Tu parte del pastel
La primera vez que escuché a Jimmy Cliff fue en un garito del barrio chino de Alicante. La luna flotaba en el cielo y el disco The Harder They Come traía toda la ternura de lo sencillo, el aliento de una música que se deja tocar apurando la colilla con la punta de los dedos
La primera vez que escuché a Jimmy Cliff fue en un garito del barrio chino de Alicante. La luna flotaba en el cielo y el disco The Harder They Come traía toda la ternura de lo sencillo, el aliento de una música que se deja tocar apurando la colilla con la punta de los dedos. Porque el reggae es la música que mejor le sienta a la marihuana. Además, está hecha para reírse de la muerte.
Yo lo dejé hace años, pero entonces medía mi tiempo por los canutos que caían entre una cosa y la siguiente. Fumaba más que mentía, y mentía lo suficiente como para dedicarme al oficio más antiguo del mundo: el de contar historias. Luego, tuve ocasión de ver la peli de Jimmy Cliff, lo recuerdo bien; la pusieron en el Covadonga, el cine aquél que quedaba por donde la fábrica de Danone y que todo el mundo conocía como el Covacha.
Fue en una sesión cargadita de litronas y envuelta en el meloso aroma del jachís dominguero. El sabor de la resaca me arrastraba hasta Kingston acompañando a Jimmy Cliff, un muchacho al que la vida golpea con engaños. Tal vez, con esa película aprendí que aunque uno decida escribir a blanco y negro, siempre tiene que estar abierto a dejarse salpicar por el color. La película The Harder They Come, que aquí se tituló Caiga quien Caiga, llevaba y traía todo el sol del ritmo africano cuando llega a una tierra esclava y evoluciona, juntándose con otras músicas como el calipso y el rhythm and blues, dando lugar al ska, un estilo de música festero que vino a ser vampirizado por los hijos de la Gran Bretaña.
Grupos como Madness o Joe Jackson -en su primer disco- randaron los ritmos de la negritud para alcanzar las listas de éxito en la Inglaterra de la nueva ola. El ska se convirtió en una moda cuyo valor de cambio superó al valor de uso en los escaparates de Carnaby Street. Estamos hablando de finales de los setenta, cuando Sid Vicious era un cadáver andante que se dirigía al hotel Chelsea armado con un cuchillo. La contracultura también puede ser un negocio. Y en esas andaba el mundo mientras yo bailaba en un garito del barrio chino de Alicante, siguiendo los pasos de un ritmo que se dejaba fumar. La luna se mostraba fecunda, y Marx, Engels, Bakunin y Proudhon me estaban esperando a la vuelta del calendario. Pero, hasta ese momento, yo entregaba mi conciencia crítica a una música que sabía rico, que sabía a yerba.
Por lo demás, Sid Vicious acabó apuñalando a Nancy Spungen -su novia rubia- en la bañera de una habitación del hotel Chelsea. Y Jimmy Cliff siguió cantando hasta el otro día, que nos dejó para siempre. Ahora andará comiéndose el pastel de marihuana que lo esperaba en el cielo, disfrutándolo con el gusto del que sabe que a la muerte le quedan los días contados.