
La nueva guerra fría tecnológica y la sumisión europea
La pregunta es simple: ¿seguirá Europa obedeciendo como vasallo en esta guerra comercial y tecnológica, o tendrá el coraje de definir una autonomía real que la saque de la sombra de Washington?
Trump ha vuelto a amenazar a España, aunque esta vez de manera indirecta. Su invectiva tiene como objetivo a varios países europeos y a la propia Unión Europea, a los que acusa de tener «Impuestos Digitales, la Legislación sobre Servicios Digitales y las Regulaciones de Mercados Digitales» diseñados «para dañar o discriminar contra la tecnología estadounidense» y, al mismo tiempo, «de forma escandalosa, otorgan un pase completo a las mayores empresas tecnológicas de China». Si los países aludidos no se doblegan ante estas nuevas exigencias, Trump ha amenazado con «aranceles adicionales sustanciales a las exportaciones de ese país a EEUU» y con «restricciones a la exportación de nuestra tecnología y chips altamente protegidos».
Hace menos de un mes que la Unión Europea firmó un tratado con Estados Unidos que en estas mismas páginas describí como humillante, y que por su asimetría se asemejaba a uno de aquellos acuerdos comerciales desiguales del siglo XIX que el imperio británico imponía a sus súbditos informales. Hubo muchas justificaciones por parte de Bruselas, pero en general se argumentaba que era preferible la certidumbre de un acuerdo malo antes que una dinámica continua de cambios que condujesen a una guerra comercial abierta. A tenor de esta última amenaza, arrodillarse y ceder no ha servido para calmar a Trump.
Un observador atento verá que la mención a China que ha hecho Trump no es inocente. Ni tampoco nueva. En el año 2021 el entonces presidente de Estados Unidos, Joe Biden, explicó lo siguiente: «China tiene un objetivo general —y no los critico por tenerlo—: convertirse en el país líder del mundo, el más rico y el más poderoso». Seguidamente apostilló: «Eso no va a suceder mientras yo esté al mando». Ya entonces la relación entre Estados Unidos y China era tensa, pero si traigo a colación estas declaraciones del presidente demócrata es para resaltar que en este punto el ‘establishment’ estadounidense comparte posiciones. No se trata sólo de Donald Trump y sus extravagancias personales. Republicanos y demócratas quizás no comparten acentos ni tonos, pero sí un objetivo general: frenar en todo lo posible el ascenso económico y político de China. Ese es el telón de fondo de una nueva guerra fría sobre la que tienen lugar todas las demás batallas políticas.
Estados Unidos ha abandonado el libre comercio para abrazar una nueva forma de mercantilismo que tiene como objetivo reconstruir su economía nacional y blindar su privilegiada posición en la economía-mundo. Para ello utiliza al Estado, no sólo con políticas comerciales convencionales sino también con la coerción y la amenaza. La narrativa oficial es clara: todo es por seguridad nacional. Se trata de un recurso habitual que emplean los países para justificar su intervención en las redes comerciales, y que incluso el padre de la ‘mano invisible’, Adam Smith, utilizó para defender las Leyes de Navegación del imperio británico. Ahora la seguridad nacional estaría amenazada porque el ‘taller del mundo’ asiático se está convirtiendo en la primera potencia tecnológica (especialmente en tecnologías vinculadas a la transición energética y a la inteligencia artificial). Y una de las líneas de defensa de Estados Unidos es el recurso a la clásica medida neomercantilista de poner trabas comerciales a los adversarios.
No perdamos de vista ese telón de fondo. El 16 de julio dos políticos republicanos, que ostentan la presidencia de los comités de inteligencia de Congreso y Senado, pidieron revisar los contratos de intercambio de información con España debido al riesgo de que información sensible cayera en manos del Partido Comunista Chino. La preocupación se justificaba por un contrato de almacenamiento informático que el Ministerio del Interior había firmado con la tecnológica Huawei, lo que aparentemente abriría la puerta al espionaje por parte de la administración china. La derecha española hizo suya la posición sin fundamento de los políticos estadounidenses y el Partido Popular, como de costumbre, consideró que con este contrato el gobierno de España estaba poniendo en riesgo la seguridad de España y la de sus aliados e incluso intentó hacer creer que había una conspiración entre el expresidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, y la administración china.
La tensión EEUU-China cristaliza con facilidad en la Unión Europea, siempre presta a inclinarse ante las demandas de Estados Unidos. Ya en el año 2020, la Unión Europea aprobó una norma sobre seguridad digital que instaba a los países miembros a excluir a las empresas chinas de las infraestructuras tecnológicas europeas. Dos años más tarde se aprobó en España la ley de ciberseguridad, que explícitamente permite el veto a determinadas compañías por la posible exposición a gobiernos extranjeros. Algunos desde dentro del gobierno nos opusimos a ese planteamiento, aunque finalmente se terminó convalidando en el Congreso. Sin embargo, mientras en otros países se ha hecho público el veto a Huawei y otras compañías chinas, en España no se ha llegado a dar todavía ese paso.
No quisiera menospreciar los riesgos que implica nuestra casi total dependencia tecnológica frente a las grandes compañías. La cuestión es que resulta sospechoso desconfiar preventivamente de las compañías chinas y no, por ejemplo, de las estadounidenses, cuando al menos desde las revelaciones de Edward Snowden sabemos que empresas americanas como Google, Microsoft, Facebook o Apple han participado en programas de videovigilancia masiva de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) de Estados Unidos que implicaban la recopilación y registro de correos electrónicos, mensajes y llamadas. Siendo esto así, la razón del veto contra empresas chinas apunta más a una razón político-comercial que técnica.
Mientras Estados Unidos extiende sus líneas defensivas en los países europeos, Donald Trump también desarrolla líneas ofensivas. La semana pasada se supo que las empresas estadounidenses Nvidia y AMD, productoras de chips -donde todavía la ventaja americana es muy superior-, pagarán al gobierno de EEUU el 15% de sus ingresos por ventas de ciertos chips en China. Esta medida es claramente un impuesto a la exportación, y probablemente Donald Trump podrá usar esos fondos para lo que quiera. La respuesta de China ha sido la de recomendar a sus empresas no comprar estos chips estadounidenses, a pesar de que los que allí se venden no son los más avanzados porque la legislación de EEUU tiene restringida su venta.
Todo esto sucede mientras prosiguen las negociaciones sobre la guerra comercial, ya que ambos países se han dado 90 días de tregua arancelaria. El telón de fondo sigue siendo el mismo, y las escaramuzas y batallas se producen en todas las regiones. Sin duda a la Unión Europea y a España le merecería la pena una suerte de neutralidad tecnológica, incorporando los avances tecnológicos procedentes de otros países mientras desarrolla su propia industria y sus cadenas de suministro. Sin embargo, hay quien, incluso aceptando esta idea, prefiere no molestar a Estados Unidos en la creencia de que así los beneficios serán mayores que los costes. Quizás esa es la posición de la derecha española, que es patriota selectivamente y a tiempo parcial. A pesar de todo, como el último incidente demuestra -y no será el último- para Estados Unidos y Donald Trump nunca estás suficientemente genuflexo.
La pregunta es simple: ¿seguirá Europa obedeciendo como vasallo en esta guerra comercial y tecnológica, o tendrá el coraje de definir una autonomía real que la saque de la sombra de Washington? Porque mientras Estados Unidos redefine el mercantilismo en su propio beneficio y China se afianza como potencia tecnológica, la Unión Europea parece resignada a ser un campo de batalla, no un actor. Y si no rompe pronto con esa lógica de subordinación, no será Pekín quien le robe el futuro: será la propia ceguera europea.