Las verdades feas de Iñigo Errejón

Las verdades feas de Iñigo Errejón

Frente a la retirada de esta denuncia y a la inexistencia de otras que respalden las acusaciones que se vertieron, resulta evidente que aquel proceso en el que se declaró culpable a Iñigo Errejón de unos delitos que no había cometido fue, como señala Santiago Alba Rico, un “linchamiento”

Elisa Mouliaá alega “razones de salud” y retira su acusación de abuso sexual contra Iñigo Errejón

“La verdad no siempre es hermosa”, dice un antiguo proverbio taoísta, “y las palabras hermosas no siempre son verdad”. La decisión que tomó ayer Elisa Mouliaá de retirar su denuncia por abuso sexual contra Íñigo Errejón nos obliga hoy a confrontar algunas verdades sobre este caso que nos arrastró hace un año a alguno de los rincones más oscuros de nuestra sociedad, por más que no nos parezcan bonitas.

La primera verdad es que Iñigo Errejón es inocente. En realidad, ya lo era antes, como lo somos todos, mientras no se demuestre lo contrario. Pero además ahora lo es sin ningún género de duda, porque no pesan sobre él más denuncias ni más acusaciones por ningún delito. 

La segunda verdad es que hoy habrá quienes consideren todo esto un disparate; quienes ya habían decidido que Iñigo Errejón era culpable y sientan ahora que la renuncia les resulta disonante. Y esto ocurre porque, contrariamente a lo que podría parecer, el “caso Errejón” nunca se originó en una investigación periodística rigurosa, es decir, en un trabajo que buscara la verdad reuniendo todas las pruebas disponibles. Más bien, tras la primera denuncia anónima —publicada desde una cuenta privada en una red social— se sucedieron otros relatos anónimos, los testimonios de la propia Mouliaá y una auténtica avalancha de comentarios y ‘noticias’ que daban por hecho que aquel que hasta entonces había sido el “niño bonito” de la izquierda ocultaba bajo la superficie un monstruo.

Y como ocurre que todas las personas sensibles ansiamos, desesperadamente, encontrar una reparación a los crímenes que se cometen contra las mujeres, es esperable y hasta comprensible que haya gente que sienta decepción con este desenlace. Gente que hubiera deseado una condena. Pero si lo que buscamos es justicia, entonces lo que querremos es la verdad.

Y hoy, frente a la retirada de esta denuncia y a la inexistencia de otras que respalden las acusaciones que se vertieron, resulta evidente que aquel proceso en el que se declaró culpable a Iñigo Errejón de unos delitos que no había cometido fue, como señala Santiago Alba Rico, un “linchamiento”, una condena instantánea “a una muerte civil sin rehabilitación posible como resultado de un escarnio público en el que se cruzaron a veces todos los límites.” 

La tercera verdad que nos deja este proceso es que el personaje de Íñigo Errejón, la cara pública que había cultivado durante años, ese a quien Federico Jimenez Losantos llamaba “Milhouse”, era incompatible con el otro rol que comenzó a encarnar en aquellos días, ese en el que de pronto era una persona que admitía estar en tratamiento por adicción a las drogas. De manera que en aquel momento descubrimos una cuarta verdad adicional, quizás la más fea de todas, y es que la política es en realidad una mentira: un teatro, una representación en la que unos actores hacen un papel. Unos hacen de sindicalistas, otros, de paisanos, otros hacen de vengadores y otros, de intelectuales. Normal, que cuando alguien se sale del papel, lo saquen del escenario a toda prisa, no vaya a ser que les estropee la obra. 

Pero, cuidado, porque esa mentira no es una desviación maligna de sus ejercientes, ni mucho menos se limita a Iñigo Errejón. Somos nosotros mismos los que exigimos de la política una performance que es de principio a fin una farsa: la exigencia de que nuestros representantes sean unos seres sobrenaturales sin frustraciones, miedos, fobias, limitaciones y pulsiones inconfesables. Como tahúres expertos en hacernos trampas al solitario, primero exigimos una cosa inalcanzable y luego nos enfadamos cuando no están a la altura de lo que esperábamos de ellos.

Y a los demás, ¿qué verdad nos queda de todo esto? ¿Qué podemos concluir? ¿Qué hacemos con las sospechas, los rumores y las acusaciones que no han sido respaldadas ni por una verdad judicial, ni por una verdad periodística? No soy religiosa, pero hay un pasaje de la Biblia que siempre me ha gustado. Uno que se cita mucho, generalmente muy mal. 

En el Evangelio de Juan, los fariseos llevan ante Jesús a María Magdalena, a quien dicen haber sorprendido en adulterio, y le plantean una pregunta aparentemente sencilla:

“Según la Ley de Moisés, esta mujer debe ser apedreada. ¿Tú qué dices?”

El episodio suele leerse como una lección moral sobre no juzgar a los demás, porque todos somos culpables —“el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”—, pero esa interpretación no es cierta. El propio texto aclara que no le preguntan para conocer su opinión, sino “para tenderle una trampa y poder acusarlo”.

Los fariseos no buscan justicia, sino una contradicción. Si Jesús aprueba la lapidación, traiciona su mensaje de misericordia. Si la rechaza, se coloca fuera de la Ley judía y puede ser acusado de herejía (y, además, de desafiar la autoridad romana, que se reservaba el derecho a aplicar la pena de muerte).

Lo que Jesús hace entonces no es absolver a la mujer ni relativizar la ley. Hace algo mucho más incómodo: se niega a juzgar fuera de un sistema de justicia. No porque no exista la verdad, sino porque sin procedimiento, sin garantías, sin reglas comunes no puede haber una verdad compartida. Los fariseos no pueden encontrar la verdad porque no la están buscando: solo quieren ejecutar una condena imponiendo su propia cosmovisión. Allí donde no hay sistema, no hay justicia posible, solo violencia revestida de moral.

Eso es lo que este caso nos obliga a aceptar, por más que nos incomode, por más feo que nos parezca: para que exista verdad, tiene que existir un método para alcanzarla. La verdad no es una intuición colectiva ni una mayoría emocional. Es un resultado siempre provisional de un proceso lento, imperfecto, lleno de límites, pero infinitamente mejor que su alternativa. Hoy existen leyes, tribunales y un periodismo que investiga delitos con herramientas mucho más sofisticadas que las de cualquier turba digital. Nada de eso es infalible. Pero es lo único que separa la justicia del linchamiento.

Y es difícil, y doloroso, porque se suceden los casos y las acusaciones de violencia. Pero ocurre que aprender a vivir sin una verdad definitiva —sin una certeza moral absoluta sobre cada caso— es una de las tareas más difíciles de nuestro tiempo. Una que no significa vivir sin ley. Significa aceptar que no todo puede ser juzgado por nosotros, que no toda acusación puede resolverse en el espacio público, que hay verdades a las que solo se puede llegar —o no llegar— a través de un sistema. En una época saturada de falsas verdades, quizá la madurez consista precisamente en esto: en soportar la incomodidad de no saber, de no juzgar, y aun así defender con firmeza la presunción de inocencia y la ley que hace posible que, al final, la verdad exista.