El ingeniero
Este año se cumple un siglo del rodaje de una de «las mejores obras de la Historia del cine», en palabras de Orson Welles: ‘El maquinista de La General’, de Buster Keaton
Nota al pie – Gato por liebre
Cuando se firmó el armisticio de la I Guerra Mundial, el Estado Mayor del Ejército de Estados Unidos envió tres divisiones enteras a una pequeña localidad de Burdeos, donde estuvieron varios meses. Eran más de cuarenta mil soldados y, al no haber sitio para tanta gente, se vieron obligados a dormir todo ese tiempo “en suelos de graneros, molinos y sótanos”, cuyas corrientes de aire estuvieron a punto de dejar “sordo como una tapia” a un cabo de infantería: Buster Keaton (My Wonderful World of Slapstick, localizable en castellano como Slapstick, sin más); y una noche, volviendo “de una partida de cartas”, Keaton llegó a su acuartelamiento y no oyó ni el santo y seña que le pidió el centinela ni los dos gritos que le pegó después. Por fortuna, su “sexto sentido” estaba en mejores condiciones que su capacidad auditiva, y tuvo la cortesía de sentir el “clic” del fusil amartillado, detenerlo “en seco” e impedir la ejecución de un genio en aplicación de la normativa castrense.
Este año se cumple un siglo del rodaje de una de “las mejores obras de la Historia del cine”, en palabras de Orson Welles, The General (El maquinista de La General). Como se sabe, Keaton sacó el guion de un libro que le había regalado Clyde Bruckman, codirector con él de la película (Daring and Suffering: A History of the Great Railway Adventure, de William Pittenger); y como necesitaba un underdog, es decir, alguien que siempre lleva las de perder, dio la vuelta al asunto y convirtió al protagonista en ingeniero de la Confederación. Por supuesto, no ha faltado quien, recientemente, ha intentado ver una toma de partido en ello, saltándose a la torera el carácter, las actitudes y el espíritu de la cinematografía de aquel californiano de Woodland Hills, hasta el extremo de que directores tan poco sospechosos de simpatizar con el Sur como Quentin Tarantino han tenido que salir a defenderlo; pero, antes de abandonar ese capítulo, quizá convenga recordar lo que dijo él mismo en su autobiografía —escrita en colaboración con Charles Samuels— a propósito de la única guerra en la que participó, aunque fuera haciendo “el baile de la serpiente y otras rutinas” de burlesque para entretener a la tropa.
“En primer lugar, yo no entendía por qué los franceses, los ingleses y nosotros estábamos luchando contra los alemanes y los austríacos”, declaró. Aun no siendo ni mucho menos “un internacionalista” como su amigo Charles Chaplin (respuesta al senador William Langer, 1945), conocía a demasiados artistas del otro bando como para creer lo que decían “nuestros periódicos”; de hecho, le costaba “tomarse en serio aquella guerra”, y la mayor opinión política que expresó al respecto fue por su “ridículo” uniforme, que le quedaba gigante porque “el intendente general no había anticipado que alguien de un metro sesenta y cinco pudiera unirse al ejército de los Estados Unidos”. Cuesta no ver una relación indiscutible entre su experiencia militar y su película de 1930, Doughboys (Reclutas), que por cierto tuvo versión directa en castellano (De frente, marchen). Que su vida no se pareciera nada a la del personaje central, un pijo de Rolls-Royce que intenta contratar un chófer en una oficina de reclutamiento —sin ser consciente de dónde está—, no significa que no se sacara alguna espina.
Una vez, en respuesta a un periodista que le preguntaba sobre The General, Buster Keaton enfatizó un término que ya ha aparecido aquí: ingeniero, y no lo enfatizó por el protagonista de la ficción. Se había criado en el mundo del vodevil, volando literalmente por los aires (Harry Houdini, colaborador de su padre, le puso Buster por eso), y tan pronto calculaba fachadas de dos toneladas para que no lo mataran al caer (Steamboat Bill Jr., traducida en España como El héroe del río) como proyectaba y se marcaba el asombroso montón de proezas de la película que justifica este artículo, sin maquetas ni efectos especiales y, naturalmente, sin nadie que se jugara el pescuezo en su lugar. Harvey Parry, uno de los grandes dobles de la época dorada del cine, declaró en su día que ni él mismo podría haber sido doble suyo en el imposible caso de que Keaton hubiera querido algo tan opuesto a concepción del espectáculo (Hollywood, the pioners, de Kevin Brownlow), y no sólo por ser un acróbata consumado, sino porque “él no se limitaba a resbalar y caer. Hacía muchas cosas antes de caer”, y “no puedes ser doble de un tipo así”.
Se suele decir que el tiempo pone las cosas en su sitio; en mi opinión, lo que hace es ponerlas en algún sitio, que no es precisamente lo mismo; pero, sin ánimo de ironizar sobre los cuentos infantiles, a veces hace una excepción y, lejos de levantar sus típicos monumentos a la infamia, se decanta por la justicia. El maquinista de La General es una de esas excepciones. El público y desde luego los críticos le dieron la espalda en su día, y ahora no hay ninguna lista respetable que no la tenga entre las diez o veinte mejores películas de la historia, por muy buenas razones. En El gran Buster, el documental de Peter Bogdanovich, el mencionado Quentin Tarantino añadía un par de motivos que no se suelen colocar entre los primeros, aunque sean obvios para cualquier cinéfilo o cinéfila: que, de paso, es “una magnífica película de acción” y una demostración de que Keaton fue también un precursor por su forma de dirigir, por haber pasado de usar la cámara para contar un chiste a lograr que el cine, “en sí mismo”, fuera el chiste.
Si tienen un rato, vuelvan a verla; no se arrepentirán. Su centenario es tan buena excusa como cualquier otra y, además, darán más sentido todavía a las palabras que cierran My Wonderful World of Slapstick, escritas a cuenta de la promesa que le había hecho su médico, el doctor Avedon: “¿Quién no querría vivir cien años en un mundo donde hay tantas personas que recuerdan con gratitud y afecto a un hombrecillo de cara de palo que los hizo reír hace mucho tiempo, cuando ellos y yo éramos jóvenes?”.