Una exigencia democrática
«La memoria construye convivencia e interpela también a la democracia. Cada una de las personas asesinadas en Gernika tenía un nombre, un origen, una historia y una dignidad inalterable»
Crucita Etxabe y Mari Carmen Aguirre. Dos niñas de apenas 6 años. Levantan la mirada y ven aviones volando bajo. Y, en un pequeño instante, en un simple abrir y cerrar de ojos, todo cambia. Explosiones, gritos de dolor, cuerpos carbonizados, el cielo teñido de rojo al anochecer. El infierno cae sobre ellas. Gernika está siendo bombardeada. Al contrario que otras muchas personas, sobreviven para contarlo. Y hoy conocemos su testimonio, el terrible horror que padecieron.
La mayoría tenemos pocos recuerdos de edades tan tempranas, pero ellas conservan grabada a fuego en la memoria aquella traumática vivencia. Una frase lo resume a la perfección. “Tenemos las llaves, pero no tenemos casa”, recuerda Crucita que dijo su ama. En esta semana en la que hemos mirado atrás, creo que es más oportuno que nunca recordarnos que hoy también hay pueblos que sufren el mismo horror en todo el mundo en forma de guerras y conflictos armados. Unos hechos de terribles consecuencias humanas que deberíamos desterrar para siempre. Sirvan estas líneas para solidarizarme con todos ellos.
El pueblo de Gernika, que representa al Pueblo Vasco, fue reducido a cenizas hace 88 años. Trato de ponerme en el lugar de las víctimas y de los familiares que perdieron a sus seres queridos. Una vida entera sin un perdón, sin nadie que reconociera su horror y sufrimiento. Sin nadie que admitiera su responsabilidad, sin atisbo de verdad, justicia o reparación. Sufriendo, además, décadas de embustes, escuchando al régimen nacido de aquella barbarie afirmar hasta su final que “la España de Franco no incendia”.
Tras la mentira, llegó el silencio. Seis décadas de silencio hasta 1996. Ese año el Parlamento alemán, el Bundestag, aprobó donar 3 millones de marcos (1,5 millones de euros) para la reconstrucción del polideportivo de Gernika. Fue un primer gesto de resarcimiento. Un año después, el presidente alemán Roman Herzog escribe una carta oficial reconociendo la responsabilidad del Estado alemán en la acción realizad apor la aviación que ayudaba al ejército franquista. Esa carta fue leída por el embajador en euskera, castellano y alemán en Gernika ante 15 0emocionados supervivientes: “Les ofrezco a ustedes, que todavía llevan en las entrañaslas heridas del pasado, mi mano abierta en ruego por la reconciliación”. Un año más tarde, el Bundestag, a través de una resolución, ratificaría por unanimidad esa carta.
Este pasado viernes Alemania ha dado un paso más. El presidente de la República, Frank-Walter Steinmeier, ha visitado Gernika. Es un ejercicio de responsabilidad histórica, de compromiso ético y político con la paz, la democracia y la reconciliación. Un gesto que demuestra que la memoria y la reparación son deberes que no prescriben. Son un puente entre el pasado y el futuro que, lejos de dividir, como algunos sostienen, sirven para unirnos en la defensa de los valores humanos y acercarnos al dolor de las víctimas. Aplaudimos, reconocemos y agradecemos el gesto del Presidente Steinmeier.
El alcalde de Gernika, Eduardo Vallejo, tras escucharla lectura de la carta del presidente Herzog en 1996, afirmó que “un gesto del Estado español sería bien recibido por los vascos”. Es lo mismo que reclamé en el Parlamento Vasco hace ocho días al pedir a quien asume la máxima representación del Estado que demuestre la misma altura y visión de los presidentes Herzog y Steinmeier.
Este viernes, desgraciadamente, aparecía vandalizado por quienes siguen sin respetar los principios éticos y democráticos en Euskadi el mural del ‘Guernica’ que con su “bendita terquedad” promovió el propio alcalde Vallejo, al no lograr que el cuadro de Picasso viniera a Euskadi. En todo caso, su legado e iniciativa siguen estando muy presentes y más vivos que nunca.
Han pasado 88 años del bombardeo y 50 de la muerte de Franco, pero en Gernika, Crucita y Mari Carmen siguen esperando del Estado español ese reconocimiento sincero del daño causado. Euskadi lamenta que se haya dejado pasar esta magnífica oportunidad.
Se alega para excusar este reconocimiento que aquel ataque indiscriminado fue obra de un alzamiento militar contra un régimen democráticamente constituido, y que el Estado no tuvo nada que ver. Tampoco Herzog y Steinmeier tienen nada que ver con las atrocidades del régimen nazi de Hitler. Sin embargo, ambos han asumido su responsabilidad en favor de la reparación y la reconciliación como máximos representantes del Estado alemán.
A su vez, se argumenta que quienes lucharon en defensa de la República española fueron también objeto de represión. Se olvida, sin embargo, que los nazis persiguieron no solo a los judíos, también a opositores, disidentes políticos, personas negras, testigos de jehová u homosexuales -a quienes también pidió perdón Steinmeier como Presidente federal-.
Desde hace tres décadas, Alemania ha reconocido varias veces el daño causado y ha tratado de repararlo. Es lo que se espera de un Estado democrático, ni más ni menos. No se trata de expiar culpas. Estamos ante una cuestión moral y de principios, de responsabilidad histórica y compromiso con la democracia.
Hay más ejemplos. El socialdemócrata y opositor Willy Brandt huyó a Noruega y Suecia cuando Hitler alcanzó el poder. Aunque no tuviera ninguna relación con la masacre, no dudó, en 1970, siendo canciller, en arrodillarse delante del monumento a los Héroes del Gueto pidiendo perdón por los crímenes de la era nazi.
Como Angela Merkel en el año 2019, en su visita a Auschwitz, cuando en un momento en que la extrema derecha alemana abogaba por acabar con la cultura del arrepentimiento, llegó a decir que la memoria de los crímenes nazis era inseparable de la identidad alemana.
A pesar de sus dispares convicciones ideológicas, ambos entendieron que personificaban al Estado alemán, un Estado que no tenía nada que ver con el nacionalsocialista, y ambos asumieron su parte de responsabilidad. Algo que seguimos esperando por parte del Estado español.
Es necesario recordar también el deseo del dictador Franco de minar la moral de Euskadi y dar un escarmiento, facilitando el ataque aéreo contra personas que no podían defenderse, tal y como ocurrió en otros bombardeos en nuestro País. Fue el general golpista Mola quien lo había advertido con crudeza semanas antes: “Si la rendición no es inmediata, arrasaré Vizcaya desde sus cimientos. Dispongo de medios para hacerlo”.
Frente a esta barbarie de Mola, Franco y Hitler es pertinente recordar hoy el contrapunto de las palabras del Lehendakari Aguirre en 1945 desde el exilio. En relación con la actitud del Pueblo Vasco ante el futuro afirmó que no debería guiarla “ni el odio ni la venganza, sino el espíritu de fraternidad”. Esta idea tiene hoy plena vigencia. No se trata de reabrir viejas heridas, sino de afirmar la voluntad sincera de restañarlas, porque no se puede huir del pasado ni construir el futuro cerrando los ojos a la historia. Ni odio ni venganza.
La memoria construye convivencia e interpela también a la democracia. Cada una de las personas asesinadas en Gernika tenía un nombre, un origen, una historia y una dignidad inalterable. Y esto debemos tenerlo muy presente todas y todos los representantes institucionales, porque se lo debemos a todas y cada una de las víctimas.