Seis gráficos para comprender la crisis geopolítica

Seis gráficos para comprender la crisis geopolítica

Estamos asistiendo al fin de un ciclo de cinco siglos de supremacía occidental y al comienzo incierto de otro en el que los límites ecológicos y la disputa por los recursos marcarán, de nuevo, la geopolítica del planeta

En el año 2000, el historiador Kenneth Pomeranz publicó The Great Divergence, un libro que tuvo un impacto decisivo en los debates sobre los orígenes del desarrollo capitalista. En él, Pomeranz cuestionó la lectura eurocéntrica según la cual Europa se habría industrializado antes y se habría impuesto al resto del mundo gracias a una acumulación de ventajas internas —tecnológicas, institucionales o culturales— inexistentes en otras regiones. En las versiones más burdas, esa conclusión derivaba en la superioridad moral, biológica, económica o civilizatoria de los pueblos europeos.

Frente a esta narrativa, Pomeranz sostuvo que, hasta finales del siglo XVIII, las regiones más prósperas de Europa occidental y de Asia oriental presentaban niveles comparables de productividad, urbanización y bienestar material. La llamada “gran divergencia” no sería, por tanto, el resultado inevitable de una superioridad europea de largo recorrido, sino un fenómeno relativamente tardío y estrechamente vinculado al acceso excepcional de Europa a recursos externos —en particular, a las colonias americanas y a los combustibles fósiles— en un contexto de crecientes límites ecológicos.

La historiografía posterior ha reforzado esta perspectiva al subrayar que, durante la Edad Media y buena parte de la Edad Moderna, Europa ocupó una posición subalterna en la economía mundial. Durante siglos, amplias regiones de Asia —en particular China, India y el mundo islámico— concentraron poblaciones urbanas más densas, sistemas productivos altamente sofisticados y redes comerciales de largo alcance, dotadas en muchos casos de instrumentos financieros avanzados. Como señala Sven Beckert en Capitalism: A Global History, muchas de las prácticas mercantiles y financieras que más tarde resultarían fundamentales para el capitalismo moderno se desarrollaron en espacios extraeuropeos, incluidos los circuitos comerciales del mundo islámico medieval.

Sin embargo, la emergencia del capitalismo industrial se produjo finalmente en Europa occidental como resultado de una combinación históricamente específica de expansión imperial violenta, apropiación de recursos naturales ajenos, explotación sistemática de mano de obra esclava y un salto tecnológico asociado a los combustibles fósiles, todo lo cual permitió a Europa imponer su dominio sobre la economía mundial a partir del siglo XIX.

El desplazamiento del centro de gravedad comercial

Desde entonces el dominio económico de las naciones occidentales ha sido incuestionable. Ya fuera bajo la hegemonía del Imperio Británico o de Estados Unidos, el orden económico mundial fue sostenido por reglas y lógicas definidas por las potencias occidentales. Eso se expresaba no sólo en una desigualdad creciente entre el Primer y el Tercer Mundo, sino también en el comercio mundial. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Europa y Norteamérica representaban más del 60% de las exportaciones de bienes en todo el mundo, mientras Asia apenas rebasaba el 10%. Las dos grandes potencias asiáticas, India y China, ambas desindustrializadas y sometidas durante siglos por el Imperio británico, apenas eran un débil eco de lo que habían sido durante milenios.

Como se puede ver en el primer gráfico, eso empezaría a cambiar a partir de los años setenta. Fue entonces cuando los llamados ‘tigres asiáticos’ (Corea, Taiwan, Hong-Kong y Singapur) desplegaron una rápida industrialización basada en la intensa intervención del Estado y una orientación estratégica hacia las exportaciones, sumándose así a la senda de la economía japonesa. De ese modo, las economías asiáticas consiguieron igualar la cuota de exportaciones mundial de Norteamérica a comienzos de aquella década, aunque aún muy lejos de los niveles europeos. La veloz recuperación del continente europeo tras la IIGM había estado impulsada sobre todo por el crecimiento espectacular de la industria alemana, pero alcanzaría su cenit precisamente en los años setenta.

La llamada globalización neoliberal, con sus políticas de libre comercio y nuevas tecnologías de comunicación y transporte, permitieron que desde los años ochenta los países asiáticos utilizaran su mano de obra barata para atraer industrias occidentales. Ello fomentó las deslocalizaciones y favoreció el crecimiento de las exportaciones asiáticas, que siguieron ganando terreno en la cuota mundial. Para el año 2000, los países asiáticos ya representaban el 30% del mercado, frente a un 18% de los países norteamericanos y un 42% europeo. La incorporación de China a la Organización Mundial del Comercio en 2001 abriría el país al mercado mundial, para lo que venía preparándose desde finales de los años setenta. Al poco de estallar la crisis financiera en 2008, los países asiáticos ya representaban la misma cuota de mercado que los europeos (38%) y ya muy lejos del 13% de los norteamericanos.

La política comercial de la administración Trump —aranceles, coacciones diplomáticas y militares, políticas industriales, etc.— se justifica en términos muy críticos con la política neoliberal, a la que se considera responsable de facilitar el crecimiento de los adversarios de Estados Unidos. En todo caso, durante la última década esta dinámica se ha mantenido, con crecientes cuotas de mercado para los países asiáticos frente a una caída de los europeos y un estancamiento de los estadounidenses.

No es solo una cuestión de cantidad

Al principio, la mayoría de los países asiáticos industrializados se especializaron en la producción de manufacturas ligeras, como juguetes y prendas de vestir. Japón fue la primera economía asiática en dar el salto hacia la producción y exportación de bienes de alto valor añadido y elevado contenido tecnológico, especialmente en sectores como la electrónica y la automoción, con empresas como Sony, Panasonic, Toshiba o Hitachi en el ámbito tecnológico, y Toyota, Nissan u Honda en la industria automovilística. Para el año 2000, sin embargo, China seguía siendo el “taller del mundo” con sus exportaciones de baja intensidad tecnológica.

El objetivo de las economías asiáticas en su conjunto fue claro, aunque no todas lo lograron: ascender en las cadenas de valor. No querían quedarse en la producción masiva de productos de bajo valor añadido sino llegar a competir con las economías occidentales en industrias tecnológicas, para lo cual echaron mano de estrategias de planificación económica a medio y largo plazo. Naturalmente, la economía que mejor expresa ese deseo —y el éxito— es China, que por su tamaño reunía muchísimo más potencial.

Hay muchas formas de medir ese salto tecnológico, pero aquí recurro al indicador de complejidad económica y que es una aproximación de la intensidad tecnológica de la estructura productiva —representa la capacidad de exportar productos distintos y en los que pocos países pueden especializarse—. Como vemos en el siguiente gráfico, en el año 2000 los principales países europeos -y Japón- encabezaban ese indicador mientras países como Corea, y especialmente China e India, estaban muy rezagados. En los últimos veinticinco años esas diferencias se han acortado gracias a la espectacular mejora de los países asiáticos, en particular China. Así, los países asiáticos no sólo han exportado cada vez más sino también “mejor”.

El análisis combinado de la cuota de exportaciones mundial y el índice de complejidad económica nos permite entender mejor qué ha pasado en las últimas décadas en la economía mundial. Así evitamos equívocos: un país puede mejorar su cuota de exportaciones y, sin embargo, empeorar su índice de complejidad (porque exporte mucho más volumen de lo mismo: caso de productores de combustibles fósiles, por ejemplo). Cuando dibujamos en un cuadrante los cambios en ambos indicadores a lo largo de los últimos veintitrés años, obtenemos el siguiente gráfico (para países seleccionados).

Aquí observamos que China es claramente el país con un mejor despliegue: ha mejorado mucho tanto en cuota de exportaciones como en complejidad económica. En ese cuadrante de “dobles ganadores” (superior derecho) también están otros países asiáticos como India o Corea. En el cuadrante superior izquierdo tenemos a otros países que han mejorado su complejidad económica, pero han perdido cuota de exportaciones, como Japón, Filipinas o Taiwan: la fuerte competencia China también afecta a la propia región.

El cuadrante inferior izquierdo es un lugar poblado de países occidentales, destacadamente Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Suecia y Noruega (y muy cerca, Alemania). Se trata de países que han perdido cuota de exportaciones y también complejidad en sus economías: el impacto de la desindustrialización y de la competencia comercial asiática. No obstante, se habrá observado que también hay países occidentales entre los “dobles ganadores”.

Una Europa a diferentes velocidades

La locomotora económica de los países europeos ha sido tradicionalmente Alemania. Pero con la globalización neoliberal, Alemania no sólo deslocalizó hacia China sino sobre todo hacia el Este de Europa —donde los salarios también eran muy bajos pero las capacidades industriales post-soviéticas seguían siendo bastante notables—. Las industrias alemanas fueron constituyendo cadenas globales de valor que permitieron que los segmentos de mayor valor añadido se quedaran en Alemania y en los países del Este, lo que elevó la complejidad económica y su intensidad tecnológica en estos últimos. Para un análisis más técnico sobre este asunto, puede leerse este artículo que publiqué hace unos años.

Como se puede ver en el siguiente gráfico, la cuota de exportaciones de los países europeos del norte y del centro ha caído en las últimas décadas, mientras ha crecido la de los países del Este. Además, estos últimos han logrado mejorar considerablemente su complejidad económica hasta el punto de rebasar completamente a los países del Sur —donde está España—. Si en los años ochenta se hablaba de una división europea Norte-Sur, el mapa ahora tiene tres polos.

El bloque de los BRICS: China

Como consecuencia de todo lo anterior, uno de los bloques comerciales y de poder más importantes es el conformado por los BRICS. En los medios tradicionales apenas se presta atención a sus reuniones y decisiones, en una inadmisible inercia de carácter eurocéntrico, pero ya representan más del 20% de la cuota comercial mundial. No obstante, ese dato oculta dos hechos relevantes.

En primer lugar, como muestra el siguiente gráfico, la mayor parte de esa ganancia de cuota de mercado viene determinada por el papel de China y, en menor medida, por el de India y Brasil. En segundo lugar, son India y China los únicos que dentro de los BRICS han mejorado también su complejidad económica. Así, los BRICS son un bloque de poder fundamentalmente unipolar.

Mapa del poder comercial actual

La economía mundo se constituyó en la era del mercantilismo europeo de los siglos XV al XIX, cuando los distintos reinos utilizaban la fuerza bruta para crear monopolios y mercados cautivos con los que comerciar las mercancías que producían en cadenas de valor basadas en energía, mano de obra y recursos naturales baratos. En ese contexto, las potencias europeas lograron doblegar a las otrora dominantes economías asiáticas. Ya bien entrados en el siglo XX, con el fin de la colonización y la consolidación de un orden económico de libre mercado, las economías occidentales creyeron poder preservar su hegemonía. Sin embargo, sin el sostén de la fuerza militar esa hegemonía económica ha ido socavándose lentamente. No obstante, la economía estadounidense sigue siendo sumamente importante y además está respaldada por el ejército más grande del mundo; aspectos estos que el gobierno de Trump quiere combinar de nuevo.

El último gráfico muestra los niveles absolutos de la cuota de exportaciones y el índice de complejidad, lo que nos proporciona un mapa muy sugerente de cuáles son actualmente las principales potencias económicas. Destacan tres, que conforman nodos muy distintos: China, Estados Unidos y Alemania. A pesar de la enorme penetración de China en las cadenas de valor mundial, Alemania sigue siendo un nodo central que articula las economías europeas —sobre todo las del Este, como acabamos de ver— y China tiene un papel preponderante pero conflictivo en la región asiática. Este mapa, de hecho, contribuye a clarificar la estrategia de Estados Unidos.

Estados Unidos es una potencia económica en decadencia. Como he escrito en estas mismas páginas, la actual estrategia neomercantilista de la administración Trump responde a un intento de defender su posición en la división internacional del trabajo (su cuota de exportaciones, su capacidad industrial, sus puestos de trabajo, etc.). Toda la política exterior de Estados Unidos, desde la administración Obama, tiene como propósito principal frenar a China. Lo que hace la nueva Doctrina Donroe es concretar ese objetivo mediante el uso combinado de herramientas militares, diplomáticas y económicas.

Así, en estos momentos la prioridad de Estados Unidos es expulsar a China de América Latina y de Europa, pero también aislarla del resto de la región asiática. Al mismo tiempo busca fortalecer su propia economía a través de nuevos vínculos coercitivos con el resto de los países occidentales —como demuestra el caso de Venezuela o el de la Unión Europea—. Además, es deseo expreso de Estados Unidos desarticular la Unión Europea a fin de que sus economías individuales no puedan reestructurarse en un bloque de poder que participe como actor relevante en un mundo multipolar junto con Estados Unidos y China-BRICS.

En definitiva, los seis gráficos aquí presentados son el retrato —parcial pero fidedigno— de una transformación histórica de alcance civilizatorio. La era de la hegemonía occidental —primero, europea; luego, norteamericana— está dando paso a un mundo crecientemente multipolar en el que Asia, con China a la cabeza, ha recuperado un protagonismo que ya tuvo antes de la “gran divergencia”. Este desplazamiento del poder económico no es sólo una cuestión de flujos comerciales, sino también de control tecnológico, energético y político. La reacción de Estados Unidos —con su giro neomercantilista, sus nuevas alianzas de seguridad y su guerra comercial contra China— es el síntoma más visible de un orden internacional en transición. Comprender esa transición exige mirar más allá de los viejos esquemas de la Guerra Fría: estamos asistiendo al fin de un ciclo de cinco siglos de supremacía occidental y al comienzo incierto de otro en el que los límites ecológicos y la disputa por los recursos marcarán, de nuevo, la geopolítica del planeta.