“¿Los hombres ya no son caballerosos?”: lo que revela este eterno debate sobre la masculinidad y el amor
Bajo la apariencia del respeto, la caballerosidad ha sostenido durante siglos una jerarquía donde el hombre protege y la mujer agradece. Hoy, muchas personas cuestionan si estos gestos pueden resignificarse o si es hora de sustituirlos por una ética del cuidado mutuo
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Cada cierto tiempo resurge el mismo debate en redes sociales: ¿los hombres han dejado de ser caballerosos? La influencer Carolina Moura lo reavivó hace unas semanas con un TikTok en el que aseguraba que “nunca volvería a salir con un español por su dejadez y falta de caballerosidad”. Según ella, los hombres de otras nacionalidades que había conocido durante su estancia en Estados Unidos todavía conservaban ciertos gestos: abrirte la puerta del coche, preocuparse de que siempre tengas agua en el vaso o tomar la iniciativa para organizar una cita. En lo relativo a pagar la cuenta —otro clásico de estos debates—, Moura aclaraba que no esperaba que nadie la invitara, que podía pagarse sus cosas, pero que, más allá del dinero, “el acto de conquista ya no existe”.
Semanas después, las creadoras de contenido Carlota Marañón y Sofía Hamela fueron preguntadas por este mismo tema. Marañón renegaba de la noción de “caballero”, aunque reconocía valorar ciertos gestos de atención. Mientras que Hamela admitía que ciertos gestos —como que el hombre le invite en la primera cita o que deje que vaya por el lado interno de la acera en señal de protección— le resultaban agradables.
Cada vez que se enciende esta conversación, reaparece la misma duda: ¿qué se espera hoy de los hombres? ¿Qué gestos siguen siendo deseables? Y, ¿qué valor tiene la caballerosidad en un mundo que dice aspirar a la igualdad?
La caballerosidad como espejo de identidad
La caballerosidad, también conocida como galantería, nació como un código de honor ligado a la caballería, que, con el tiempo, se transformó en un conjunto de gestos de “amabilidad” que suelen producirse de un hombre hacia una mujer. Estos gestos —insistir en pagar la totalidad de la cuenta, dejar que ella pase primero o abrirle la puerta del coche— se han asociado durante mucho tiempo con el respeto, la educación o el interés romántico. Sin embargo, pocas veces se ha señalado que, en muchos casos, estos actos nacen del impulso de controlar, proteger y decidir por el otro. “Pueden funcionar como un estímulo reforzante o aversivo dependiendo del contexto y de la historia de aprendizaje de quien lo recibe”, explica Desirée Llamas, doctora en psicología.
Los psicólogos Susan Fiske y Peter Glick definieron este tipo de comportamientos como “sexismo benevolente”: una forma de discriminación disfrazada de amabilidad. Son actitudes que parecen protectoras pero que mantienen a las mujeres en un rol subordinado. Frases como “yo siempre pago la cuenta porque las mujeres merecen ser tratadas como reinas” suenan respetuosas, pero en el fondo reafirman al hombre como sujeto protector y a la mujer como objeto de cuidado.
Los psicólogos Susan Fiske y Peter Glick definieron este tipo de comportamientos como ‘sexismo benevolente’: una forma de discriminación disfrazada de amabilidad
La caballerosidad, en ese sentido, tiene mucho que ver con la construcción de la identidad masculina, que históricamente se ha definido en contraposición a lo femenino. La socióloga Begonya Enguix Grau recuerda que la noción tradicional del “hombre” es que “no es niño, ni mujer, ni homosexual. La identidad masculina se ha construido principalmente como rechazo de la feminidad y de los valores que la configuran estereotipadamente”.
A día de hoy, en una sociedad en la que las mujeres han conquistado muchos de los ámbitos que antes estaban exclusivamente reservados a los hombres —el trabajo, la independencia económica o la expresión sexual—, el gesto caballeroso, en oposición al “macho agresivo”, se mantiene como una de las últimas formas socialmente aceptadas de “ser hombre”. Como señala el artículo Y ahora… Cómo te demuestro que no soy mujer, de Diego Eróstegui Navia, investigador de la Universidad Católica Boliviana San Pablo, “el ser caballero permite a los chicos de hoy reproducir una masculinidad patriarcal, personificar al hombre antiguo que la sociedad les pide ser. Y, al mismo tiempo, adaptarse a un nuevo contexto de igualdad de género”.
De este modo, un hombre que no es caballeroso se percibe como insuficientemente masculino, y su falta de galantería se castiga socialmente con etiquetas como “princeso”: un término que se ha popularizado en redes sociales para ridiculizar a los hombres “demasiado sensibles” o que no reproducen esos gestos de cortesía masculina. La caballerosidad, por lo tanto, solo puede funcionar en una dirección, ya que construye al hombre a partir de la “mujer seducida” que acepta y valida el gesto.
La falta de galantería se castiga socialmente con etiquetas como ‘princeso’: un término que se ha popularizado en redes sociales para ridiculizar a los hombres ‘demasiado sensibles
Esto ya lo advertía la filósofa Simone de Beauvoir en El segundo sexo al decir que “un hombre es juzgado por sus semejantes de acuerdo con lo que hace […] pero algunas de sus cualidades sólo pueden interesar a la mujer; sólo es viril, encantador, seductor, tierno, cruel, en función de ella”. Es decir, el hombre necesita que la mujer acepte su gesto para confirmarse como sujeto.
Por eso, cuando esa validación no llega, se percibe casi como un agravio. Es lo que experimentó María, de 31 años, cuando un hombre dejó salir primero del metro a su amiga y a ella con el clásico “las mujeres primero”. Cuando ninguna de las dos se lo agradeció ni le sonrió, “él empezó a balbucear entre dientes ‘hay que ver las tías, qué amargadas’. Si fueras tan caballero no necesitarías ni anunciarlo ni esperar algo a cambio, yo no te debo nada”, recuerda.
Entre la celebración, el rechazo y el malentendido
Hoy en día, lo cierto es que la caballerosidad es percibida por las mujeres de formas muy diferentes. Puede resultar un valor atractivo incluso para mujeres que se autodenominan feministas, como es el caso de Andrea, de 34 años, que asegura “sentirse inmensamente atraída por ese tipo de varón”, algo que relaciona con “una adolescencia complicada” en la que, más que querer sentirse poseída por ese tipo de hombre, anhelaba “poseer esa inmensa libertad que percibía en él”. En ese sentido, no resulta atractiva la caballerosidad en sí misma, sino quien la encarna.
Hay también quienes, como Sofía (nombre ficticio), de 39 años, se sienten frustradas ante la falta de caballerosidad de algunos hombres que “se han acomodado, que no han cambiado lo malo y se han adueñado de lo bueno, convirtiéndolo en la ley del mínimo esfuerzo”. A pesar de definirse como feminista y de abogar por relaciones igualitarias, Sofía confiesa que esa ausencia de gestos de cuidado le genera “cero recompensas y el doble de carga, fomentando aún más el juego de roles de género”.
Bajo la apariencia del respeto, la caballerosidad ha sostenido durante siglos una jerarquía donde el hombre protege y la mujer agradece.
Un sentimiento similar expresa Elísabet, de 34 años, al hablar de sus amigas solteras, también feministas, pero muy receptivas ante ciertos gestos de atención: “No creo que sea tanto por el cortejo y cosificación, sino que muchas me refieren citas desastrosas: tíos cero interesantes, faltosos, babosos, soberbios y, sobre todo, con poca capacidad y profundidad emocional. Por eso terminan valorando cualquier detalle que refleje ‘cuidado’ como un gesto casi extraordinario”.
Según la psicóloga Desirée Llamas, esto ocurre porque determinados gestos se perciben como una forma de “atención y delicadeza. Cosas que, en realidad, todas las personas necesitamos y que, en esta sociedad, se asumen como ‘una aguja en un pajar’. Por eso es fácil que se asocie la caballerosidad con algo positivo”. Pero, matiza, la diferencia está en la función del gesto: “Si nace de una regla tipo ‘las mujeres no deben pagar y por eso debo hacerlo yo’, mal; si el propósito es ser amable con una persona en general, genial”.
Determinados gestos se perciben como una forma de atención y delicadeza. Cosas que todas las personas necesitamos y que, en esta sociedad, se asumen como ‘una aguja en un pajar’. Por eso es fácil que se asocie la caballerosidad con algo positivo
Esa carga simbólica negativa de los gestos es precisamente lo que lleva a algunas mujeres a rechazar la caballerosidad. Celia, de 29 años, recuerda que al inicio de la relación con su actual pareja —con quien había salido brevemente años atrás—, él era bastante tradicional en los gestos que consideraba propios de un hombre: “No era nada machista en cuanto a pensar qué puede hacer una mujer, pero sí en hábitos de cortejo: invitar al cine y pagar, sujetar la puerta, etc. Era superromántico hasta el punto de darme cringe”, relata. Lo que realmente le incomodaba no era el gesto en sí, sino las expectativas que generaba en ella: “Siempre he sido bastante ‘masculina’ —lo que en inglés se llama tomboy—, y creo que el hecho de que él siguiese esos patrones de caballerosidad fomentaba que yo pensase que tenía que corresponder siendo el prototipo de novia de la posguerra: casta, modesta, hiperfemenina… Aunque él lo hacía con la mejor intención, para mí marcaba el tono y las expectativas de la relación”.
Además, Celia añade que, aunque hoy se identifica como mujer bisexual, en aquel momento no lo hacía abiertamente, y cree que esa ambivalencia sobre qué significaba “ser mujer” en relación con su deseo también influía en su malestar: “Me hacía sentir que él no me veía por quien yo era, sino como un sujeto que encajaba en un rol”.
La cuestión de las expectativas y la falta de entendimiento es algo que también afecta a los propios hombres. Roberto (nombre ficticio), de 45 años, asegura que “no le da importancia a la caballerosidad”, pero admite que “dejar pasar en una puerta se interpreta por muchas mujeres como una muestra de esa vieja caballerosidad tan rancia, y directamente te sitúa como una momia del pasado. Y la chica puede sentirse ofendida o incomodada”. Ante esta multiplicidad de malentendidos, Llamas explica que “muchos hombres evitan actuar para no ‘meter la pata’, y muchas mujeres evitan aceptar ciertos gestos para no parecer dependientes, lo que genera un ecosistema conductual bastante caótico”.
Dejar pasar en una puerta se interpreta por muchas mujeres como una muestra de esa vieja caballerosidad tan rancia, y directamente te sitúa como una momia del pasado. Y la chica puede sentirse ofendida o incomodada
El horizonte de la caballerosidad
Ante la pregunta de qué hacer hoy con la caballerosidad, el psicólogo experto en masculinidades, Jesús Moreno, miembro la Fundación Iniciativa Social, explica que un ejemplo del “caballero moderno” al que aspirar podría tomar la forma de Pedro Pascal. El actor ha sido celebrado por ayudar a sus compañeras de reparto cuando se ajustan los vestidos sin mostrar un objetivo sexual, y por mostrarse igual de atento y educado con sus compañeros hombres. Su forma de estar en el mundo —cercano, empático y sin actuar virilmente— encarna un tipo de amabilidad que muchas personas, con independencia del género, encuentran deseable. Y eso, paradójicamente, enfurece a ciertos hombres que representan la “caballerosidad tradicional”.
Por lo tanto, Moreno se pregunta entonces si el horizonte de la caballerosidad no será, en realidad, tratar a las mujeres como iguales y practicar una ética del cuidado mutuo. “La caballerosidad parte de la verticalidad, es una cuestión eminentemente egoísta”, explica, mientras que los objetivos que se marcan desde el feminismo son más horizontales. Lograrlo implica construir un nuevo lenguaje relacional, más comunicativo y consciente. “Se trata de preguntar, negociar y contextualizar”, apunta Llamas. “No asumir lo que el otro espera o interpreta, sino observarlo y hablarlo.”
Una visión con la que coincide Moreno, y añade que el desafío pasa por “habilitar espacios de escucha” y “enfocar la intervención y el discurso hacia lo relacional: no tanto en lo que hombres o mujeres hacen de forma independiente, sino en cómo esas acciones encajan en la dinámica de género y las repuestas que generan”. De esta forma, se conseguirá “aprovechar esa falta de entendimiento mutuo para poner en entredicho cosas que eran inercias”, y conseguiremos que “esa incomodidad nos lleve a que los hombres deseen mejorar las relaciones que tienen con las mujeres y con el mundo en general”, concluye.