Llevarte bien con tu ex: así ha pasado de percibirse como amenaza a ser una ‘green flag’
Los nuevos modelos relacionales y la cultura LGTBI han contribuido a otra forma de ver las cosas cuando una relación finaliza en buenos términos: tu ex puede seguir presente en tu vida como una persona de apoyo y confianza
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Hace no tanto, que una pareja mantuviera relación con su ex era casi sinónimo de alarma: celos, miedos e inseguridades podían tomar el control. Hoy, en cambio, muchas personas leen ese mismo vínculo como una green flag, como algo positivo: prueba de madurez emocional, habilidades de comunicación y capacidad para cerrar ciclos sin rencor.
Este cambio no solo habla de nuestras relaciones actuales, sino también de cómo entendemos la propia idea de la expareja. En España, tener exparejas no es la excepción, sino la norma: según el informe del CIS sobre Relaciones sexuales y de pareja (2025) la ciudadanía española tiene de media cuatro parejas estables a lo largo de la vida (excluyendo a quienes nunca han tenido pareja).
Al mismo tiempo, diversos estudios dejan claro que la estabilidad relacional ha disminuido en comparación con generaciones anteriores –lo que se asocia con más rupturas y un mayor reemparejamiento–. Entre la población mayor de 55 años, lo más habitual (según el CIS) es haber tenido solo una relación de pareja estable a lo largo de la vida. Sin embargo, a medida que baja la edad, aumenta el número medio de relaciones: las personas de entre 45 y 54 años han tenido de media tres parejas; entre los 35 y 44 años la cifra se sitúa entre dos y tres; vuelve a subir a tres en la franja de 25 a 34 años; y baja a dos entre los 18 y 24 años. Este mismo patrón se repite en el número de parejas sexuales: mientras que entre los 18 y los 54 años lo más común es haber estado con entre cinco y diez personas, entre los mayores de 55 años lo habitual es haber tenido una sola pareja sexual.
El contexto actual, marcado por la velocidad, también tiene un impacto en la forma de vincularnos. La posibilidad de nuevas conexiones a un clic, conversaciones que empiezan y terminan en horas, relaciones que nacen en una app y se desvanecen con un unmatch… Estos son solo algunos de los factores que Anna Monné, psicóloga, terapeuta de parejas y sexóloga en Barcelona, atribuye a la manera en la que actualmente “sentimos los vínculos”. Mientras que la exposición a un mayor número de rupturas puede “enseñar que el dolor no es definitivo, que la vida se reorganiza y que somos capaces de reconstruirnos”, también puede hacer crecer en nosotros la idea de que las relaciones, “al igual que los objetos, son casi ‘desechables’: si ya no encaja, se sustituye” –reflexión que el sociólogo Zygmunt Bauman nombró como “amor líquido”–.
El “ex” como enemigo o fracaso
Valentina Berr —escritora, divulgadora social y coordinadora del libro (h)amor11 ex (Continta me tienes)— reflexiona sobre cómo “todo concepto que viene precedido de ‘ex’ está pensado para ser explicado hacia atrás”. El prefijo define aquello que ya no es, pero que sí se fue: un expresidente, un exmarido, una examiga. Sin embargo, en el terreno afectivo funciona también como una etiqueta “eterna”. Como explica Celia Hort en el mismo volumen, es una condición “para toda la vida” que solo puede desaparecer si se retoma la relación: “Jamás volverás a ser mi novia, pero nunca dejaré de ser tu ex”.
Aunque los datos reflejan que tener expareja está bastante extendido entre la población española, el relato que se construye alrededor de las exparejas parece ir unido al borrado, al olvido, al fracaso o incluso a la enemistad. “Los mecanismos del capitalismo y del colonialismo”, escribe Valentina Berr, “han logrado que en el imaginario colectivo la pareja sea el único camino hacia el éxito. Que si no conseguimos emparejarnos seremos unas fracasadas”.
Empecé a ver las relaciones pasadas de mis potenciales parejas románticas como una amenaza (…) una llama que nunca se podría apagar y que tenía que vigilar para que no me acabara quemando
En este contexto, la expareja está socialmente unida –casi encerrada– al pasado. En redes sociales, el discurso que se construye en torno a esta figura es, en muchas ocasiones, de rechazo, superación o de vergüenza. Algunas de estas percepciones negativas alrededor de las exparejas se hacen virales en plataformas, materializadas en frases como: “Con el ex siempre cero contacto”, “con una expareja no se habla ni se escribe”, “el pasado no se visita sin pagar un precio”, “nadie avanza con un pie en el ayer”…
Las exparejas no solo son vistas como un fracaso personal, sino que también se tienden a demonizar cuando se inicia una nueva relación. Lo explica Lucía G. Romero en Testimonios de amor, recogido en (h)amor11 ex: “Empecé a ver las relaciones pasadas de mis potenciales parejas románticas como una amenaza, un rastro de lo que quedó que manchaba lo que nosotras construíamos, una llama que nunca se podría apagar y que tenía que vigilar para que no me acabara quemando”.
El psicólogo Hugo Vega, de Inlaza Psicología, tiene claro que “cuando el amor se entiende desde la exclusividad, la posesión y la lógica de la sustitución (donde una relación reemplaza a la anterior), la expareja se sitúa como un recordatorio incómodo del pasado y se convierte en un foco potencial de dudas, celos e inseguridades”.
La psicóloga Monné añade que en el caso de las mujeres “se las ha educado para compararse, como si tuvieran que demostrar que son mejores o más válidas, especialmente con ‘la ex’”, mientras que a los hombres se les ha transmitido “la idea de territorio y competencia: si alguien estuvo antes, entonces es un rival que puede poner en cuestión su control o su lugar”. Desde ambos puntos de vista, cualquier vínculo anterior se percibe como una amenaza automática.
El ex ya no es alguien que ‘muere simbólicamente’, sino alguien con quien se redefine el rol. A veces es amigo, a veces contacto cordial, a veces solo alguien que sigues y sabes de él por redes sociales y no tienes contacto ninguno
Un cambio de perspectiva
Frente a esta concepción de la expareja como algo del pasado e inherentemente negativo, hay una tendencia creciente que contempla la posibilidad de ver las rupturas como una transición en la manera de relacionarnos con esa persona. Como recuerda Hugo Vega, históricamente, las relaciones de pareja estaban ligadas a “estructuras sociales rígidas como el matrimonio, la familia o la comunidad”, por lo que “la ruptura no sólo implicaba el fin del vínculo amoroso, sino también un corte con todas esas esferas compartidas”. Si bien es cierto que este fenómeno sigue existiendo en la actualidad, el psicólogo observa una mirada “más flexible que posibilita a las personas poder asumir nuevos roles y participar de otras formas en la vida de sus exparejas sin que esto implique necesariamente un cierre total o una desaparición absoluta del mapa”.
Pablo Viñuela, psicólogo en Centro y Ser en Toledo, observa un cambio hacia “modelos más continuos y negociados del vínculo”: “El ex ya no es alguien que ‘muere simbólicamente’, sino alguien con quien se redefine el rol. A veces es amigo, a veces contacto cordial, a veces solo alguien que sigues y sabes de él por redes sociales y no tienes contacto ninguno”.
Este es precisamente el planteamiento de (h)amor11 ex, una obra que, de la mano de diez autoras, cuestiona la idea de que “las exs” son “historias” que deben quedarse en el recuerdo o incluso ser borradas de nuestra memoria. Proponen “una aproximación amplia y diversa a temporalidades queer en la construcción de vínculos con las exnovias y un intento de unir colectivamente dos conceptos que parecen antagónicos: exnovia y futuro”.
La propia coordinadora del libro, Valentina Berr, habla de “un punto de fuga lesbiano” que se escapa de “los tentáculos del sistema monógamo y del cisheterorromanticismo”: la relación con las exnovias. “Donde el resto ve una amenaza, incluso algo que superar y dejar atrás, muchas veces nosotras vemos en la figura de la exnovia otras cosas. (…) El dibujo es más amplio. Donde el resto ve una figura del pasado, las lesbianas alcanzamos a ver a la exnovia, con bastante frecuencia, como una posibilidad de presente, incluso de futuro”.
Fotograma de ‘Conversaciones entre amigos’
Donde el resto ve una figura del pasado, las lesbianas alcanzamos a ver a la exnovia, con bastante frecuencia, como una posibilidad de presente, incluso de futuro
Aprendiendo de la cultura queer
La posibilidad de sostener algún tipo de vínculo posterior depende, en gran medida, del tipo de relación previa, del respeto por las necesidades y los límites de cada parte y de la capacidad de elaborar adecuadamente el duelo, como recuerda Hugo Vega desde Inlaza Psicología. Los psicólogos consultados recuerdan que esta posibilidad no se debe contemplar en relaciones en las que ha habido abuso o violencia de algún tipo, puesto que, en ese caso, como señala Monné, “son situaciones que deben entenderse como experiencias traumáticas y que requieren una mirada distinta y un acompañamiento diferente, en muchos casos, por profesionales”.
Aun así, no todas las parejas parecen tener las mismas facilidades para transformar el vínculo tras la ruptura. En concreto, varias voces entrevistadas para este artículo apuntan a diferencias entre parejas heterosexuales y homosexuales. Sara, bisexual de 22 años, observa que en su entorno solo sus amigas lesbianas —o bisexuales que han salido de una relación con otra mujer— suelen mantener relación con sus exparejas. “Según las estadísticas de mi grupo de amigas, es mucho más frecuente seguir en contacto con las exnovias; en cambio, casi nunca ocurre con los exnovios”, explica. Una percepción similar comparte Alexia, lesbiana, quien cuenta a este diario que cuando una relación entre dos mujeres “termina bien, pero acaba porque ya no se entienden como pareja”, resulta más sencillo conservar el contacto e incluso la amistad.
Históricamente, las personas del colectivo LGTBIQ+ han construido redes afectivas en los márgenes de los modelos familiares tradicionales. Ante la falta de apoyo de la familia de origen, han integrado en sus círculos más cercanos amistades y exparejas. Esto, según recuerda Vega, ha favorecido modelos relacionales menos rígidos, en los que los vínculos no se clasifican de manera cerrada —pareja, ex o amistad—: “En contextos más normativos, la ruptura suele implicar un ‘todo o nada’: o pareja o nada. En estos modelos, se permite el ‘algo diferente’”. Como apunta Viñuela, “los ex son fuentes de apoyo, ya conocen tu historia y se convierten en pilares de seguridad y resiliencia”.
Las relaciones de amistad están un poco menos constreñidas que las de pareja, hay mucha más generosidad y comprensión
En (h)amor11 ex, sus autoras reivindican esa transgresión de las normas relacionales comúnmente asociadas a la heteronormatividad. En esta obra, Alicia Tamarit recoge las reflexiones de la socióloga estadounidense Elisabeth Sheff –investigadora sobre poliamor–, que señala cómo estos modelos relacionales facilitan imaginar otras formas de transformar el vínculo (en lugar de eliminarlo por completo), capacidad que es menos habitual en modelos monógamos tradicionales. Sin embargo, la autora señala cómo la monogamia ha ido incorporando algunos de los rasgos de la poligamia: las rupturas suaves y la preservación de ciertos vínculos se han vuelto cada vez más comunes, hasta el punto de que mantener relaciones sanas con exparejas ya no resulta extraño, independientemente del estilo relacional. Todo ello sin perder de vista que, como recuerda Alicia Tamarit, “a las exes, a veces, también hay que odiarlas”.
Desde la óptica heterosexual no se suele alentar a pensar en una expareja en términos de futuro –excepto bajo motivos puntuales como hijos en común, situación económica complicada o el tabú de la separación–. Pero Tamarit se pregunta “si durante la relación de novias también eran amigas y lo que no funcionó fue el noviazgo, ¿por qué iba a tener que romperse esa amistad?”.
Tatiana Romero Reina, en su escrito Hacernos cargo, reflexiona sobre la posibilidad de que “amigues se conviertan en familia”, explicando cómo la construcción de este vínculo pasa por “un (re)conocimiento y (re)descubrimiento de la persona con la que hemos tenido un vínculo sexoafectivo”, asegurando que “las relaciones de amistad están un poco menos constreñidas que las de pareja, hay mucha más generosidad y comprensión”.
En definitiva, en ocasiones critican lo encorsetado del lenguaje, que en un contexto no normativo simplifica en exceso la relación que puede haber detrás de la palabra “expareja”. En el citado libro, Sonia Pina Linares habla de inventar una “palabra que nombre la relación de tantas personas que se siguen yendo de vacaciones juntas y se cuidan en los ingresos hospitalarios (…) Una palabra que no nombre el hueco, lo que ya no es, sino lo que todavía late y es cierto, palpable”.
De fracaso a green flag
Para tener una relación sana con una expareja son necesarias una serie de condiciones, entre las que se encuentran la presencia de respeto y responsabilidad afectiva por ambas partes, el fin del vínculo romántico, el paso por un proceso de duelo, la eliminación de expectativas románticas…
Mantener una buena relación con un ex puede no ser una ‘green flag’ cuando hay dependencia emocional encubierta –la nueva pareja, si es que hay, se siente desplazada–; o no existen límites claros
Si estas se cumplen y se llega a transformar el vínculo, esto indica “cosas muy positivas” para el psicólogo Hugo Vega: la capacidad de elaborar duelos de forma sana, responsabilidad afectiva –“la persona no necesita odiar para poder soltar”–, la capacidad de tener un patrón de apego más seguro… “Saber cómo se relaciona una persona con otras personas de su entorno (familiares, amistades, compañeros de trabajo… incluso lxs ex)”, explica Monné, “nos da información sobre cómo podría relacionarse con nosotros”.
Es por ello por lo que cada vez más personas interpretan una buena relación con las exparejas como señal de madurez emocional y no como amenaza, llegando a considerarlo una green flag. Viñuela advierte que esto no quiere decir que “haya que ser amigo de todos los ex”, pero mantener y transformar estas relaciones indica “si la persona sabe cerrar ciclos sin convertirlos en campos de batalla”; “no todos los ex serán amigos, pero tampoco enemigos automáticos”.
Aun así, cabe destacar que mantener una buena relación con un ex no es siempre una green flag: “Puede no serlo cuando hay dependencia emocional encubierta –la nueva pareja, si es que hay, se siente desplazada–; o no existen límites claros”, matiza Hugo Vega Vega. Por eso, más que “llevarse bien con los/as ex”, la verdadera green flag para el psicólogo es haber transformado el vínculo sin ambigüedad.