Cuando el futuro rural es femenino: las mujeres que sostienen la Laponia asturiana

Cuando el futuro rural es femenino: las mujeres que sostienen la Laponia asturiana

El 7 de diciembre, cuando las luces se enciendan, El Cuto volverá a brillar como un pequeño universo navideño porque sus vecinas decidieron que la ilusión también puede ser un proyecto comunitario

Asturias, un “refugio climático” tras el verano con más turistas y crecimiento del empleo

A quien llega por primera vez a El Cuto, un pequeño núcleo rural en las colinas de Siero, le sorprende comprobar que allí la Navidad no empieza en diciembre. Ni siquiera en noviembre. Para muchas de sus vecinas, es casi una forma de habitar el pueblo. “Este año terminamos de recoger en enero y en febrero ya estábamos planificando lo siguiente”, cuenta entre risas Irene Pérez mientras recorre las calles de la aldea.

El año pasado, este rincón de Siero se convirtió en una inesperada atracción comarcal tras viralizarse sus decoraciones en redes sociales y medios de comunicación. En 2025 volverá a transformarse con una versión aún más ambiciosa. El encendido oficial será el 7 de diciembre, aunque las vecinas apuran hasta el último momento.

“Siempre hay algo que rematar. Y este año, entre las lluvias y el viento de mediados de noviembre, se nos complicó un poco más”, explica Azucena Díaz, impulsora de esta tradición desde hace casi dos décadas. El temporal movió piezas, despegó adornos y tiró figuras. “La lluvia se lleva bien, pero el viento… ese sí que es nuestro enemigo”, añade.


Así luce la Laponia asturiana.

Nuevos vecinos

La otra gran novedad de este año es que el equipo ha crecido. En los últimos meses han llegado nuevos vecinos, atraídos por la tranquilidad del entorno y sorprendidos —en algunos casos— por la estética navideña que cada invierno convierte El Cuto en una suerte de “Laponia en miniatura”. Irene Pérez lo celebra: “La gente nueva es muy maja y además se han sumado a decorar. Es una alegría porque podemos hacer muchas más cosas y creamos comunidad”.


En El Cuto se engalanan los hórreos y paneras.

Ese espíritu colaborativo se refleja en una de las propuestas más especiales de esta edición: un adorno común para todas las casas. La idea fue de Azucena y la ejecución de Irene. “Cuando me lo contó, pensé en preparar unas velas de madera. Al final hicimos 48, una para cada vecino”, relata mientras muestra una de ellas ya instalada en un alfeizar.

Artesanía y sostenibilidad

La iniciativa del año pasado, un buzón de donativos para sufragar parte de los gastos, también se mantiene junto al belén. Y fue un éxito inesperado. “Había días que a las once de la noche teníamos que salir a vaciarlo porque seguía llegando gente”, recuerda Azucena. “El día de Nochebuena ya era exagerado. Decíamos: ‘¿Pero esta gente no va para casa?’”, ríen.

Si algo distingue la decoración de El Cuto es la mezcla de luces y artesanía, junto al mimo con el que se trata a quienes lo visitan. Este año han añadido pequeñas papeleras de madera repartidas por todo el pueblo para mejorar la experiencia. La mayoría de las luces funcionan con pilas o son solares, una opción que evita problemas de cableado pero que implica costes crecientes: el año pasado usaron 386 pilas y este año esperan superar esa cifra. A eso se suman pintura exterior, madera, materiales y repuestos inevitables.


Una de las calles del pueblo, engalanada por las mujeres para la Navidad.

Un pequeño fenómeno

Ante esa realidad, el Ayuntamiento de Siero ha aportado este año una ayuda económica para la compra de material básico, como pintura o madera. “Esto sí que hay que agradecérselo”, reconoce Azucena. “Lo demás no pueden dárnoslo porque no tenemos asociación vecinal, y sin ella no podemos optar a subvenciones”, añade. A corto plazo, tampoco tienen intención de constituir una: no quieren burocratizar una actividad que nace de la ilusión. “Yo hago esto cuando puedo y cuando me apetece. Si se convierte en obligación, ya no es lo mismo”, concluye Irene.

El éxito del año pasado convirtió a El Cuto en un pequeño fenómeno. Las luces atrajeron coches a diario, curiosos de toda la comarca e incluso a la Guardia Civil, que en más de una ocasión tuvo que regular la carretera ante la avalancha de vehículos. “Un día fue una locura”, recuerda Azucena. “Había tanta gente que no había dónde aparcar y tuvieron que venir a poner orden”.

Ese contraste entre la vida cotidiana y la experiencia del visitante se deja sentir cada año. “Hay tantos detalles que la gente no los ve todos. Incluso quienes vienen todos los años se sorprenden”, explican.

Un proyecto que se construye todo el año

Curiosamente, la casa que probablemente luzca más adornos por fuera es la de Azucena, que dentro apenas pone decoración. “Tengo unas bolas que me regaló Irene y un árbol pequeño, poco más. Todo lo bonito lo pongo fuera”. Su frase resume bien el espíritu del proyecto: la Navidad no es para ellas, es para compartirla.

Mientras ultiman los preparativos, se percibe una mezcla de nervios y orgullo. Han ampliado zonas, añadido figuras, cambiado distribuciones y renovado elementos castigados por el tiempo. El 7 de diciembre, cuando las luces se enciendan, El Cuto volverá a brillar como un pequeño universo navideño. No porque aspire a ser un foco turístico, sino porque sus vecinas decidieron que la ilusión también puede ser un proyecto comunitario. Un proyecto que, en este rincón de Asturias, se construye todo el año.