Oh, es él
He lamentado durante todos estos años la babosa admiración con que la gran mayoría de los medios y la opinión pública de mi querida España seguía los lances de Julio Iglesias. Semejante incondicionalidad la encontraba aldeana, cateta, papamoscas
La sororidad que ha desmontado el mito de Julio Iglesias
Supongo que puedo decir que nunca me ha gustado Julio Iglesias sin temor a violar ninguna ley del gran Estado de Florida o de mi querida España. Aunque no se sabe, matizo de inmediato. Vivimos tiempos oscuros en los que cada vez es más frecuente la arbitrariedad judicial tan bien y tan angustiosamente contada por Kafka en ‘El proceso’. Abundan a uno y otro lado del Atlántico los magistrados repeinados que no permiten que la realidad les arruine un buen encausamiento.
Lo cierto es que nunca me ha gustado la música de Iglesias, siempre la he encontrado ñoña y empalagosa. No he apreciado ni ‘De niña a mujer’ ni ‘Soy un truhan, soy un señor’. Ya sé que millones de personas en todo el planeta adoran esas blandenguerías, pero yo soy más del flamenco en lo local y del rock en lo universal, qué le vamos a hacer. O, ya metidos en el género chanson, de Edith Piaf, Georges Brassens y Serge Gainsbourg.
En cuanto al personaje Julio Iglesias, cualquiera que me conozca sabe que está en mis antípodas. Jamás he comprado la revista ¡Hola!, pero sé que ha dado publicidad exhaustiva durante las últimas décadas a las andanza musicales y amorosas de este señorito madrileño que llenaba estadios en Europa, América y Asia, vendía millones de discos, ganaba dinero a punta pala, se codeaba con los caudillos de derechas, tenía lujosas villas por todo el Caribe y rompía los corazones de miles de mujeres.
Pero soy muy de libros y reconozco haber leído a lo largo de mi vida un par de ellos sobre Julio Iglesias. El primero, ‘Oh, es él’ (1986), de la gran Maruja Torres. Según recuerdo, Maruja tenía el encargo de escribir una obra periodística sobre el cantante, pero, ante las dificultades para acceder a su intimidad, para superar las férreas barreras de representantes y agentes de prensa, optó por hacer una novela humorística. En ella un Julio Iglesias al que se le va cayendo el pelo envidia la densa cabellera de su amigo y también cantante El Puma. Me reí un montón.
Hace pocos meses, leí el segundo, ‘El español que enamoró al mundo’, de Ignacio Peyró. No me interesaba un carajo la biografía de Julio Iglesias, pero gente de la que me fio me aseguró que el libro de Peyró estaba bien escrito, contaba suculentas anécdotas y estaba teñido de humor. Así es, en efecto. Recuerdo haberme reído especialmente con la recreación del secuestro por parte de ETA del doctor Iglesias Puga, conocido popularmente como Papuchi. De casta le viene al galgo, Papuchi ya iba por la vida de seductor de mujeres, no tantas, desde luego, como las que se le atribuyen a su hijo, pero sí hasta una edad muy avanzada.
Tengo una ligera discrepancia con la biografía de Peyró: me parece que insiste demasiado en la condición de triunfador de Julio Iglesias. Siendo esto cierto, y teniendo el mérito que tiene, no blanquea, en mi opinión, ni los aspectos lamentables de su personaje ni la simplona comercialidad de sus canciones. Que algo le guste a mucha gente no le da marchamo de calidad. Soy de los que piensan que la victoria de algo o alguien -un género musical, una causa política, un personaje- no es sinónimo ni de justicia ni de excelencia.
Me ha gustado que tanto Peyró como su editorial, Libros del Asteroide, anunciaran el mismísimo martes –fecha de la publicación en elDiario.es de las acusaciones de violencia sexual contra Julio Iglesias–la futura salida de una nueva versión de ‘El español que enamoró al mundo’ que incorporará este notición. Bravo por ellos: un libro puede ser un objeto vivo mientras respire su autor.
Ejerzo el periodismo desde hace ya casi medio siglo y agradezco la valentía de este periódico al publicar una investigación tan larga, tan exhaustiva, tan contrastada sobre los presuntos desvaríos sexuales del autor de ‘Gwendoline’. He lamentado durante todos estos años la babosa admiración con que la gran mayoría de los medios y la opinión pública de mi querida España seguía sus lances. Semejante incondicionalidad la encontraba aldeana, cateta, papamoscas. ¡Ah, es que nuestro Julio triunfa en el extranjero!, decían los pueblerinos de mente.
Por razones comprensibles, Peyró es muy cauto en su libro sobre la vida sexual de Julio Iglesias. Pero tengo que decir que lo que cuenta –su insaciable voracidad a la hora de llevarse mujeres a la cama– es consistente con lo denunciado por este periódico. Respetando la presunción de inocencia, ni a mí ni a mis amigas y amigos nos ha sorprendido la revelación de que el cantante es un machirulo de tomo y lomo, ni de que puede abusar de su poder.
Vuelve a escribirse ahora que se puede ser un gran artista y una persona poco ejemplar. Es cierto: Louis Ferdinand Céline era un gran escritor y un antisemita simpatizante de los nazis. Pero rechazo con energía la comparación que algunos pretenden hacer entre Julio Iglesias y Pablo Picasso, el auténtico español triunfador en el siglo XX. Picasso era un mierdas con las mujeres, vaya que lo era, pero él sí que hizo una revolución artística y dejó una obra imperecedera. Por mucho dinero que haya ganado, por muchas mansiones que tenga, por muchas mujeres que se haya llevado a la cama con o sin consentimiento, vaticino que Julio Iglesias solo será una nota a pie de página en los libros de historia española. Probablemente, peyorativa.