Pros y contras de la alianza que propone Rufián

Pros y contras de la alianza que propone Rufián

El portavoz de ERC acierta al advertir del desencanto de una parte del electorado de izquierdas pero, además de las hostilidades entre algunos partidos, existen dudas de que un frente unitario fuese electoralmente más efectivo

Rufián, sobre su plan para la izquierda: “Quizá tengo un 0% de apoyo político, pero creo que tengo apoyo popular”

“Cómo de mal estaremos para que alguien plantee que yo sea presidente de España”, ironizaba este verano Gabriel Rufián en una entrevista. También subrayaba que el poder digital, “más allá que todos los poderes clásicos”, es el que hoy en día decanta voluntades. Aunque eso no sea necesariamente bueno ni para la política ni para la democracia, tiene razón en el diagnóstico. Él es el mejor ejemplo de un diputado que desde un principio tuvo claro que la política pasaba también por las redes. Allí despuntó y allí creció. Todavía hoy se puede encontrar una información con este titular: Los tuits más cañeros de Gabriel Rufián: de Victoria Federica a Casado y Ayuso.  El portavoz de ERC en el Congreso sabía que debía darse a conocer en Madrid y que eso pasaba por no dejar indiferente. Consiguió ambas cosas y ese mérito es solo suyo. 

Otro mérito y no menor es haber logrado que algunas de sus intervenciones durante los años del procés se hayan olvidado, probablemente más fuera de Catalunya que dentro. Entre ellas, su tuit más famoso, el de las 155 monedas de plata que dedicó al entonces president Carles Puigdemont para que este no convocase unas elecciones que hubiesen ahorrado muchos problemas personales y políticos. No solo a dirigentes de los partidos independentistas sino también a cargos intermedios de la Generalitat y a activistas. 

El viraje que ERC emprendió después, apoyando a un Gobierno del PSOE, convirtió a Rufián en un ‘traidor’ a ojos de ese independentismo puro que él quiso representar en octubre del 2017. Los mismos que le retuitearon entonces, todavía hoy le insultan. Una combinación que se explica por las paradojas de la política y la crueldad de las redes. 

El Rufián de 2026 no es el que llegó al Congreso de los Diputados hace más de una década de la mano de su idolatrado Joan Tardà. Habrá quien piense que la evolución ha sido a mejor y otros que consideren lo contrario. Probablemente tiene más fans fuera de Catalunya que dentro. No es al primero que le pasa. Le ocurría algo parecido a Josep Antoni Duran Lleida, el que fuera el hombre de CiU en Madrid durante 23 años (en dos periodos distintos), uno de los oradores más destacados de la Cámara y también uno de los mejores negociadores a la hora de llegar a acuerdos con el resto de formaciones (en su caso, a izquierda y derecha). 

Lo que antes eran sobre todo tuits virales, desde ya hace tiempo son intervenciones virales, y eso ha convertido al diputado republicano en uno de los más aplaudidos en sectores de la izquierda y lo que es casi más destacable, también entre votantes jóvenes. Sea en una sesión de control o en una comisión de investigación, es difícil que otro fragmento triunfe más que el suyo. Defiende lo que muchos votantes de la izquierda piensan y también lo que otros diputados de ese mismo espectro explican con otras palabras y, a veces, con mayor prudencia por tratarse de una sede parlamentaria.    

De ahí que Rufián intuya, con acierto, que muchos electores de izquierdas no solo no entienden las guerras cainitas entre formaciones de ese ámbito sino que están hartos de ver una división que solo sirve para dar más alas a la extrema derecha que se pretende combatir. Lo que el líder de IU, Antonio Maíllo, resume como “telenovelas de la izquierda”. Así que el análisis es correcto. La cuestión es si la solución es la que el portavoz de ERC propone (aunque no la haya aclarado mucho).

¿Estaría bien que Sumar y Podemos enterrasen el hacha, que lo hiciesen los Comuns y ERC o que Compromís clarifique qué quiere hacer en Madrid? A priori parecería que la respuesta es que sí aunque todos acumulan muchos reproches, en las direcciones de los partidos y entre una parte de la militancia.

Otra pregunta: ¿La solución debería pasar por una coalición electoral? Ni la dirección de ERC quiere eso ni lo quieren el resto de formaciones, empezando por Bildu. Además, está por ver que fuese rentable, puesto que muchos votantes independentistas, sean catalanes o vascos, difícilmente apoyarían una candidatura en la que estuviesen determinadas dirigentes de Sumar o Podemos, por citar dos ejemplos. O al revés, votantes de otras comunidades podrían desconfiar por incluir a independentistas. Las coaliciones no necesariamente multiplican resultados, o dicho de otra manera, ¿sumarían más que por separado? 

Rufián da en el clavo en la diagnosis porque abre un debate que es imprescindible ante la ola totalitaria que ya está aquí. Pero arriesga al insistir puesto que supone también un desafío a la dirección republicana teniendo en cuenta que va por libre (más allá del apoyo de Joan Tardà). Si lo hace por convicción le honra, aunque una operación como esta, sea más o menos ambiciosa, no puede llevarse a cabo sin la ayuda de los partidos, del suyo y del resto. 

Y la última pregunta: ¿Unidad para qué? Hay que ofrecer una propuesta programática que no se limite a los discursos sabiendo que Vox, que se ha erigido en un partido antisistema, sigue creciendo, entre otros motivos, por proclamarse garante de una España que tiene poco que ver con la plurinacionalidad que incluso reconoce esa Constitución que la extrema derecha tanto dice defender.