belmonte: ¿Esa que es mitad tonta, mitad tetas?

Pablo Motos: No me acuerdo.

Rosa Belmonte: Es una frase de la serie La maravillosa señora Maisel.

Silencio, risas incómodas, en el plató de El Hormiguero. (De toda la mesa, también de las hormigas).

Nadie la corrigió. Hubo más risas nerviosas y lo más que acertó a decir otro de los tertulianos, Rubén Amón, fue: “Rosa, sabes que se va a viralizar, ¿no?”.

Todo en prime time, en la mesa de ¿debate? de El Hormiguero este martes. La buena noticia es que no eructó nadie. Al menos no literalmente. La mala es que el comentario, con semejante aroma a brandy, carajillo, manchas de grasa y palillos de sobremesa, tratase de disfrazarse con un supuesto halo cultural. “Que es una frase de la serie ‘La Maravillosa señora Maisel’”. Así que lo de la tonta de las tetas, para referirse a otra compañera de tertulias, no sería tanto un exabrupto, sino casi información de servicio para consumidores de series minoritarias. (Está en Amazon Prime, por cierto, y va de una mujer de mediana edad que tras separarse se descubre, ella y el mundo que la rodea, su talento para la comedia y se hace monologuista).

Dejemos a la señora Maisel tranquila y volvamos a lo de El Hormiguero. Podría ser una anécdota más si no fuera porque Sarah Santaolalla, analista y tertuliana en varios programas de televisión, de la 1 y también de Cuatro, lleva semanas recibiendo amenazas, persecuciones de ultras por la calle y ataques organizados en redes. Que nadie crea que es casualidad. Forma parte de una estrategia muy estudiada que busca interacciones en redes para elevar el ruido. Nada nuevo, bajo el sol de X y Tik Tok.

Vamos ahora con las obviedades: Santaolalla, que ha multiplicado su presencia en los platós durante los últimos meses y suele defender posiciones de izquierdas y proferir algunas sentencias polémicas (como todos los tertulianos que acumulan horas y más horas de platós), debe estar, como todas las figuras públicas, sometida a la crítica. Solo faltaría. En todo este tiempo en distintas televisiones ha realizado afirmaciones dudosas, algunas fáciles de rebatir, junto a otras que son irrefutables.

Lo sepan o no en El Hormiguero, que Felipe González ha traicionado a su partido lo piensa un porcentaje bastante alto de la militancia socialista. Pero no viene de ahora, viene, como casi todo en el PSOE, de 2016 y de aquella ruptura traumática, cuando el oficialismo del partido decidió abstenerse y permitir la investidura de Mariano Rajoy. La organización se partió en dos y el final de la historia es conocido: venció con un porcentaje amplio Pedro Sánchez, que había encabezado el no a Rajoy, y que volvió a convertirse en secretario general contra las maniobras de todo el aparato y después en presidente del Gobierno. Es desde aquella época, hace ya diez años, cuando Felipe González pasó a convertirse en un traidor para muchos compañeros de partido. Sus apariciones de los última etapa junto a su otrora archienemigo José María Aznar, y los ataques continuos a la dirección del PSOE, que contrastan con sus tibias alusiones a la extrema derecha, no han contribuido a apaciguar a esas bases que se desencantaron con él hace una década, o incluso antes, con los gravísimos casos de corrupción que sacudieron a sus gobiernos. Terrorismo de Estado, incluido.

Pero nada de lo anterior impide que se pueda confrontar sobre eso o sobre cualquier otra cosa con Santaolalla e incluso atacar sus argumentos con la misma beligerancia con que ella los defiende. Sucede que si para rebatir a Santaolalla, o a cualquier otra mujer (si es joven, mejor), alguien tiene que aludir a su cuerpo, eso es machismo.

Pasó lo mismo con Vinicius, el delantero del Real Madrid. Cabe opinar que es individualista, que se tira demasiado, que provoca a las aficiones y jugadores rivales o pensar que es todo lo contrario y merece el balón de oro. Cuando desde el fondo de un estadio hordas enteras de ultras deciden llamarle negro o simular el ruido del mono, eso es racismo.

Hasta ahora entraba dentro de lo previsible que hubiera que hacérselo ver a los fondos de los campos de fútbol: para eso se colocaban advertencias en los videomarcadores y se lanzaban alertas por megafonía. En los casos más graves se han suspendido partidos. (Pocos).

Lo que resulta más llamativo es que haya que recordárselo a figuras públicas que gozan de formidables audiencias en privilegiados espacios de radio, televisión y prensa. Comunicadores a a quienes se suponía una mínima responsabilidad. O al menos educación. En este sentido, es ilustrativo que nadie en la mesa de El Hormiguero se atreviera a advertir que la frase de las tetas y la tonta no es el camino. Ilustrativo, pero nada casual.

Muchos analistas, algún tratado de comunicación y el anuncio navideño de Campofrío llaman a esto “polarización”. Definen así el espacio de debate donde agitadores ultras de derechas se permiten amenazar incluso físicamente a periodistas y políticos sin ninguna consecuencia más que multiplicar su número de seguidores, mientras humoristas de izquierdas que hacen parodia de un programa de televisión tienen que abandonar las redes y sus espacios. Si es polarización, el campo está clamorosamente inclinado hacia la derecha: no se ve a agitadores de izquierdas persiguiendo por la calle entre empujones y bronca continua a políticos conservadores o ultras ni a comunicadores de su cuerda. La extrema derecha, sí. Con acreditación en el Congreso de los Diputados. Y fuera. A ministros, diputados, políticos rasos e incluso a periodistas. Todo para generar contenido, gasolina para prender las redes.

Analistas que intentaron pronosticar que los nuevos canales de comunicación acabarían civilizándose con el paso del tiempo se han dado de bruces con estudios que concluyen lo contrario: el odio es una mercancía muy rentable como para dejarla sin explotar. Los dueños de las plataformas lo saben y quienes diseñan los algoritmos lo potencian mientras silencian opiniones más moderadas. Y el contagio está ya en los medios de comunicación, aunque algunos ya traían lo suyo de casa mucho antes de que se soñase la primera red social.

Decía Iñaki Gabilondo hace años al hilo de la deriva de alguna prensa que hubo un momento en que los trenes dejaron de llevar carteles de “prohibido escupir en el suelo” no porque ya se pudiera escupir, sino porque todo el mundo había aprendido a no hacerlo. No descartemos que llegue un día en que haya que recuperar aquellos carteles. En los trenes. Y también en algunos platós.

Post Data: 20 horas después de finalizar el programa y tras centenares de reproches sobre su comentario en las redes, Rosa Belmonte emitió una especie de disculpa en su cuenta de X bajo la socorrida fórmula: “a quien haya molestado”. Calificó de “inconveniente” su comentario y subrayó que su intención -cuando llamó “mitad tonta, mitad tetas” a Santaolalla- no era ofender ni molestar a nadie.

Este es su mensaje completo: “Pido sinceras disculpas por mi inconveniente comentario en ‘El Hormiguero’. Fue espontáneo, nadie sabía lo que iba a decir, ni yo misma cinco segundos antes. Pido perdón a quien haya ofendido, a quien haya molestado y a quien haya afectado, sobre todo porque no era mi intención”.

En el inicio del programa del miércoles, también Pablo Motos pidió perdón por “un comentario desafortunado que hizo ayer Rosa Belmonte en la tertulia”. “A veces, pasa”, dijo el presentador, “que con la velocidad del directo a la vez que estás diciendo algo estás pensando no deberías haberlo dicho. Pero eso no quita que metimos la pata y como no es el estilo de Rosa ni del programa, queremos pedir nuestras más sinceras disculpas, gracias por entendernos y nos esforzaremos para que no vuelva a suceder”. Aplausos de fondo.