Maryse Condé narra la vida de su abuela en ‘Victoire’, la historia de una cocinera criolla que hizo de su habilidad un arte
Un año después de la muerte de la escritora antillana, la editorial Impedimenta recuperó una de sus mejores novelas sobre mujeres, diversidad racial y colonialismo
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“En estas páginas pretendo reivindicar el legado de una mujer que, aparentemente, no dejó ninguno. Establecer el nexo entre su creatividad y la mía. Conectar los sabores, colores y aromas de las carnes o las verduras con los sabores, colores y aromas de las palabras”. Con estas palabras describe Maryse Condé (Pointe-à-Pitre, Guadalupe, 1934-Apt, Vaucluse, 2024) su propósito al escribir Victoire (2006), una novela inspirada en la vida de su abuela. La editorial Impedimenta la publicó en castellano en 2025 con traducción de Martha Asunción Alonso, especialista en su obra y que ya se ocupó de sus libros previos.
Maryse Condé logró una relativa notoriedad en los últimos años, gracias a la concesión del conocido como Nobel de Literatura alternativo de 2018 –año en el que el auténtico no se otorgó por el escándalo de abusos sexuales en la Academia Sueca– y a su doble candidatura al Man Booker Prize, en 2015 por toda su trayectoria y en 2023 por la traducción al inglés de El evangelio del nuevo mundo (2021; Impedimenta, 2023). Con todo, su edad avanzada, junto con los problemas de salud (en los últimos años se quedó ciega), no facilitaron la difusión y sigue siendo una desconocida para muchos lectores.
Aun así, es digno de señalar el compromiso de Impedimenta para con la recuperación regular de su obra, vasta y versátil aunque no comenzó a publicar hasta los cuarenta. Además de narrativa, escribió libros de memorias, teatro y ensayo, siempre desde una mirada postcolonial y feminista que concilia la cultura autóctona de sus raíces y otras minorías étnicas con el enfoque de la mujer cultivada, cosmopolita y progresista que ella fue. Vivió en varios países, trabajó (e investigó) como profesora universitaria, se alejó de sus orígenes para alzarse en voz de denuncia contra las desigualdades.
En cierto modo, ese Nobel alternativo, aunque tal vez le restó opciones de cara al verdadero, encaja a la perfección con su personalidad de escritora “periférica” con el foco puesto en la alteridad en sus múltiples representaciones (mujeres, colonialismo, negritud, clases sociales, folklore). Dos de sus libros más importantes, Yo, Tituba, la bruja negra de Salem (1986; Impedimenta, 2022) y el retelling “caribeño” de Cumbres borrascosas Windward Heights (2008; no traducido al castellano) son un buen ejemplo de ello. Victoire. La madre de mi madre también lo es.
El hallazgo
Una particularidad de Victoire es que, aun siendo una novela, la autora reflexiona además sobre el proceso de escritura. En las primeras páginas evoca el momento de su infancia en el que descubrió que su abuela, a la que no llegó a conocer, era muy blanca y, otra sorpresa, de extracción muy humilde. Victoire fue una cocinera que crio a su única hija sola, una realidad que choca con la de la pequeña Maryse, que crece en un ambiente culto, forma parte de una generación que ha prosperado. En ese hallazgo ya se le encendió la chispa, la curiosidad por esa mujer misteriosa, y años más tarde al fin encontró el tiempo para contar su historia, para reconstruir un pasado que también es el suyo.
Desde el principio admite que su búsqueda tiene limitaciones: dada la falta de fuentes, la novela combina realidad e imaginación, no pretende ser una biografía novelada fiel. No puede asegurar cómo se sentía su abuela, cómo fueron sus relaciones, qué temía o anhelaba: “Se trata de una historia tachada, borrada de la memoria colectiva. Pero yo quiero saber”. La imaginación cumple una doble función: le permite rellenar huecos, completar silencios, trazar caminos e iluminar posibilidades; al mismo tiempo, refleja una verdad que, aunque no sea exacta para Victoire, bien puede ser la de otras mujeres.
Impedimenta ha elegido subtitular la novela con el descriptivo La madre de mi madre. El original, en cambio, reza Victoire, les saveurs et les mots [Victoire, los sabores y las palabras], mucho más adecuado para el viaje compartido que realizan la protagonista y la escritora en esta exploración de la identidad femenina ligada a la práctica creativa. De todos modos, el título en castellano atina al enfatizar la conexión entre madre e hija, un vínculo que se enlazará a su vez con la autora y que constituye uno de los grandes temas de la obra, sobre todo en la segunda mitad.
Mujer, pobre y de minoría étnica
Victoire ya nació marcada: hija de una muchacha negra de catorce años que murió en el parto, fue criada por su abuela. Su progenitora no reveló la identidad del padre, pero ese color pálido de su piel señalaba a un hombre blanco. Un amo, y, por lo tanto, un abuso o una relación clandestina; algo que estigmatizó a la joven embarazada, en cualquier caso. A la condición de mujer, pobre y bastarda se le sumó esa “blancura australiana” que la alejaba de los guadalupeños: no era la única nacida fuera del matrimonio, pero, para sus semejantes, cuanto más oscura la piel, mayor era el grado de pertenencia.
La niña se convirtió en una extraña en ambos mundos. Cuando creció, comenzó a servir como criada, y no tardó en repetir el patrón materno: embarazo no deseado –y en medio de un triángulo que complica su buena relación con la otra mujer, ambas son víctimas a su manera– y una única hija, la madre de la autora, a la que preparará para que aspire a un futuro mejor. En este sentido, Victoire, que con el tiempo adquiere reputación como cocinera y esto le granjea la simpatía de los amos, mantiene unas relaciones que pueden resultar controvertidas con el fin de costear los estudios de la pequeña. Por mucho que su cocina sea un prodigio, una cocinera sola no puede pagar una carrera.
Maryse Condé afila la perspectiva de género en su análisis de la figura masculina y los patrones recurrentes en torno a las relaciones que dejan a las mujeres a la intemperie. Más allá del abuso sexual –la autora fantasea con la posibilidad de que hubiera amor–, hasta con consentimiento y deseo de por medio el hombre puede dejarla tirada sin ninguna consecuencia para él, mientras ella afronta un embarazo sola, sin recursos. Se trataba con cierta normalidad el hecho de que los hombres blancos fueran dejando hijos por la colonia, sin llegar a conocerlos ni interesarse lo más mínimo por ellos.
Fotografía facilitada por la editorial Impedimenta de la escritora francesa Maryse Condé
Además, entre los hombres existe una separación entre la esfera pública y la privada que en el caso de las mujeres se emborrona: el hombre blanco puede mantener relaciones extramatrimoniales e ir sembrando criaturas sin que su reputación profesional se vea perjudicada; mientras tanto, la mujer queda marcada de por vida en todos los aspectos. Él también tiene la libertad de viajar al continente cuando quiera, lo que no solo expande su mundo de un modo inalcanzable para los pobres, sino que aumenta todavía más su desatención de los hipotéticos hijos.
La perspectiva poscolonial también aporta sus matices, como la diferente percepción del racismo (mientras que en la novela el “mestizaje” se condena, en los Estados Unidos los negros sin ascendencia blanca identificable siempre están más abajo en la escala social, por ejemplo) o, un aporte interesante, la fluidez de género en las relaciones íntimas, sin restricciones de clase ni de identidad sexual. No es que esto último se aceptara socialmente, pero la cultura popular lo tenía asumido, la autora lo narra con naturalidad, sin ese tabú con sentimiento de culpa que arrastra la cultura cristiana.
Cuando la hija de Victoire crece, se produce el inevitable choque generacional: la joven, educada de acuerdo con el sistema occidental, rechaza el rol pasivo que adoptó la madre con respecto a sus patronos. No es que menosprecie sus raíces isleñas; lo que no tolera es que Victoire, y esa generación en general, acatara las órdenes y aceptara los abusos sin rebelarse, o con resistencias tan silenciosas que no se oyen. Victoire incluso les está agradecida porque costearon la educación de su hija. Sin embargo, esa niña ha crecido y forma parte de otro mundo. Están en los albores del siglo XX, todo está cambiando, hay movimientos, organizaciones. Las nuevas generaciones ya no se callan.
Empoderamiento entre fogones
En la tradición literaria, las artes culinarias suelen estar ligadas a mujeres que gracias a su destreza entre fogones logran emanciparse, rebelarse o liberarse de alguna atadura: Loxandra (1963), de Maria Iordanidu, Linden Hills (1985), de Gloria Naylor, Tomates verdes fritos (1987), de Fannie Flagg, Como agua para chocolate (1989), de Laura Esquivel, Afrodita (1996), de Isabel Allende, Chocolat (1999), de Joanne Harris, El último chef chino (2007), de Nicole Mones, o Mãn (2013), de Kim Thúy, son solo algunos ejemplos. Victoire puede inscribirse en esta categoría.
Aunque comienza con las tareas domésticas más ingratas, Victoire, avispada, se fija en el trabajo de las cocineras, del modo en el que tantas mujeres, tantos marginados por la sociedad, han aprendido: a hurtadillas. En cuanto se le presenta la oportunidad, saca a relucir sus habilidades, que sorprenden a todos. Su ingenio reside en el uso de alimentos autóctonos de manera imaginativa, de tal manera que despierta el gusto por la comida criolla en los propietarios. Sin proponérselo, Victoire rinde homenaje a sus ancestros y reivindica su legado con algo tan íntimo, y tan omnipresente, como la alimentación.
De forma consciente o no, Maryse Condé tiene otro rasgo en común con la protagonista: la capacidad de sobreponerse a las adversidades, seguir adelante sin quejarse, labrarse el camino por sí mismas
A través de su trabajo se hilvana el entramado de relaciones con la familia y el resto del servicio (que no es idílico, en absoluto). Hay blancos y negros, pero solo por fuera: los personajes y sus nexos están llenos de ambigüedades y sombras, como es la naturaleza humana. La autora, como reconoce desde el principio, ve la labor meticulosa y solitaria de su abuela como un arte equivalente al de la escritura; ambas son artistas en su taller que canalizan de forma creativa las inquietudes que les bullen por dentro. Es probable que Victoire no se percibiera a sí misma de este modo, pero esto es una novela, y como símbolo literario es poderoso.
Además de la emancipación, su concepción culinaria también refleja el paso del tiempo: dado que mezcla la tradición con sus propias innovaciones, está creando algo nuevo que anticipa una era en la que la identidad (las identidades) gana protagonismo. El individuo busca distinguirse, como los autóctonos buscarán derribar las cadenas del colonialismo y reivindicar su cultura masacrada. Hay varios puntos de inflexión en los que Victoire se reinventa; el último le llega de mano de su hija, y supondrá una ruptura traumática. Preparó a la niña para el nuevo siglo, pero en ese nuevo siglo Victoire ya no encaja.
Una “victoria” literaria
De forma consciente o no, Maryse Condé tiene otro rasgo en común con la protagonista: la capacidad de sobreponerse a las adversidades, seguir adelante sin quejarse, labrarse el camino por sí mismas, sin victimizarse aunque tendrían motivos para hacerlo. Eso, y un compromiso absoluto con su arte: incluso en sus últimos años, impedida y ciega, dictaba sus historias porque aún tenía mucho que contar, historias inspiradoras como esta, sobre personajes que no tienen voz, sobre lugares y costumbres ninguneados por el Occidente blanco. Sus novelas se leen con deleite, y a la vez resultan instructivas (son dignas de mención las notas aclaratorias de la traductora, fundamentales para contextualizar).
La autora demuestra sus dotes para la narración con un estilo ameno, de diálogos vivos y personajes que se robustecen a medida que avanza la peripecia. Se aproxima a la vida colonial y la cultura antillana a través de la vivencia individual de su abuela, que, como ya advirtió, no es fiel a la Victoire real, pero sí representa la realidad de muchas mujeres de su época. Quién sabe cuántos lectores tendría hoy Maryse Condé si hubiera recibido el Premio Nobel verdadero; sea como sea, no hace falta ningún pretexto para disfrutar de la buena literatura, y esta novela lo es. Otra victoria literaria de una gran escritora.