El nuevo Museo Thyssen de Barcelona: un riesgo de catástrofe sin el debate necesario

El nuevo Museo Thyssen de Barcelona: un riesgo de catástrofe sin el debate necesario

El futuro del antiguo Cine Comedia exige considerar no solo los aspectos urbanísticos, arquitectónicos y patrimoniales, sino también el modelo de ciudad que Barcelona quiere para sí misma

El fondo inversor Stoneweg compra el antiguo cine Comedia para el futuro museo de Carmen Thyssen de Barcelona

Decía Lluís Permanyer, el cronista contemporáneo más influyente de Barcelona, que uno sabía que estaba en esta ciudad cuando, al entrar con desconocidos en un ascensor, en lugar de hablar del tiempo emergía un debate sobre la última controversia arquitectónica. El asunto que hoy encendería la conversación sería la ampliación del antiguo Cine Comedia para acoger el Museo Carmen Thyssen, un proyecto que ha movilizado a arquitectos, urbanistas, historiadores, entidades vecinales y a buena parte del sector cultural, y cuya transformación el cronista tildó de “catastrófica” semanas antes de morir.

El conflicto ha ganado intensidad. El Col·legi d’Arquitectes de Catalunya (COAC) ha pedido al alcalde, Jaume Collboni, suspender la tramitación urbanística actualmente en exposición pública y replantear el proyecto mediante un proceso participativo acompañado de un concurso de ideas.

El COAC reconoce el atractivo cultural de ubicar en Barcelona una parte destacada de la colección Thyssen, pero advierte de que la propuesta actual supone un incremento volumétrico muy relevante, altera la fisonomía de uno de los cruces más emblemáticos de la ciudad (Passeig de Gràcia con Gran Via) y consolida actividades comerciales en un solar históricamente destinado a equipamientos, sin que se haya explicado con claridad qué compensaciones o beneficios retornan a la ciudadanía para justificar una alteración de planeamiento de tal magnitud.

El debate sobre el futuro del antiguo Cine Comedia exige considerar no solo los aspectos urbanísticos, arquitectónicos y patrimoniales, sino también el modelo de ciudad que Barcelona quiere para sí misma. Bajo el atractivo nombre de Museo Thyssen, inevitablemente asociado al prestigio del museo madrileño, cuya colección financia el Estado con 6,5 millones anuales mediante un contrato de alquiler con Carmen Thyssen, la ciudad no puede permitir que se oculte una operación que, más que cultural, pueda responder a una lógica especulativa destinada a reforzar la economía turística y acelerar la expulsión del tejido vecinal.

Todo apunta a que la eventual sede barcelonesa acogería un conjunto reducido de obras menores, insuficiente para justificar por sí solo un proyecto de esta envergadura, lo que hace temer que el auténtico motor de la operación sean los metros cuadrados comerciales y de restauración previstos. Si para ello, además, se fuerza hasta el límite un edificio de valor patrimonial ya intervenido y reparado repetidas veces a lo largo del último siglo, quizá convenga plantearse si tanto el proyecto como el emplazamiento son los adecuados.

Un debate institucional urgente

En un acto celebrado el pasado 20 de noviembre, el decano del COAC, Guim Costa, anunció que el documento crítico, firmado por una amplia mayoría de los órganos del colegio y dirigido al Ayuntamiento y a la Generalitat, reclama, sobre todo, un impulso más amplio del debate, mayor transparencia en la tramitación y la apertura de un proceso de ideas que permita considerar alternativas arquitectónicas y urbanísticas.

El COAC celebra que Barcelona recupere la aspiración de acoger una colección Thyssen, pero al mismo tiempo pide que se valore la arquitectura como herramienta de ciudad, lamenta la ausencia del Ayuntamiento en el debate y propone dejar sin efecto la modificación prevista para abrir un proceso participativo real, con estudios museográficos, patrimoniales y económicos que aún no se han hecho públicos.

Costa fue directo al señalar el conflicto que observan los arquitectos: “El Ayuntamiento actúa como regulador de la operación urbanística, pero también como promotor en la medida que accede a modificar el Plan General Metropolitano (PGM). Esa doble condición exige una justificación aún mayor, que hasta ahora no se ha producido”. También lamentó que ningún representante del consistorio asistiera a la sesión, ni tampoco ningún arquitecto de OUA Group, estudio que redacta el proyecto junto al fondo Stoneweg.


Carmen Thyssen y su hija, la semana pasada en una visita de prensa al Comedia

El decano recordó que la adecuación del edificio para el futuro museo no es una mera reforma, sino una transformación a gran escala que exige alterar de forma sustancial la volumetría, el techo edificable y la función permitida en la parcela. De ahí la insistencia del COAC en abrir un concurso de ideas y en reclamar informes museográficos, patrimoniales y económicos antes de seguir adelante.

El Palau Marcet, donde se ubicaría el museo, está catalogado como equipamiento 7a; el proyecto propone reclasificarlo como 7c, es decir, como equipamiento metropolitano. El cambio, según Sebastià Jornet, presidente de la Agrupación de Urbanistas del COAC (AAUC), “no es técnico ni neutro”, puesto que permite una ampliación muy significativa del volumen construido y del techo edificable. Y en un barrio, la Dreta de l’Eixample, que ya está sometido a una presión turística muy elevada frente a una falta de equipamientos histórica.

Los números son contundentes: el PGM vigente establece un máximo aproximado de 6.000 m² y el proyecto plantea alcanzar 11.000 m². Además, incorpora más de 2.500 m² de uso comercial, destinados previsiblemente a tiendas y restauración. Jornet señaló que esos 2.500 m² de comercio, difíciles de justificar como parte de un equipamiento cultural, generan una duda de fondo. “No conozco ningún museo que reserve esa superficie tan grande a usos comerciales. ¿A qué responde realmente esta operación? ¿Qué gana la ciudad en retorno urbano con este tipo de equipamiento de carácter privado? ¿Qué compensaciones se proponen?”, se pregunta Jornet. Por ahora, no se ha presentado ningún plan de mejora del espacio público ni zonas verdes ni soluciones de movilidad.

¿Qué queda realmente del Palau Marcet?

El Palau Marcet, donde se prevé ubicar el museu, ya figuraba trazado en 1854, durante el derribo de las murallas de Barcelona, anticipando el futuro eje burgués por excelencia de la ciudad. El arquitecto Antoni Vilanova desgranó la sucesión de capas históricas superpuestas en el edificio: la conversión en teatro en 1934 cambió su interior, pero mantuvo prácticamente inalterada la fachada original; después se abrieron huecos comerciales y añadieron elementos como la marquesina; y partir de 1941 fue sede de actos multitudinarios vinculados con la dictadura. En 1989 se renovó parte de la fachada incorporando piezas de mármol y se transformó en cine.

Del interior del Palau Marcet no queda prácticamente nada original. Lo que sigue contando para la memoria colectiva es la envolvente: fachada, cubierta visible y volumen general que todavía conserva rasgos reconocibles del edificio de 1887. Vilanova advirtió que el proyecto del futuro Museo Thyssen implica una alteración excesiva de esa identidad acumulada durante casi siglo y medio. A su juicio, la reforma proyectada “cambia de raíz la relación entre el edificio y la ciudad y hace perder su carácter identitario”.

La crítica vecinal: especulación, opacidad y falta de participación

Las entidades vecinales también han sido muy críticas con la operación. La Federación de Asociaciones Vecinales de Barcelona (FAVB) ha presentado alegaciones en las que califica el proyecto de “operación especulativa” articulada a través de una modificación del PGM hecha a medida del promotor privado Stoneweg, que obtendría un incremento de edificabilidad no justificado. Según la federación, esta ampliación del 25% rompe las reglas que rigen en el Eixample y desprotege el Palau Marcet, cuya volumetría histórica Patrimonio exige preservar.

Otra preocupación central es la sostenibilidad económica del equipamiento: mientras el Thyssen de Madrid depende de financiación pública estatal, en Barcelona el equilibrio se lograría mediante el incremento del techo edificable y la explotación de más de 2.500 m² de comercio y restauración, lo que para la FAVB confirma que la operación está orientada a la rentabilidad del promotor más que al interés cultural.

Un proyecto catastrófico”

Sobre el edificio existente, Permanyer recordaba que buena parte de lo que hoy se percibe como histórico no lo es: el lateral junto al actual Hotel Avenida Palace es una ampliación de 1995 para alojar nuevas salas de cine, la entrada se rehizo entonces con mármol blanco y las grandes intervenciones verticales para cartelería alteraron su fisonomía original.

Del interior, señalaba, “ya no queda prácticamente nada”: solo persiste, oculto tras un panel, un escudo franquista colocado en 1941. Por eso advertía que la discusión no podía apoyarse en una supuesta integridad patrimonial que, en realidad, es parcial y errática. Y veía con especial preocupación que la operación no se limitara al museo, sino que incorporara un volumen posterior de grandes dimensiones destinado también a usos comerciales y restauración. Su conclusión era tajante: si se quiere preservar, debe hacerse con rigor; si no, quizá sería más honesto derribarlo y construir un edificio contemporáneo que dialogue de verdad con su entorno, en vez de justificar una ampliación que, a su juicio, desvirtúa una de las esquinas más significativas del Eixample.

Antes de avanzar, Barcelona debe saber si aspira realmente a una colección de relevancia equiparable a la de Madrid o si corre el riesgo de obtener una versión ampliada del modelo del Moco Museum en una esquina donde ya cuesta abrirse paso entre la muchedumbre.