¿Por qué no nos creen?
Todas conocemos a chicas que han sido agredidas, abusadas, importunadas o amenazadas por varones en su ámbito de trabajo, en la familia, en un taxi o en una noche de copas, sin que se hayan planteado siquiera denunciar. Es más, quienes lo hacen, terminan por retirarse de la causa para evitar mayores sufrimientos
Elisa Mouliaá alega “razones de salud” y retira su acusación de abuso sexual contra Íñigo Errejón
Penélope desciende de sus aposentos privados a la gran sala de palacio y se encuentra con un trovador que canta, para la multitud de pretendientes, las vicisitudes que sufren los héroes griegos en su viaje de regreso al hogar. El tema no le agrada porque su esposo Ulises se halla en esa tesitura en aquellos momentos. La reina pide al cantante que elija otra pieza más alegre. Telémaco, su hijo, interviene de inmediato para ejercer su masculinidad recién estrenada, pues acaba de salir del cascarón. “Madre mía, vete adentro de la casa y ocúpate de tus labores propias, del telar y de la rueca… El relato estará al cuidado de los hombres y sobre todo al mío. Mío es, pues, el gobierno de la casa”. En este relato que recoge Homero en su Odisea sitúa la gran historiadora británica Mary Beard el primer momento documentado de un hombre diciéndole a una mujer que se calle, que su voz no había de ser escuchada en público. La historia data de tres mil años pero esa manía con silenciar a las mujeres pervive todavía hoy en nuestras sociedades modernas.
En Afganistán, los talibanes han prohibido que las voces femeninas puedan ser escuchadas fuera de sus casas. Les está prohibido hablar en voz alta o cantar y no pueden dejarse oír por quienes no sean de su familia. Me dirán que es una aberración más del apartheid de género que azota a ese país —que lo es— pero no es sólo una casualidad irracional de esos salvajes que detentan el poder en Kabul sino la consecuencia de una tradición ancestral de los afganos. En tiempos de la supuesta democracia que cayó en 2021, los hombres silenciaban sin pudor los auriculares en el parlamento cuando hablaban las diputadas y senadoras y los políticos retiraban el micrófono a las periodistas que hacían preguntas incómodas. No nos rasguemos las vestiduras con el mundo afgano puesto que un tal Trump y su equipo responden de manera igualmente intempestiva ante las preguntas molestas de las periodistas. “Cerdita estúpida”, “eres lo peor, nunca te he visto sonreír”, les dice el autócrata, entre otras lindezas.
En occidente, el desprecio de la voz de las mujeres —cuando se hace patente en ámbitos de hegemonía masculina— está tan arraigado que lo hemos normalizado. Ni siquiera nos damos cuenta de que existe pero salpica a todos los estamentos, sin olvidar el judicial donde las mujeres deben comportarse como heroínas dispuestas a pasar por el cadalso si quieren denunciar a un hombre por acoso, especialmente, si es de carácter sexual. Ese trato vejatorio pero espontáneo se manifiesta cuando se busca silenciar a las que denuncian ante los tribunales, ignorar a las que tratan de defender sus posiciones —incluso si ocupan puestos de poder— y desacreditar las acusaciones o la simple exposición de los hechos. Acallar, ignorar y negar son las tres caras de un mismo prisma que busca deslegitimar la palabra femenina cuando queremos hacernos oír como voces de autoridad. Porque, en realidad, lo que se niega es el valor de la palabra de las mujeres.
El hartazgo de Elisa Mouliaá, que ha tirado la toalla en la causa judicial, tras el calvario que ha sufrido durante año y medio del proceso de su acusación a Iñigo Errejón por acoso sexual, es un ejemplo de lo que muchas otras sufren y padecen. Tras haber visto el doloroso interrogatorio al que fue sometida por el juez (por su notoriedad, difundido públicamente), a nadie puede extrañar que ninguna otra en sus circunstancias se haya atrevido a acudir a la Justicia donde, a buen seguro, se encontraría igualmente tratada por el mismo tribunal. Sin prejuzgar la culpabilidad del acusado al que le asiste la presunción de inocencia, me atrevo a afirmar que Mouliaá ha sido innecesaria y cruelmente martirizada y revictimizada. Me basta para ello, tomar en cuenta la decisión del juez que encontró indicios suficientes para instruir la causa y la opinión de la fiscalía que dio veracidad a sus palabras. El sufrimiento procesal sólo ha sido una parte del castigo recibido por la acusadora puesto que en internet se ha abierto barra libre para la jauría juzgadora que la ha Hostigado con los más descarnados veredictos condenatorios. Ocurrió en redes sociales y también en comentarios de la noticia de su renuncia en este y otros diarios. Llamarla mentirosa fue lo más suave que le dijeron en una conversación espeluznante donde vi salir a la luz del anonimato toda la bilis machista, seguramente, escondida bajo el rostro de personas supuestamente progresistas. Ya dijo Errejón que, a veces, entre lo que defiendes y lo que haces hay un mundo cuando reconoció haber “llegado al límite de la contradicción entre el personaje y la persona”.
Cuando creíamos que esta sociedad había cambiado, que hoy no serían posibles juicios como los de La Manada o la tortura a la que sometieron su partido y sus vecinos a Nevenka, resulta que estamos en lo mismo. Que en el caso de la edil de Móstoles, el PP sigue creyendo que la mejor defensa es guardar silencio, como le dijeron a la concejala cuando se quejaba del acoso del alcalde. En el colmo del cinismo, mientras Ayuso acusa a la víctima y cierra filas con el presunto acosador, los populares se llenan la boca de palabras gruesas regodeándose en los casos de acoso de los socialistas, como hicieron en el Senado con Francisco Salazar, a quien sólo castigó su partido cuando salieron a la luz sus obscenidades. Callar es por lo que optaron las mujeres que sumaron sus casos a los de Mouliaá en redes sociales pero nunca denunciaron en los tribunales. Siguen pensando que el silencio las protege. Cuando es todo lo contrario y sólo dando voz a las agresiones y abusos se puede luchar contra ellos. Pero a las víctimas no se les puede exigir que se entreguen ciegamente a la jauría que las va a despedazar. Hay que levantar la voz. Pero la sociedad y las instituciones tienen la obligación de defendernos.
No basta con disponer de leyes tan avanzadas como las que hemos alcanzado en España. Como dice Anna Caballé, “por sí solos, los derechos formales son sacos vacíos”. Aunque la ley garantiza una asistencia especializada jurídica, psicológica y social a las víctimas, no parece que esto haya ocurrido hasta ahora. El sistema ha fallado y se impone una urgente revisión y corrección para que las administraciones a las que corresponda la competencia asuman su culpa y corrijan las carencias. No es de recibo que, año tras año, veamos cómo algunas autonomías cierran sus ejercicios sin haber gastado los presupuestos destinados a violencia de género. Además, es necesario que cambien las estructuras sociales y, especialmente, los ámbitos de poder. Es urgente dotar a las instituciones e invertir, de verdad, esos recursos públicos especializados para acompañar a las víctimas, aliviar su sufrimiento y evitar la revictimización en un proceso en el que buscan justicia y no venganza. Hay que darles credibilidad desde el principio, para que no desistan. Lo que subyace en todas las denuncias de malos tratos y acoso a las mujeres -especialmente si es sexual- siempre es la desconfianza y la puesta en cuestión de sus acusaciones. Porque no nos creen.
Todas conocemos a chicas que han sido agredidas, abusadas, importunadas o amenazadas por varones en su ámbito de trabajo, en la familia, en un taxi o en una noche de copas, sin que se hayan planteado siquiera denunciar. Es más, quienes lo hacen, terminan por retirarse de la causa para evitar mayores sufrimientos. Urge un estudio riguroso de los elevados porcentajes de las denuncias de acoso que son retiradas porque saben que su palabra va a ser cuestionada y serán ellas las acusadas. Este miedo tiene que cambiar de bando.
A todos esos opinadores que han condenado ya y tildado de mentirosa a Mouliaá, me gustaría hacerles la pregunta que lanzó al aire mi colega Cristina Fallarás, en TVE: “¿Qué razones llevaron a Elisa Mouliaá a mentir sin necesidad, sabiendo la que se le venía encima y que lo único que podía hacer era perder?”. Es una cuestión interesante que nos lleva a preguntarnos, una vez más, ¿por qué no nos creen a las mujeres cuando hablamos de acoso y consentimiento? ¿Por qué nadie nos inquiere los detalles de un robo cuando denunciamos que nos han sustraído el bolso pero nos preguntan cómo fueron los detalles íntimos del sobeteo de pechos, pubis y nalgas? Es la credibilidad de las voces femeninas la que está en juego y, sobre todo, cuando se ve amenazada la primacía de la iniciativa sexual que siempre han llevado los varones mientras a nosotras ni se nos concedía el derecho al consentimiento. Y otra vez con lo mismo: es la resistencia a asumir que somos la mitad de la población con igualdad de derechos en todos los ámbitos públicos y privados. Que debemos compartir espacios y disfrute sin supremacía de nadie sobre nadie. Más allá del consentimiento, nosotras decidimos si queremos o no iniciar, continuar o terminar una relación. Es nuestra decisión y nuestra palabra. Empecemos por aceptarlo, compañeros.