Monasterios entre bosques y montañas: refugios frescos para huir del ruido en verano

Monasterios entre bosques y montañas: refugios frescos para huir del ruido en verano

Entre el canto gregoriano de Leyre y los muros asomándose al Sil en Santa Cristina, estos monasterios se alzan como refugios de frescor, historia y calma en mitad de la naturaleza, perfectos para una escapada distinta

Escapar al fresco: diez rincones de España donde olvidar las olas de calor

Cuando suben las temperaturas y las playas se llenan hasta los topes, puede apetecer algo distinto. Un plan que combine frescor, tranquilidad y, de paso, un poco de historia y arte. En España hay monasterios perdidos en mitad de montañas, valles y bosques que ofrecen todo eso y más.

Son sitios silenciosos, de piedra fría y muros centenarios, rodeados de árboles y aire puro. Lugares donde se respira a otro ritmo, con calma, alejados del ruido y perfectos para aprender algo nuevo mientras se pasea entre claustros, portadas y arcos. Monasterios que no son solo monumentos, sino rincones vivos, llenos de detalles curiosos y de historias ligadas a reyes, leyendas y a la naturaleza que los rodea.

Santa Cristina de Ribas del Sil, sumergido en los bosques gallegos; San Juan de la Peña, bajo una roca descomunal; o Valvanera, escondido entre montañas riojanas, son buenos ejemplos de lo que ofrecen estos lugares. Aquí van siete monasterios que son refugio perfecto para huir del ruido este verano.

Monasterio de Santa Cristina de Ribas del Sil (Ourense)

Metido en un bosque de robles y a orillas del río Sil, el Monasterio de Santa Cristina de Ribas del Sil es uno de los tesoros de la Ribeira Sacra gallega. Para llegar hay que dejar el coche lejos y seguir un sendero o tomar un bus lanzadera en verano. Fundado en el siglo X, fue uno de los monasterios más importantes de la zona. Más tarde quedó como priorato de Santo Estevo tras la reforma del siglo XVI.


Monasterio de Santa Cristina de Ribas del Sil, en la Ribeira Sacra.

Su iglesia es románica, con planta de cruz latina y un rosetón calado en la fachada. El claustro conserva solo dos alas, pero aún se aprecia su sobriedad cisterciense. En el interior, hay pinturas murales renacentistas y esculturas como una imagen de San Pedro del siglo XVI. La torre-campanario, con remate piramidal y carácter defensivo, es otro de sus atractivos. Su entorno, con bosques y caminos sobre el Sil, completa una visita muy recomendable para quien busque naturaleza y patrimonio en la misma excursión.

Monasterio de Leyre (Navarra)

Navarra guarda en el Monasterio de Leyre uno de sus tesoros más antiguos. Está en el Prepirineo, sobre una especie de balcón natural en la sierra de Leyre, con el embalse de Yesa a sus pies, conocido como el ‘Mar del Pirineo’. Desde ahí, las vistas se abren hacia kilómetros de montañas y cielo. No es solo un lugar bonito. Leyre es parte del corazón del antiguo reino de Navarra, cuna de reyes y panteón real. Desde el siglo IX hay noticias de este monasterio, que llegó a ser considerado centro espiritual del Viejo Reyno.


El Monasterio Leyre entre bosques.

El monasterio conserva uno de los conjuntos románicos más importantes de España. Destacan su iglesia abacial con ábsides y torre, la Porta Speciosa y, sobre todo, la cripta, considerada uno de los ejemplos más antiguos del románico en la Península. Además, es un sitio donde todavía se escuchan cantos gregorianos y cuenta con un órgano tubular impresionante. Las visitas guiadas permiten recorrer la iglesia, el panteón de los primeros reyes de Navarra y otros rincones llenos de historia y arte.

Monasterio de Yuste (Cáceres)

El Monasterio de Yuste está en plena Sierra de Tormantos, en Cáceres, a un paso del pueblo de Cuacos. Rodeado de bosques, gargantas y huertas, es un lugar tranquilo donde el sonido del agua y el verde del paisaje lo envuelven todo. Su historia dio un giro en el siglo XVI, cuando el emperador Carlos V decidió retirarse allí tras abdicar en favor de su hijo Felipe II. Llegó con un gran séquito y hubo que construir para él una casa-palacio anexa al monasterio, con habitaciones que daban a la huerta y a un estanque. En 1558, Carlos V murió en este lugar, y sus restos fueron trasladados más tarde a El Escorial.


El Monasterio de Yuste, retiro de Carlos V.

Arquitectónicamente, Yuste mezcla varios estilos. Tiene dos claustros, uno gótico y otro renacentista, una iglesia gótica con retablo de Juan de Herrera y un coro tallado que merece la pena ver. Aunque fue incendiado durante la Guerra de la Independencia y quedó casi en ruinas, se reconstruyó en el siglo XX y hoy está declarado Bien de Interés Cultural y Patrimonio Europeo. Además, alberga la Academia Europea de Yuste, que organiza el Premio Europeo Carlos V. La visita permite recorrer la iglesia, los claustros y la residencia del emperador, todo ello en un entorno natural muy especial para una escapada diferente.

Monasterio de San Juan de la Peña (Huesca)

El Monasterio de San Juan de la Peña es uno de esos lugares que parecen escondidos a propósito. Está en el Alto Aragón, bajo una gigantesca roca que casi lo engulle. Rodeado de bosques y barrancos, es fácil entender por qué se le considera cuna del Reino de Aragón. Aquí se refugiaron eremitas y, más tarde, reyes aragoneses eligieron este lugar como su panteón. Su historia arranca en el siglo X y fue centro de poder político y religioso durante siglos.


El Monasterio San Juan de la Peña, bajo la roca.

Entre sus espacios más destacados está el claustro románico, con capiteles tallados que muestran escenas bíblicas y detalles de la vida cotidiana medieval. Además, en realidad, se pueden visitar dos monasterios: el Viejo, pegado a la roca, y el Nuevo, de estilo barroco, construido tras un gran incendio en el siglo XVII. También hay un pequeño museo que cuenta la historia del lugar y muestra piezas curiosas, como la casaca mortuoria del Conde de Aranda. Es una visita que mezcla naturaleza, arte y muchas leyendas, incluida la del Santo Grial.

Monasterio de Valvanera (La Rioja)

Quien busque naturaleza y soledad tiene una cita con el Monasterio de Valvanera, en plena sierra riojana. Para llegar, hay que serpentear por carreteras de montaña hasta que aparece, escondido entre bosques y arroyos. Su nombre significa “valle de las venas de agua”, por la cantidad de manantiales y cascadas que lo rodean. Todo empezó con el hallazgo de una imagen de Santa María en el siglo IX, por un ladrón arrepentido, según cuenta la leyenda.


Monasterio de Santa María de Valvanera, en La Rioja.

La iglesia actual es del siglo XV, aunque antes hubo templos visigodos, prerrománicos y románicos. En su altar mayor está la Virgen de Valvanera, en un camarín al que se accede por un pasillo lateral. También hay un Cristo Majestad y tallas de santos como San Pedro y San Benito. El resto del monasterio es más moderno, fruto de ampliaciones del siglo XX. Es un lugar ligado a la devoción mariana en La Rioja y perfecto para disfrutar de la montaña y el frescor veraniego. Ofrece además una hospedería.

Monasterio de Santa María de Obarra (Huesca)

En el corazón de la Ribagorza, el Monasterio de Santa María de Obarra está pegado al río Isábena, rodeado de montañas. Para llegar hay que remontar el valle desde Graus. Aunque hay constancia de vida monástica desde el siglo IX, el conjunto actual es de los siglos XI y XII, en estilo románico lombardo. Fue el eje espiritual de la casa condal ribagorzana y panteón de condes como Bernardo Unifredo.


El Monasterio de Obarra.

La iglesia principal tiene tres naves y ábsides semicirculares decorados con frisos lombardos. Cerca está la ermita de San Pablo, más pequeña, pensada para peregrinos. Aunque parte del monasterio está en ruinas, se conservan detalles como capiteles visigodos y una talla gótica de la Virgen en piedra policromada. El entorno es tranquilo y verde, ideal para quienes disfrutan de los rincones menos conocidos. Además, Obarra está declarado Monumento Nacional desde 1931.

Monasterio de Santa María de Rioseco (Burgos)

En el Valle de Manzanedo, en las Merindades burgalesas, se alza lo que queda del Monasterio de Santa María de Rioseco. Hoy está en ruinas, pero eso no le quita interés. Fue un monasterio cisterciense fundado en el siglo XIII, aunque su comunidad se formó en otro lugar y acabó trasladándose a Rioseco en 1236. Durante siglos tuvo gran influencia en la zona, con granjas, molinos y una explotación agrícola modélica.


Monasterio de Santa María de Rioseco, en Las Merindades.

A pesar del deterioro, se pueden ver la iglesia, la sala capitular y restos del claustro barroco. En verano se organiza la Semana del Voluntariado, para ayudar en su recuperación, a través de la asociación cultural Salvemos Rioseco. Su ubicación, entre montañas y cerca del Ebro, lo hace muy especial. Además, hay historias curiosas, como el traslado forzado de los monjes por orden del rey o los detalles de la vida en el monasterio, donde convivían monjes, legos y trabajadores de las granjas.