Enseñanzas desde Minneapolis

Enseñanzas desde Minneapolis

Los habitantes de Minneapolis han decidido no renunciar al humanismo, a la empatía. Han elegido ser disidentes, no ser colaboracionistas. Han identificado la tiranía y la combaten, han superado la polarización y los relatos populistas y se han puesto manos a la obra con acciones concretas que salvan a vecinos concretos

Las historias e imágenes de los ciudadanos de Minneapolis, estadounidenses blancos, que ponen el cuerpo entre los agentes del ICE y sus vecinos inmigrantes, que recogen del colegio a los hijos de personas pendientes de asilo y llenan sus neveras para que no tengan que salir a la calle, que se reúnen armados de silbatos y teléfonos móviles en los lugares asaltados por las patrullas paramilitares de Trump, me han hecho preguntarme qué haríamos en España en una situación semejante. La reacción de algunos vecinos de Badalona ante el desalojo de 400 personas del antiguo instituto B9 y su posterior rechazo a que fueran realojados, siquiera temporalmente, en una iglesia o las protestas que levanta la apertura de centros de acogida de menores migrantes o albergues entre las personas de los barrios elegidos para acogerlos no invitan al optimismo. Muchos españoles “decentes” están en contra de regularizar a inmigrantes que ya viven y trabajan con nosotros. ¿Cambiaríamos de actitud si viéramos a agentes encapuchados y armados secuestrar en plena calle a los inmigrantes? ¿Arriesgaríamos no ya nuestra vida, nuestro estatus o comodidad, por defender a niños de 5 años detenidos y trasladados a centros que son campos de concentración?

EEUU es un país sumido en una profunda crisis de identidad, confianza y valores, pero no es tan distinto a naciones europeas en las que la ultraderecha populista no ha dejado de crecer en los últimos cinco años. La creencia de que el Estado del bienestar y el funcionamiento de los servicios públicos produciría una prosperidad duradera para todos se desmorona. El colapso de los niveles de confianza social se traduce en la pérdida de fe en la comunidad y la desconexión e imposibilidad de una conversación pública constructiva y optimista. Trump ya ha sucedido en EEUU pero lo que representa también nos ha pasado a nosotros: creer que la política y la vida en general se rigen por la ley del más fuerte, la coacción, el acoso, el insulto, la crueldad. Que en nuestra sociedad solo prosperan los que carecen de la empatía tóxica de la que habla Elon Musk y que todo está construido para que solo los ricos aumenten su riqueza y los individualistas triunfen.

El relato está ya casi consolidado, a uno y otro lado del Atlántico, en Europa y en EEUU. Y con Trump desplegando su poder con crueldad al tiempo que se llena los bolsillos (en este año de presidencia, la fortuna del presidente de EEUU y su familia ha aumentado en 4.000 millones de dólares) las ondas llegan también hasta nosotros. Los habitantes de Minneapolis han decidido no renunciar al humanismo, a la empatía. Han elegido ser disidentes, no ser colaboracionistas. Han identificado la tiranía y la combaten, han superado la polarización y los relatos populistas y se han puesto manos a la obra con acciones concretas que salvan a vecinos concretos. En esos gestos está la esencia del humanismo: llenar la nevera de tu vecino aterrorizado por la amenaza de ser deportado, llevar a su hijo al colegio, crear una red para los menores que se quedan solos después de que hayan cazado a sus padres, llenar sus coches de pegatinas con la bandera mexicana para despistar a las patrullas antiinmigración, comprar silbatos y máscaras 3M para protegerse del gas pimienta usado contra las protestas, llamar a los padres de niños pequeños después de cada redada para comprobar si se han llevado a alguien, regalar portátiles a los estudiantes para que digan las clases desde casa. Ojalá no sea necesario hacer esos gestos aquí. Ojalá seamos capaces de hacerlos si es necesario.