Madres que cantan juntas para cuidar su salud mental: «Ha sido sanador»

Madres que cantan juntas para cuidar su salud mental: «Ha sido sanador»

En un pequeño pueblo de Reino Unido, una iniciativa de canto para madres se ha convertido en un movimiento que ya está en 12 países. Se llama Singing Mamas y está demostrando el poder de la salud creativa para acelerar la recuperación de la depresión postparto

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Kate Valentine sostiene con sus dos índices hacia arriba y una sonrisa infinita el ánimo de la decena de mujeres reunidas en una sala del ayuntamiento en el pequeño pueblo de Forest Row. Esta localidad a una hora al sur de Londres rodeada de bosque tiene solo tres calles, pero alberga uno de los movimientos más potentes de cuidado de la salud mental a través del canto de mujeres y madres. Sin nociones de solfeo, sin partituras ni nada que mirar, juntas en un gran círculo, estas mujeres empiezan a entonar una melodía, guiadas por Valentine. Algunas están sentadas en sillas, otras en el suelo sobre una alfombra llena de materiales de juego, pues esta es la única hora a la semana en la que ellas encuentran un espacio al que acuden con sus bebés o hijos pequeños haciendo otra cosa que no sea solo cuidar. Aquí no vienen a un grupo de crianza, el encuentro no es para los niños, aunque puedan estar. Se trata de ellas, de fortalecerlas, nutrirlas y darles alas. De forma mágica, en medio de carreras de los pequeños por la sala, o del llanto de alguno de los bebés, entre todas consiguen que en el ambiente flote una poderosa y bella melodía a varias voces que suena realmente bien.

La maternidad y todo lo que la rodea sigue siendo invisible más allá de la puerta de casa. Solo es bien acogida si no molesta. Las madres, como dice Valentine, “no son un asunto sexy ni interesa”. Sin embargo, a muchas esta experiencia se las lleva por delante. Una de cada ocho mujeres en Reino Unido sufre depresión postparto.

“La misión de Singing Mamas es empoderar a las mujeres para mejorar su bienestar a través de una comunidad creativa”, resume sonriente la creadora de Singing Mamas sentada en la terraza de un pequeño café de Forest Row. El proyecto es una poderosa conexión con la promesa de vida buena que el ecologismo dejó apartada y que hoy resurge con fuerza en una nueva mirada ambiental que aspira a convencer de que se puede vivir aún mejor de como lo estamos haciendo dentro de los límites planetarios. Juntarse con otras personas en un grupo con un interés común es algo tan natural como revolucionario en estos tiempos de desconexión generalizada. Pero tiene la fuerza suficiente para promover actividades de bajo impacto en emisiones de carbono, si encontramos el tiempo. La creatividad compartida es un lujo popular que no necesita grandes aparatos ni infraestructuras, hacer arte de forma colectiva es un gesto de lo más sencillo que trae bienestar sin consumo y de forma local. “Es un modelo de bienestar en un lugar, algo muy diferente de ir a otra zona con un experto que te ve un rato. Esto es tu gente y los especialistas están ahí, dentro, es la fuerza de la comunidad”, se emociona Valentine.

La creatividad compartida es un lujo popular que no necesita grandes aparatos ni infraestructuras, hacer arte de forma colectiva es un gesto de lo más sencillo que trae bienestar sin consumo y de forma local

Esta enfermera de 45 años nunca planeó un movimiento que hoy se ha extendido por el boca a boca en más de 12 países; tampoco pensó que formaría a más de 400 personas para ser ‘líderes’ de otros grupos de madres. A ella le encantaba cantar de niña, –“los niños y la música van unidos de forma natural”–, aclara. A los 11 años, en una prueba musical en la escuela, su maestra le dijo que no tenía buena voz. Se quedó traumatizada y se calló. Hasta un día que, tras ser madre de su tercer hijo, pegó la cara en el cristal del café de la escuela infantil, donde vio a un grupo de personas que cantaba de forma muy relajada. “Mis hijos lo disfrutaron tanto que volví cada semana y yo pude experimentar de nuevo los beneficios de cantar. Después tuve que mudarme aquí, a Forest Row, y dejar aquella encantadora comunidad”. Y fue en este pueblo y en busca de nuevos amigos, donde una conocida le organizó sin ella saberlo un encuentro con otras madres para que ella lo guiara. “Kate, ¿creo que tú sabes algunas canciones, no?”.

Sarah Ravenscroft tiene cuatro hijos y un marido que siempre está trabajando, incluidos los fines de semana. Ella trabaja lunes y jueves como maestra de niños de cinco años. No se pierde este grupo ni una sola semana. Le gusta mucho cantar y le habían dicho que aquí no iba de ser perfecta, de saber cantar. “Yo aquí siento fuerza, conexión, amor, esas cosas que merecemos sentir cuando trabajamos tan duro. Yo me he sentido muy aislada, sobre todo con mi hijo autista, cuando no era posible estar con él en ningún grupo ni se comprendía quién era. Muchas veces estás en casa y cuando sientes que todo es un caos vienes aquí y sientes un apoyo increíble”.

Sarah Harvey atravesó una depresión postparto al nacer su primer hijo. A las 16 semanas logró salir de casa para intentar conectar con otras personas. “Me gustaba la idea de ir porque iba a hacer algo, cantar, el plan de sentarme con otras madres para hablar era demasiado duro en ese momento”. Durante semanas atravesó ese proceso solo con el apoyo de este grupo. ¿Le ha ayudado con su salud mental? “Desde luego, el propio proceso de cantar creo que ha sido sanador para mi sistema nervioso, respirar, mantener la atención, fomentar la creatividad, cuando creas un ritmo entre todas las mujeres. Lo que estamos haciendo es a la vez sencillo y salvajemente nuevo”.

Grace Agatte-Bacon tiene su propia empresa, al nacer su primera hija paró solo el día que dio a luz. Cuando hablamos, a mediados de septiembre, hace una semana que se ha mudado a Forest Row con su familia; antes, cuando vivía a las afueras de Londres, se sentía muy sola, sus amigos estaban lejos. “Quería estar en un lugar donde hubiera una mejor comunidad. Espero recuperar el canto, antes estaba siempre cantando. Como adultos siempre estamos pensando en algo, preocupaciones. Pero cuando cantas solo haces eso, estás feliz”.

Roxana Bibi es madre soltera de dos hijas adoptadas después de pasar por varios y fallidos tratamientos de fertilidad. “Ser madre es potencialmente muy aislante, tienes que prepararte para afrontar que tu vida estará en una burbuja y tener pequeños espacios para salir de ella. Este es mi espacio, es como un masaje emocional, sin hablar, inspirador, son canciones que hablan de la vida, del amor, no es algo cognitivo, entra en cada célula de tu piel, en todas partes”.

Todas estas mujeres tienen bajas de maternidad largas, pasan mucho más tiempo con sus bebés 19 de lo habitual, está en la cultura inglesa. Las estadísticas muestran que, si en los 30 países más ricos del mundo las mujeres se toman una media de 19 semanas de baja por maternidad, en Reino Unido permanecen con sus bebés 39 semanas de media, aunque el sistema permite 52, un año. Para hacerse una mejor idea, en Noruega la baja alcanza 49 semanas, y en Suecia un año y medio; está muy documentado lo beneficioso que resulta para los bebés hasta tres años permanecer con sus madres. El problema de los largos periodos de baja, sin olvidar la capacidad financiera para sostenerlo y la exclusión de las madres de la rueda laboral, es la soledad del proceso y su fuerte impacto en la salud mental. En Reino Unido, al igual que en otros países, esta baja prolongada se puede compartir con la pareja, pero se trata de un paso aún muy sobre el papel.

Catarina Neves es socioterapeuta y acude al grupo de música de Forest Row todos los miércoles desde que nació su hijo de dos años. Intenta no perderse ninguno. Va al organizado a mediados de septiembre para hacer las fotos de este reportaje, con su hijo. Empezó a hacer fotografía para recuperar poco a poco su identidad, “para sentir que soy yo”. Pero reconoce que le costaría mucho volver a su trabajo anterior por la carga mental que significa asumirlo todo. “Si trabajas a jornada completa y eres madre algo va a fallar, eso es lo que siento yo. No es fácil decir ”ahora paro mi carrera y me ocupo del niño“, pero al final también ves que todos nos beneficiamos. Por eso estos grupos son muy importantes, no tenemos que vivir como lo estamos haciendo, necesitamos más comunidad, más apoyo, no se puede estar sola”.

Madres, enfermeras, médicos, matronas, músicos, maestras y trabajadores sociales forman el grupo que impulsa el trabajo de Singing Mamas. Todos ellos persiguen que el sistema sanitario de Reino Unido prescriba de forma habitual cantar como herramienta de bienestar y de salud, de prevención de enfermedades y como tratamiento. Ya hay estudios que respaldan esta mirada, por sus resultados. Uno de los primeros, publicado en 2018 por British Journal of Psychiatry, concluyó que cantar acelera la recuperación de los síntomas de depresión postparto. Se organizó un grupo de canto para 134 mujeres durante diez semanas. Al cabo de ese tiempo todas ellas habían mejorado y en las seis primeras semanas había remitido el 35% de los síntomas depresivos, tristeza persistente, problemas para el autocuidado, insomnio y fobia a las relaciones sociales.

Cantar, hacer jardinería, cocinar o caminar son actividades dentro de una tendencia que en Reino Unido ya es un plan gubernamental activo desde 2018: la salud creativa. Es decir, prevenir y ayudar a tratar dolencias con una actividad social. “La prescripción social es la idea de que el servicio público de salud va a prescribir una actividad que se desarrolle en tu comunidad para cuidar tu salud o para una intervención quirúrgica específica”, explica Valentine mientras conduce bajo un manto de agua. Por ejemplo, hay un modo concreto de cantar que aumenta la capacidad pulmonar y ayuda para tratar el asma.

Las mujeres entrevistadas para este reportaje coinciden en lo poderoso de las letras, de los ritmos, se sienten transportadas hacia ellas mismas y a cómo se encuentran en ese preciso instante. Es presente puro y eso las reconforta. Kate Valentine cuenta que las melodías salen de infinidad de fuentes: culturas populares de distintos países, las que compone el equipo o ella misma, o las madres que a su vez se convierten en líderes de su propio grupo y escriben. Hay canciones pop, folclóricas, tradicionales, clásicas. “Pero no son aleatorias, hay una conciencia real de qué canciones elegimos y la fuerza que tienen, están orientadas a fortalecernos en el interior, afrontar los retos como madres, o te conectan con la naturaleza”.

Nada en este movimiento respira que es necesario saber cantar o hacer música. No hay notas buenas ni malas. Los humanos llevamos la música de forma natural, está en todas las culturas populares, pero muchas veces ya no practicamos, hasta que nace un bebé. “Si no vienes de una familia que canta es muy probable que abandones antes o después. Parte de la misión de Singing Mamas es restaurar la cultura del canto natural”. Por eso Valentine se empeña en que cantar llegue al sistema sanitario. Si está prescrito en un hospital o en un entorno médico para las mujeres será más fácil superar el pudor que la mayoría de ellas resume en: “Yo no sé cantar”.