El mensaje oculto de Bad Bunny

El mensaje oculto de Bad Bunny

El cantante dio una alternativa entusiasta y positiva en la Super Bowl. Conectó con una necesidad de liderazgo progresista que no puede construir nada sólido solo estando a la contra de la ultraderecha. La coalición que propone Gabriel Rufián es difícil, pero refrescaría la tierra quemada del desencanto para una ciudadanía huérfana de soluciones prácticas

La actuación del puertorriqueño Bad Bunny en el intermedio de la Super Bowl no fue solo música. Tampoco fue solo política. Por supuesto que no fue una escena de costumbrismo latino. Fue la alegre celebración de la latinidad, la humanidad, los migrantes, el español y la reivindicación entusiasta de ser sin tener que pedir perdón o esconderse por ello. Fue la alternativa festiva y aplastante para un gobierno en Estados Unidos que alienta el odio y el supremacismo blanco. Benito Antonio dijo su nombre real, dijo “somos y pertenecemos”, sin necesidad de que nadie nos integre o nos dé permiso de existir.

Contra los comentarios odiosos de un cascarrabias inmisericorde y todo su ecosistema de estómagos agradecidos, la música jubilosa que mira a los ojos con dignidad. Una bola de nieve, caña de azúcar y culturas que arrastró a su paso el mal recuerdo de arrestos de niños ecuatorianos, personas asesinadas a tiros, migrantes atrincherados y muertos de miedo. Trump no asistió, después de ser abucheado en la última edición. No ha trascendido si a estas horas el magnate está pensando en declarar la guerra a la liga de fútbol americano o en comprársela.

La música de Bad Bunny fue bálsamo y esperanza porque barrió con su carisma la inhumanidad que llega desde EEUU y amordazó con sus múltiples pentagramas todas las bocas que tanto hablan contra los migrantes, contra las mujeres, contra la ciencia, contra los desposeídos, contra Europa.

Pero el cantante hizo algo más el pasado domingo. Dio una alternativa que conectó con una necesidad de amparo y liderazgo, porque no se puede construir solo a la contra. Recordó que hay que dar un mensaje claro y esperanzador por la vía de los hechos, en lugar de acabar discutiendo contra el extremismo en la esquina que proponen los radicales y con sus mismas armas. El mundo que cree en la justicia social, en los derechos y acompaña a los vulnerables se ha enredado en argumentar contra los trumpistas y en desmentir a los ultraderechistas, perdiendo en ello su tiempo y energía. También ha perdido la atención de sus votantes.

Tan enfrascados en desmentir supuestas recetas mágicas y evitar la debacle, tan atareados en sobrevivir y defender el mundo que ayudaron a levantar y que ahora minusvaloran los jóvenes, han olvidado renovarlo, hacerlo creíble, apetecible, reivindicarlo con un mensaje claro y limpio. Según los indicadores, vivimos el momento de la humanidad más avanzado en derechos, democracia o ciencia. Pero no solo de indicadores vive el hombre. ¿Qué nos falta? ¿Qué nos pasa? ¿A quién le pasa? Un buen líder debiera contestar esas preguntas y dedicar su liderazgo a ello. Está pendiente amoldar el precio de las casas a los salarios, los precios del supermercado al monedero, ajustar las escuelas y su climatización, que la universidad pública tenga plazas suficientes y los metros y trenes de Cercanías cumplan sus horarios. Queda lo más pequeño, que es lo más grande.

En España, la izquierda hace el enésimo intento de alinearse en un gesto de futuro. Gabriel Rufián ambiciona que se unan incluso los partidos nacionalistas, que pueden tener intereses centrípetos pero que también gozan de un mínimo común denominador entre ellos sobre el que podría pivotar todo. Su partido, ERC, ya le ha dicho que no lo ve, tapándose un ojo.

Quizás sea esta la última oportunidad de crear una alternativa real y creíble, que no practique la parálisis por análisis, que no hable solo de emboscar a la ultraderecha, sino que proponga objetivos claros y cumpla con asuntos obligados. Que no se destripe. Que luche con la cautivadora propuesta de la ultraderecha por la vía de los hechos y de una nueva comunicación, no solo por la dialéctica. Porque si el progresismo se mete al barro, pierde. Ahí es donde los que hablan más alto suelen asordinar y ganar el debate.

Bad Bunny no necesitó nombrar a Trump o criticar sus políticas del sufrimiento y la esquilmación, ni con un solo gesto. Salió y cantó al mundo otro modelo. El que teníamos hace décadas, pero que hoy ha cobrado un nuevo sentido y se explica de un nuevo modo. Un nuevo mundo con una nueva coalición política sería casi la única bala para parar la ultraderechización que recorre el planeta y que bebe del poderío de las redes sociales y el adormilamiento de una izquierda (y una derecha) que sigue intentando parar el golpe.

Como dice un amigo que se dedica a la política, cuando el partido va mal, queda un minuto y no hay delanteros, si la única opción es que el portero coja el balón para recorrerse el campo e intentar marcar el gol, quizás haya que hacerlo. No es ortodoxo, es arriesgado, no estaba en el guion, es imprevisible, tiene un coste, puede ser un desastre. Pero una coalición poderosa que hable a las personas refrescaría la tierra quemada del desencanto para una ciudadanía progresista huérfana de soluciones y necesitada de esperanza.