La derecha se atrofia en la calle: no es una buena noticia
Una manifestación la convoca cualquiera, incluso Vox, como de hecho sucede hoy. Sin embargo, sólo el PP tiene 137 escaños en el Congreso. De forma asombrosa, se comporta como si no los tuviera
El PP vuelve hoy a manifestarse, poniendo en evidencia su atrofia política. Las conexiones neuronales que no se usan se debilitan. Del mismo modo, las capacidades políticas que no se utilizan se pierden. El PP ha dejado de hacer política. Incluso ha olvidado cómo hablar de política.
Cualquier estrategia de cualquier partido tiene un objetivo básico: ganar base electoral para su causa y no perder los apoyos que ya tiene. En el ecuador de la legislatura, está clara la debilidad del Gobierno, abocado casi a un bloqueo. Pero precisamente porque ha perdido apoyos, sería de esperar que el PP hubiera ganado alguno. Pues no. Eso sí, lo mismo que desconfía en su capacidad de hacer política, confía en que otros la hagan por ellos: Feijóo ha pedido a los empresarios catalanes que convenzan a Junts y ERC de apoyar una moción de censura. Cosas veredes.
A día de hoy el PP está igual que en noviembre del 23: 137 escaños. Si hubieran dedicado este tiempo a hacer política, las cosas serían de otro modo. El trabajo político de un partido de oposición ocurre en el Congreso, no en la calle. Por supuesto, me refiero a tender puentes con Junts, pero no sólo. También a hablar con todos y buscar puntos de encuentro. Una derecha democrática que hubiera jugado sus cartas con inteligencia podría hoy plantear iniciativas creativas, o al menos usar el Congreso como escaparate de una alternativa, como hizo Felipe González en 1980: perdió una moción, pero ganó las siguientes elecciones.
Una manifestación la convoca cualquiera, incluso Vox, como de hecho sucede hoy. Sin embargo, sólo el PP tiene 137 escaños en el Congreso. De forma asombrosa, se comporta como si no los tuviera. El hemiciclo es el lugar donde cristaliza la oposición, es allí donde se convierte en Gobierno. La Carrera de San Jerónimo es su reino y 137 escaños valen oro. En cambio en las calles, mano a mano con Vox, su valor se iguala a los 33 asientos de Vox.
El PP también ha antepuesto los tribunales a la vida parlamentaria. Y no les ha salido bien, aunque parezca lo contrario. El fallo contra el fiscal general del Estado, anunciado con precipitación, coincidiendo con el 20N, y sin sentencia, se les ha vuelto en contra. Ha servido para aglutinar los apoyos del Gobierno de coalición y fundamentar la sensación de que algo está muy averiado en el Poder Judicial. Todo lo que aumenta la desconfianza en las instituciones beneficia a Vox, algo que el PP parece no comprender.
El Partido Popular cifra su éxito en estrategias y actores que no puede controlar. Otro ejemplo: el llamado caso Begoña. Hasta el abogado de Manos Limpias ha abandonado el caso, porque se ha convertido “en una controversia política y mediática”. Así lo ha dicho. Literal. Y eso refuerza las tesis del lawfare contra el Gobierno.
Lo cierto es que Feijóo ni siquiera parece controlar las dinámicas de sus barones. El espectáculo de entrega a Vox visto en Valencia otra vez, y las malas perspectivas en Extremadura consolidan la impresión de su mermada capacidad política. Unos días su actuación beneficia a Vox; otros, al Gobierno. Pero, ¿cuándo la estrategia del PP le sale bien al PP? O para ser precisa: ¿Tiene Feijóo algún plan distinto de cruzar los brazos y dejar que otros marquen su camino?
No es casualidad que estos días hayan lanzado advertencias tanto Rajoy (“a un extremista no se le puede oponer otro extremista”), como Aznar (“alimentar la frustración es alimentar posiciones extremistas”). Lo ven desnortado. Y no es buena noticia. En pleno auge de la ultraderecha, España necesita que sus conservadores tengan un liderazgo fuerte, valiente y de ideas claras. Así podríamos confiar en que articulara una narrativa conservadora, pero democrática. Si algo demostró la Transición es que cuando la derecha apoya la democracia y se arriesga por ella, logra acuerdos transversales. La fortalece. Hacer política sigue siendo hoy la forma de defenderla.