Margarita, desahuciada de su barco: «Me tiraron de mi casa al pantalán como un saco»
Tres días después del desahucio, la afectada de 71 años reivindica que le devuelvan su barco, que es su propiedad y su casa
Violento desahucio en el Muelle Deportivo de Las Palmas a una anciana de 71 años
Margarita, en contra de todo lo que se pueda pensar, no es un ser desvalido. La vida le quitó a su hijo, le han quitado su casa, sus posesiones, el sitio donde albergar los recuerdos y, aún así, mantiene una mirada digna, penetrante, y unos ojos de una viveza tal que, como diría Galdós, parecen negros sin serlo. A pesar de los nervios y del shock postraumático, después de que la desahuciaron de la que ha sido casi diez años su casa, atina con todas las palabras, justo las que quiere decir y recordar.
Margarita Sánchez nació en Asturias. Se crió en Galicia, hija de un ingeniero delineante de la metalurgia. Fue madre soltera y trabajadora desde que su hijo cumplió los diez meses, transportista de profesión, se movió por diferentes ciudades huyendo de la humedad del norte por la salud de los pulmones de su hijo, y fue en la provincia de Las Palmas donde encontraron un respiro.
“Llegué en enero de 1990”, cuenta a este periódico tres días después del brutal desalojo. “Estuve trabajando diez años en la construcción en Fuerteventura y hasta salí en la televisión en un especial del Día de la Mujer Trabajadora”, cuenta con el mismo orgullo que cuenta que tiene permisos de conducción de todos los vehículos.
Al llegar, trabajó “siempre” con contrato indefinido o hasta fin de contrato. Tras la crisis del ladrillo en 2008, vio como sus compañeros se arruinaron por no poder asumir las deudas en hipotecas contraídas a 25 años, antes del crack, y “lo perdieron todo como yo ahora”, explica.
En 2010 su hijo enferma de leucemia y regresa a Gran Canaria para “acompañarle en los hospitales”. Se hospedaba con él en las viviendas habilitadas para pacientes y familiares de leucemia de islas no capitalinas y mantenía su casa en Fuerteventura.
“En 2012 me falleció mi hijo”. Tras esta sentencia que conjuga el verbo de una forma que solo una madre o un padre haría, deja un silencio tras el que no intenta dar pena y prosigue: “Lo he aceptado, eso lo llevas siempre contigo en el corazón y la urna va conmigo a todas partes”.
Su hijo era ingeniero informático técnico. Cuando terminó, empezó Ingeniería de Diseño Industrial y no pudo presentar el proyecto porque la enfermedad le arrebató la vida.
Cuando cuenta los recuerdos de la vida junto a su hijo la cara se le transforma, ya no es una cara de shock post traumático, sino de una madre que quiso estar presente en todos los momentos de la crianza: “Aprendió a hablar antes que a andar”. Recuerda con emoción cuando desde un noveno piso de la casa que tuvieron en Alicante su hijo con cuatro años dibujaba serenos los barcos en un mar en calma.
El mar y Margarita
En 2014 Margarita vuelve a la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, aún contando con su subsidio por paro, y compró su barco, que hoy está en dique seco, pero “pagado para tener una vivienda autorizada, para tener un techo y una tranquilidad”. Tranquilidad que fue salvajemente interrumpida por una orden de desahucio sostenida en la versión de la Autoridad Portuaria que alude a que la embarcación tiene problemas de higiene y para la navegación.
“Tres días antes del embargo, dos policías portuarios se acercaron a mi barco y me dicen que tengo que estar fuera con las pertenencias que pueda”. Lo que sucedió después, a plena luz del día y televisado, ha dado la vuelta a España, pasando por ciudades donde Margarita tiene hermanos a los que no ve desde hace mucho tiempo. Eso hace que sienta vergüenza, no le gusta verse en las imágenes del desahucio, pero lo que más le cabrea, después de haber reivindicado ser una mujer en un mundo tradicionalmente de hombres como la construcción o el transporte hace 20 años, es que la hayan sacado del pantalán cuatro agentes en volandas. “Nos tiraron al pantanal como sacos”, dice refiriéndose también a su amiga y vecina Loli, miembro del colectivo Mi barco mi casa, que tuvo que ser atendida tras el forcejeo y con un informe de urgencias que también incluye “ansiedad por desahucio”. Le parece incomprensible “que den una autorización a la Guardia Civil para que maltraten física y psicológicamente a las personas”, exclama Margarita.
Se siente humillada y dicen que en ese gesto, en ese día, le arrebataron “no solo su casa sino su personalidad”.
El barco
Consciente plenamente de la ayuda y muestras de solidaridad que ha recibido del pueblo canario, Margarita es muy clara: “La ayuda más grande que me pueden dar es devolverme mi barco, que me lo lleven a otro atraque y que me dejen pagar ese atraque”.
Actualmente, Margarita quiere ponerse al día con la deuda de atraque, que sube exponencialmente por cada día que su embarcación está en dique seco. Por ello, en la mañana de este viernes, Derecho al Techo ha instado a la Fundación Canaria Puertos de Las Palmas a “habilitar medidas solidarias que eviten el desamparo” de la afectada y confían en que se valore “con coherencia con sus fines institucionales y compromiso social” la posibilidad de ofrecerle alguna opción de ayuda o alojamiento alternativo.
Margarita es consciente, más que la mayoría, de todo lo que le ha pasado y lo verbaliza. No quiere caridad, ni molestar a amigos en sus casas, ni recursos alojativos de la ciudad que merecen un próximo capítulo aparte. Quiere su barco, su casa, porque se halla entre sus cosas, en el modo en que ordenó sus recuerdos, en los días malos y en los días buenos y es el techo que acoge y contiene todo lo demás.